Una introducción a los "Protocolos judíos"
Los documentos más frecuentemente mencionados por aquellos que se interesan en la teoría del Poder Mundial Judío, en lugar de en la operación real de ese poder en el mundo de hoy, son esos 24 documentos conocidos como "Los Protocolos de los Sabios de Sion".
Los Protocolos han atraído mucha atención en Europa, habiéndose convertido en el centro de una importante tormenta de opinión en Inglaterra hace apenas poco tiempo, pero su discusión en los Estados Unidos ha sido limitada. Estos son los documentos sobre los cuales el Departamento de Justicia estuvo haciendo averiguaciones hace más de un año, y que fueron publicados en Londres por Eyre and Spottiswoode, los impresores oficiales del Gobierno británico.
No se sabe quién fue el primero en titular estos documentos con el nombre de los "Ancianos de Sión". Sería posible, sin una mutilación grave de los documentos, eliminar todo indicio de autoría judía y, sin embargo, conservar todos los puntos principales del programa más abarcador para la subyugación mundial que jamás haya llegado al conocimiento público.
Sin embargo, hay que decir que eliminar así todo rastro de autoría judía equivaldría a poner de relieve una serie de contradicciones que no existen en los Protocolos en su forma actual.
El propósito del plan revelado en los Protocolos es socavar toda autoridad para poder instaurar una nueva autoridad en forma de autocracia. Tal plan no podría emanar de una clase dirigente que ya posee autoridad, aunque sí podría emanar de anarquistas. Pero los anarquistas no defienden la autocracia como la condición última que buscan.
Podría concebirse a los autores como un grupo de subversivos franceses de los que existían en la época de la Revolución Francesa y que tenían al infame duque de Orleans como líder, pero esto implicaría una contradicción entre el hecho de que dichos subversivos han desaparecido y el hecho de que el programa anunciado en estos Protocolos se está llevando a cabo de manera constante, no solo en Francia, sino en toda Europa y de manera muy notable en los Estados Unidos.
En su forma actual, que da muestras de ser su forma original, no hay contradicción. La alegación de autoría judía parece esencial para la coherencia del plan.
Si estos documentos fuesen las falsificaciones que los apologistas judíos afirman que son, los falsificadores probablemente se habrían tomado la molestia de hacer que la autoría judía fuera tan evidente que su propósito antisemita pudiera detectarse fácilmente.
Pero el término «judío» solo se utiliza en ellos dos veces. Después de leer mucho más allá de lo que el lector medio suele estar dispuesto a adentrarse en tales asuntos, uno tropieza con los planes para el establecimiento del Autócrata Mundial, y solo entonces se aclara de qué linaje habrá de ser.
Pero en todos los documentos no queda duda alguna en cuanto a las personas contra quienes se dirige el plan.
- No va dirigido contra la aristocracia como tal.
- No va dirigido contra el capital como tal.
- No va dirigido contra el gobierno como tal.
Se toman disposiciones muy precisas para la incorporación de la aristocracia, el capital y el gobierno a fin de ejecutar el plan. Está dirigido contra la gente del mundo que es llamada "gentil". Es la frecuente mención de los "gentiles" lo que realmente decide el propósito de los documentos.
La mayoría de los planes de tipo "liberal" destructivo apuntan a la incorporación del pueblo como colaborador; este plan apunta a la degeneración del pueblo para que pueda ser reducido a la confusión mental y así manipulado.
Deben fomentarse los movimientos populares de carácter "liberal", deben sembrarse y regarse todas las filosofías desintegradoras en la religión, la economía, la política y la vida doméstica, con el propósito de desintegrar de tal manera la solidaridad social que un plan determinado, aquí expuesto, pueda llevarse a cabo sin previo aviso, y que el pueblo sea luego moldeado hacia él cuando se demuestre la falacia de estas filosofías.
La fórmula del discurso no es: «Nosotros los judíos haremos esto», sino «Se hará pensar y hacer estas cosas a los gentiles». Con la excepción de unos pocos casos en los Protocolos finales, el único término racial distintivo que se utiliza es «gentiles».
Para ilustrar: el primer indicio de este tipo aparece en el primer
Protocolo de este modo:
"Las grandes cualidades del pueblo —la honradez y la franqueza— son esencialmente vicios en política, porque derrocan con mayor seguridad y certeza que lo hace el enemigo más fuerte. Estas cualidades son atributos del gobierno gentil; desde luego, no debemos dejarnos guiar por ellas."
