Aún otra tradición era que resultaba estrictamente poco ético y ajeno a los negocios manejar más de una línea de productos. Si uno vendía té, esa era la mejor razón del mundo para no vender cucharillas. En cuanto a la publicidad, tal cosa habría sido tan descarada y audaz que la opinión pública habría arruinado al anunciante. El comportamiento adecuado para un comerciante era aparentar desgana a la hora de desprenderse de sus mercancías.
Uno puede imaginar fácilmente lo que sucedió cuando el mercader judío irrumpió en medio de esta selva de tradiciones. Simplemente las rompió todas.
En aquellos días la tradición tenía toda la fuerza de una ley moral promulgada divinamente y, a consecuencia de su iniciativa, el judío fue considerado un gran delincuente. ¡Un hombre que rompía esas tradiciones comerciales no se detenía ante nada!
El judío estaba ansioso por vender. Si no podía vender un artículo a un cliente, tenía otro a mano que ofrecerle. Las tiendas de los judíos se convirtieron en bazares, precursores de nuestros modernos grandes almacenes, y la vieja costumbre inglesa de una tienda para una sola línea de productos quedó rota.
El judío iba tras el comercio, lo perseguía, lo persuadía. Él fue el creador de "una rotación rápida y pequeños beneficios". Él ideó el sistema de venta a plazos. El único estado de cosas que no podía soportar eran los negocios estancados, y para ponerlos en marcha haría cualquier cosa.
Fue el primer publicista, en una época en la que incluso anunciar en la prensa pública la ubicación de la tienda era dar a entender al público que uno se encontraba en dificultades financieras, estaba al borde de la bancarrota y probaba el último recurso desesperado al que ningún comerciante con algo de dignidad se rebajaría.