Mientras Benedict Arnold estaba en Canadá y David Solesbury Franks, el judío de Montreal y súbdito británico, servía como intendente de las tropas estadounidenses, David Franks, de Filadelfia, miembro de la misma familia judía y del mismo sindicato judío de contratistas del ejército, también se encontraba ocupado en un negocio interesante.
Ya se ha demostrado que este David Franks, el judío de Filadelfia, había apoyado en parte a los colonos en sus protestas contra el dominio colonial británico.
Que esto no fuera sinceridad por su parte, lo demostraron sus acciones posteriores.
Aparece por primera vez en el ámbito de esta narración en 1775, año en que Benedict Arnold realizó la notable hazaña de marchar hacia Canadá, desde donde enviaba de regreso a las colonias a numerosos prisioneros canadienses.
Estos prisioneros fueron retenidos en las colonias de Nueva Inglaterra durante un tiempo, pero más tarde fueron reunidos en Pensilvania, y algunos de ellos fueron alojados en la ciudad de Filadelfia.
Cuán inspirado fue es imposible decirlo ahora, pero de inmediato un comité del Congreso Continental propone que el señor David Franks reciba el encargo de alimentar y cuidar de otro modo a estos prisioneros británicos, y se le permita vender sus letras por tanto dinero como sea necesario para tal fin.
Por supuesto, al aceptar esta propuesta, Franks no hacía más que seguir el rumbo por el cual él y sus numerosos parientes habían venido a América. En realidad, estaba haciendo negocios con y para Moses Franks, la cabeza del sindicato familiar en Londres.
Poco después leemos acerca de David bajo el sonoro título de «Agente de los Contratistas para el Avituallamiento de las Tropas del Rey de Gran Bretaña», y para vigilarlo, se le permitió a un oficial británico cruzar las líneas una vez al mes y pasar unas horas con David. Que esta fue una práctica peligrosa puede deducirse de su historia posterior.
En los archivos del Congreso Continental hay una petición de Franks para que se le permita ir a Nueva York, que entonces era el cuartel general británico; y tal era el poder del hombre que su solicitud fue concedida con la condición de que empeñara su palabra de «no dar ninguna información al enemigo» y de regresar a Filadelfia.
En enero de 1778, seis meses antes de que Benedict Arnold asumiera el mando de Filadelfia, David Franks se metió en problemas.
Una carta suya fue interceptada en su camino a Inglaterra. La carta iba dirigida a Moses Franks, de Londres, y estaba oculta bajo la cobertura de una misiva dirigida a un capitán de un regimiento comandado por un general británico que se había casado con la hermana de Franks.
Consta en los registros del Congreso estadounidense «que el contenido de la carta manifiesta una disposición e intenciones contrarias a la seguridad y la libertad de los Estados Unidos».
Por lo que se «Resolvió que se ordene al Mayor General Arnold que haga arrestar inmediatamente a dicho David Franks y lo conduzca a la nueva cárcel de esta ciudad (Filadelfia), para ser recluido allí hasta nueva orden del Congreso».
Así, Benedict Arnold entra en contacto con otro miembro de la familia Franks, cuyo nombre habría de quedar tan estrechamente asociado a la gran traición.
Y ahora comienza un curso serpentino de idas y vueltas que resulta tan deliciosamente judío que vale la pena reiterarlo, aunque sólo sea para mostrar cuán fiel permanece la raza a su carácter a través de los siglos.
Es en octubre, alrededor del undécimo día del mes. Franks es encarcelado y permanece una semana. ¡Entonces, mediante un extraño razonamiento, se descubre que Estados Unidos no tiene jurisdicción sobre el cargo de traición contra los Estados Unidos (!) y que el prisionero debe ser entregado al Consejo Ejecutivo Supremo del estado de Pensilvania. ¡De ello se deduce que el estado de Pensilvania tampoco tiene nada que ver con el delito de traición contra los Estados Unidos, y a pesar del contenido de las cartas y las conclusiones del Comité del Congreso al respecto, David Franks sonríe amablemente y queda en libertad!
Era una época, por supuesto, en la que los judíos prestaban mucho dinero a los funcionarios públicos. Al judío Haym Salomon se le atribuía tener a la mayoría de los «padres» en sus libros de contabilidad, pero no les cobraba ni intereses ni capital. Sin embargo, se hizo inmensamente rico y fue receptor, en lugar de intereses y reembolsos, de muchos favores oficiales. David Franks, que también era un hombre rico, acusado de traición, ve su caso transferido y finalmente desestimado. Es un truco que no es desconocido hoy en día.