Y de nuevo:
Sobre las ruinas de la aristocracia hereditaria de los gentiles hemos levantado la aristocracia de nuestra clase culta, y por encima de toda ella, la aristocracia del dinero. Hemos establecido la base de esta nueva aristocracia sobre la riqueza, que controlamos, y sobre la ciencia guiada por nuestros sabios.
De nuevo:
"Haremos subir los salarios, lo cual, sin embargo, no beneficiará a los trabajadores, pues al mismo tiempo provocaremos un alza en los precios de los artículos de primera necesidad, fingiendo que esto se debe a la decadencia de la agricultura y de la ganadería. También socavaremos con astucia y profundidad las fuentes de producción al inculcar en los obreros ideas de anarquía y al alentarlos en el consumo de alcohol, tomando al mismo tiempo medidas para expulsar del país a todas las fuerzas intelectuales de los gentiles".
(Un falsificador con malicia antisemita podría haber escrito esto en cualquier momento durante los últimos cinco años, pero estas palabras ya estaban impresas hace al menos 14 años según pruebas británicas, ya que un ejemplar se encontraba en el Museo Británico desde 1906, y circularon en Rusia varios años antes).
El punto anterior continúa: «Para que la verdadera situación no sea advertida por los gentiles prematuramente, la enmascararemos con un supuesto esfuerzo por servir a las clases trabajadoras y promover grandes principios económicos, para lo cual se llevará a cabo una propaganda activa a través de nuestras teorías económicas».
Estas citas ilustrarán el estilo de los Protocolos al hacer referencia a las partes involucradas. Es «nosotros» para los escritores, y «gentiles» para aquellos sobre quienes se escribe. Esto se pone de manifiesto con mucha claridad en el Decimocuarto Protocolo:
"En esta divergencia entre los gentiles y nosotros en la capacidad de pensar y razonar se ve claramente el sello de nuestra elección como el pueblo elegido, como seres humanos superiores, en contraste con los gentiles que tienen mentes meramente instintivas y animales. Observan, pero no prevén y no inventan nada (salvo tal vez cosas materiales). De esto se desprende claramente que la naturaleza misma nos predestinó para regir y guiar el mundo".
Esto, por supuesto, ha sido el método judío de dividir a la humanidad desde los primeros tiempos. El mundo era solo judío y gentil; todo lo que no era judío era gentil.
El uso de la palabra judío en el Protocolo puede ilustrarse con este pasaje de la octava sección:
"Por ahora, hasta que sea seguro confiar puestos de gobierno responsables a nuestros hermanos judíos, se los confiaremos a personas cuyo pasado y cuyo carácter son tales que hay un abismo entre ellas y el pueblo."
Esta es la práctica conocida como el uso de «frentes gentiles», la cual se lleva a cabo extensamente en el mundo financiero hoy en día con el fin de encubrir las evidencias del control judío.
Cuántos progresos se han hecho desde que se escribieron estas palabras lo indica el acontecimiento ocurrido en la convención de San Francisco cuando el nombre del juez Brandeis fue propuesto para la presidencia.
Es razonable esperar que la mente pública se familiarice cada vez más con la idea de la ocupación judía —lo cual será realmente un paso corto desde el grado actual de influencia que los judíos ejercen— del cargo más alto del gobierno.
No hay ninguna función de la presidencia estadounidense en la que los judíos no hayan colaborado ya secretamente en un grado muy importante. La ocupación real del cargo no es necesaria para acrecentar su poder, sino para promover ciertas cosas que se asemejan mucho a los planos esbozados en los Protocolos que ahora tenemos ante nosotros.
Otro punto que el lector de los Protocolos notará es que el tono de exhortación está completamente ausente en estos documentos. No son propaganda. No son esfuerzos para estimular las ambiciones o la actividad de aquellos a quienes van dirigidos. Son tan fríos como un documento legal y tan objetivos como una tabla de estadísticas.
No hay nada de ese rollo de «Levantémonos, hermanos». No hay ninguna histeria de «Abajo los gentiles».
