Así pues, puede ser que estemos tratando con algo de lo que los judíos actuales, incluso los internacionalistas más importantes, no son originariamente responsables. Puede habérseles transmitido como parte de su antigua herencia judía. Ciertamente, si se tratara de una mera ocurrencia moderna, concebida a la ligera y ensamblada a la manera moderna, cabría esperar que desapareciera en la misma era que la vio nacer.
Otro prejuicio contra el que hay que precaverse es el de que todo judío con el que uno se tropieza tiene conocimiento secreto de este programa. Ese no es el caso. Con la idea general del triunfo final de Israel, todo judío que haya mantenido contacto con su pueblo está familiarizado, pero con los planes especiales que durante siglos han existido de forma formulada para la consecución de dicho triunfo, el judío medio no está más familiarizado que cualquier otra persona —ni más de lo que lo estaba el alemán medio con los planes secretos del partido pangermánico cuyas ideas iniciaron y guiaron la reciente guerra—.
El judío medio entra en los planes del grupo secreto solo hasta este punto, salvo en casos especialmente seleccionados:
Se entiende perfectamente que la consumación del triunfo judío no será desagradable para ningún judío, y si los métodos que se van a utilizar hacia el final son un poco violentos, se puede contar con que todo judío verá en esa violencia una retribución muy insuficiente infligida al mundo gentil por los sufrimientos que este ha causado a los hijos de Judá a lo largo de los siglos.