Podemos señalar una de estas posibles fuentes. El judío en los negocios es naturalmente más rápido que la mayoría de los demás hombres. Dicen que hay otras razas que son tan hábiles en el comercio como el judío, pero el judío no vive mucho entre ellas. A este respecto, uno puede recordar el famoso chiste sobre el judío que fue a Escocia.
Ahora bien, es propia de la naturaleza humana que el hombre más lento crea que el hombre más ágil es demasiado hábil con creces, y empiece a desconfiar de su agilidad.
Todo el mundo sospecha del «listillo», aun cuando su agilidad sea completamente honesta. Es probable que la mente más lenta conciba que el hombre que ve tantos vericuetos legítimos en un oficio, pueda ver y utilizar también un número conveniente de vericuetos ilegítimos.
Además, siempre existe la sospecha latente de que quien saca «la mejor parte del trato» lo hace mediante artimañas que no son del todo limpias. Las personas lentas, honestas, francas y de trato recto siempre albergan dudas del hombre que sale beneficiado.
Los judíos, como demuestran los registros durante siglos, eran un pueblo astuto para el comercio. Eran tan astutos que muchos los consideraban deshonestos. Y así, el judío se hizo acreedor de antipatía por motivos comerciales, no todos los cuales honraban la inteligencia o la iniciativa de sus enemigos.
Tomemos por ejemplo la persecución que los comerciantes judíos sufrieron antaño en Inglaterra. En la Inglaterra de antaño, la clase mercantil tenía muchas tradiciones relajadas. Una tradición era que un comerciante respetable nunca buscaba negocios, sino que esperaba a que estos le llegaran. Otra tradición era que decorar el escaparate de la tienda con luces o colores, o exhibir las existencias de mercancías de manera atractiva a la vista del público, constituía un método despreciable y deshonesto para arrebatarle los clientes a un colega comerciante.