Estos protocolos, si de verdad fueron elaborados por judíos y confiados a judíos, o si contienen ciertos principios de un Programa Mundial Judío, ciertamente no estaban destinados a los agitadores, sino a los iniciados cuidadosamente preparados y probados de los grupos superiores.
Los apologistas judíos han preguntado: «¿Es concebible que, de existir semejante programa mundial por parte de los judíos, estos lo plasmaran por escrito y lo publicaran?».
Pero no hay pruebas de que estos Protocolos fueran expresados de otra forma que no fuera mediante palabras habladas por quienes los presentaron. Los Protocolos tal como los tenemos son aparentemente las notas de conferencias tomadas por alguien que las escuchó.
- Algunos de ellos son extensos;
- algunos de ellos son breves.
La afirmación que siempre se ha hecho en relación con los Protocolos desde que se dieron a conocer es que se trata de notas de conferencias impartidas a estudiantes judíos presuntamente en algún lugar de Francia o Suiza. El intento de hacerlos parecer de origen ruso queda totalmente descartado por el punto de vista, la referencia a los tiempos y ciertos indicios gramaticales.
El tono ciertamente se ajusta a la suposición de que originalmente fueron conferencias impartidas a estudiantes, pues su propósito claramente no es lograr que se acepte un programa, sino dar información sobre un programa que se presenta como ya en vías de cumplimiento. No hay invitación a unir fuerzas ni a ofrecer opiniones. De hecho, se anuncia específicamente que no se desean ni discusiones ni opiniones. ("Mientras predicamos el liberalismo a los gentiles, mantendremos a nuestro propio pueblo y a nuestros propios agentes en una obediencia indiscutible". "El plan de administración debe emanar de un solo cerebro * * * Por lo tanto, podemos conocer el plan de acción, pero no debemos discutirlo, no sea que destruyamos su carácter único * * * La obra inspirada de nuestro líder, por lo tanto, no debe ser arrojada ante una multitud para ser despedazada, ni siquiera ante un grupo limitado").
Además, tomando los Protocolos por su valor nominal, es evidente que el programa esbozado en estas notas de conferencias no era nuevo en el momento en que se impartieron dichas conferencias. No hay indicios de que se trate de un arreglo reciente. Hay casi un tono de tradición, o de religión, en todo ello, como si se hubiera transmitido de generación en generación a través de hombres especialmente de confianza e iniciados.
No hay en él rastro de nuevos descubrimientos o de frescura entusiasta, sino la certidumbre y la calma de hechos conocidos desde antiguo y de políticas confirmadas largamente por la experiencia.
Este punto de la era del programa se aborda al menos dos veces en los propios Protocolos. En el Primer Protocolo aparece este párrafo:
"Ya en los tiempos antiguos fuimos los primeros en gritar ante los pueblos las palabras: «Libertad, Igualdad, Fraternidad», palabras repetidas tantas veces por loros inconscientes que, acudiendo en bandadas desde todas partes a este cebo, arruinaron con él la prosperidad del mundo y la verdadera libertad personal * * * Los gentiles, supuestamente astutos e intelectuales, no comprendieron el simbolismo de las palabras pronunciadas; no advirtieron su contradicción en el significado; no notaron que en la naturaleza no hay igualdad * * *"
La otra referencia al carácter definitivo del programa se encuentra en el Decimotercer Protocolo:
"Las cuestiones de política, sin embargo, no le están permitidas a nadie excepto a aquellos que han originado la política y la han dirigido durante muchos siglos."
¿Puede ser esto una referencia a un Sanedrín judío secreto, que se perpetúa a sí mismo dentro de cierta casta judía de generación en generación?
Nuevamente, debe decirse que los iniciadores y directores aquí mencionados no pueden ser en el presente ninguna casta gobernante, pues todo lo que el programa contempla se opone directamente a los intereses de tal casta. No puede referirse a ningún grupo aristocrático nacional, como los junkers de Alemania, ya que los métodos que se proponen son precisamente aquellos que dejarían sin poder a semejante grupo. No puede referirse a nadie más que a un pueblo que no tiene gobierno, que tiene todo que ganar y nada que perder, y que puede mantenerse intacto en medio de un mundo que se derrumba.
Sólo hay un grupo que responde a esa descripción.
Nuevamente, una lectura de los Protocolos deja en claro que el orador mismo no buscaba honores. Hay una ausencia total de ambición personal a lo largo de todo el documento. Todos los planes, propósitos y expectativas se funden en el futuro de Israel, futuro que, al parecer, solo puede garantizarse mediante la sutil destrucción de ciertas ideas mundiales sostenidas por los gentiles.
Los Protocolos hablan de lo que se ha hecho, de lo que se estaba haciendo en el momento en que se pronunciaron estas palabras y de lo que quedaba por hacer. Jamás se ha conocido algo semejante en cuanto a la plenitud de sus detalles, la amplitud de su plan y la profunda comprensión de los resortes ocultos de la acción humana.
Son verdaderamente terribles por su dominio de los secretos de la vida, e igualmente terribles por su conciencia de ese dominio. En verdad, merecerían la opinión que los judíos han vertido recientemente sobre ellos —la de que fueron obra de un loco inspirado—, de no ser porque lo que está escrito en los Protocolos con palabras está también escrito en la vida de hoy con hechos y tendencias.
Las críticas que estos Protocolos dirigen a los gentiles por su estupidez son justas. Es imposible no estar de acuerdo con un solo punto de la descripción que los Protocolos hacen de la mentalidad y la venalidad gentiles. Incluso los más astutos de los pensadores gentiles se han dejado engañar al aceptar como impulsos de progreso lo que no ha sido sino insinuado en la mente humana común mediante los más insidiosos sistemas de propaganda.
Es verdad que aquí y allá ha surgido algún pensador para decir que la llamada ciencia no era ciencia en absoluto. Es verdad que aquí y allá ha surgido algún pensador para decir que las llamadas leyes económicas, tanto de conservadores como de radicales, no eran leyes en absoluto, sino invenciones artificiales. Es verdad que de vez en cuando un agudo observador ha afirmado que el reciente desenfreno de lujo y extravagancia no se debía en absoluto a los impulsos naturales del pueblo, sino que era sistemáticamente estimulado, impuesto a este de propósito. Es verdad que unos pocos han discernido que más de la mitad de lo que pasa por «opinión pública» es mero aplauso y abucheo contratado y jamás ha impresionado a la mente pública.
Pero aun con estas pistas aquí y allá, en su mayor parte ignoradas, nunca ha habido suficiente continuidad y colaboración entre aquellos que estaban despiertos como para seguir todas las pistas hasta su origen.
La principal explicación de la influencia que los Protocolos han tenido sobre muchos de los principales estadistas del mundo durante varias décadas es que explican de dónde provienen todas estas falsas influencias y cuál es su propósito. Ofrecen una pista para el laberinto moderno. Ya es hora de que el pueblo lo sepa.
Y, se juzgue o no que los Protocolos prueban algo respecto a los judíos, constituyen una educación sobre la forma en que las masas son movidas de aquí para allá como ovejas por influencias que no comprenden. Es casi seguro que una vez que los principios de los Protocolos sean ampliamente conocidos y comprendidos por el pueblo, la crítica que hoy hacen con razón de la mente gentil dejará de tener validez.
El propósito de futuros artículos de esta serie es estudiar estos documentos y responder a partir de su contenido a todas las cuestiones que puedan surgir al respecto.
Antes de que se emprenda esa obra, se debe responder a una pregunta: «¿Existe la probabilidad de que el programa de los Protocolos se lleve a cabo con éxito?».
El programa ya tiene éxito. En muchas de sus fases más importantes ya es una realidad. Pero esto no debe causar alarma, pues la principal arma que debe utilizarse contra dicho programa, tanto en sus partes completas como incompletas, es la publicidad clara.
Que el pueblo lo sepa.
Despertar al pueblo, alarmar al pueblo, apelar a las pasiones del pueblo es el método del plan esbozado en los Protocolos. El antídoto es simplemente iluminar al pueblo.
Ese es el único propósito de estos artículos. La ilustración disipa los prejuicios. Es tan deseable disipar el prejuicio del judío como el del gentil. Los escritores judíos asumen con demasiada frecuencia que el prejuicio es de un solo lado. Los Protocolos mismos deberían tener la más amplia difusión entre el pueblo judío, a fin de que puedan frenar aquellas cosas que están trayendo sospechas sobre su nombre.
[Número del 24 de julio de 1920.]