Los registros judíos le conceden mucho mérito al señor Franks por no haberse dejado intimidar por esta experiencia. Si merece un mérito particular por su valor cuando disponía de tanta influencia, es un asunto que el lector debe decidir, pero que no se desanimó lo demuestran sus acciones posteriores.
Muy pronto aparece de nuevo en los registros con una solicitud para que su secretario pueda ir otra vez a Nueva York, dentro de las líneas británicas. Apela al Consejo de Pensilvania. El Consejo lo remite al Congreso. El Congreso dice que no tiene objeción, siempre que el secretario se rija por las órdenes del general George Washington en este asunto. El edecán de Washington concede el permiso, y el secretario presenta las fianzas suficientes y parte hacia Nueva York.
Llegado a Nueva York, el secretario descubre que la presencia del señor Franks es indispensable y ha tomado todas las disposiciones para que su amo vaya a Nueva York, habiendo conseguido incluso el permiso británico para cruzar las líneas.
Se lo pusieron muy fácil al Congreso, este solo tenía que decir que sí. Pero esta vez el Congreso dijo «no». La anterior huida de Franks hizo que la gente cobrara conciencia de una influencia antiamericana en acción. Tras su primera detención, fue considerado un peligro para la causa estadounidense. Aparentemente logra vivir bien en Filadelfia a pesar de sus dificultades, viviendo incluso alegremente con la alta sociedad de la ciudad.
Hasta este momento, David Franks había entrado en contacto con las dos figuras principales de la traición de Arnold.
Como proveedor de las tropas capturadas, Franks había conocido y agasajado, en 1776, al joven y encantador mayor André, quien en 1780 se convertiría en la trágica víctima de la perfidia de Arnold. Y en 1778, Franks había sido objeto de una orden de arresto emitida por el general Benedict Arnold.
Jacob Mordecai «menciona que fue en la casa del señor Franks donde conoció al mayor André, entonces prisionero bajo palabra, quien pasaba sus horas de ocio y ejercitaba sus talentos de las maneras más agradables pintando una miniatura de la hermosa señorita Franks». (American Jewish Historical Society, vol. 6, pág. 6.)
Mientras tanto, Benedict Arnold proseguía su carrera, una trayectoria extrañamente salpicada de brillante valentía y sutil villanía, una carrera sostenida por la confianza de nobles amigos que creían en Arnold aun a pesar de él mismo.
De no ser por este extrañísimo poder de conservar a sus amigos a pesar de lo que sabían de él, la carrera de Arnold habría terminado antes de lo que lo hizo. Ese don psíquico suyo, y la desesperada necesidad de líderes militares que tenía la causa continental, lo mantuvieron a flote hasta que su vileza moral maduró para el colapso final.
Como se ha afirmado antes, no hay intención de minimizar los servicios de Arnold a su país, sino la firme determinación de mostrar cuáles fueron sus compañías durante el período de su declive moral y, de este modo, llenar los vacíos de la historia y explicar la desconfianza con la que el Congreso estadounidense miraba al joven general.
David Solesbury Franks, el judío de Montreal, que era agente del sindicato de proveedores del ejército de los Franks en Canadá, vino al sur, a las colonias americanas, con Arnold cuando el ejército estadounidense se retiró.
En su propio relato de sí mismo, escrito en 1789 —ocho años después de la traición—, resta importancia a su relación con Arnold hasta el punto de que, de no ser por las actas de ciertos consejos de guerra, habría sido imposible determinar cuán unidos habían estado ambos hombres.
En su memorial, tal como se conserva en el décimo volumen de las publicaciones de la Sociedad Histórica Judía Estadounidense, admite haber abandonado Canadá con los estadounidenses en 1776 y haber permanecido adscrito al ejército estadounidense hasta la rendición de Burgoyne, ocurrida a finales de 1777.
A continuación, pasa de largo y a la ligera por un período importante en el que el mando de Filadelfia le fue otorgado al general Arnold. Se limita a mencionar que formó parte de «la familia militar de Arnold en West Point hasta su deserción», la cual tuvo lugar en 1780.
Una referencia al primer consejo de guerra a Arnold, en el que el coronel David Solesbury Franks fue el principal testigo de Arnold, mostrará, sin embargo, que Franks y Arnold estuvieron más estrechamente asociados de lo que al primero le gustaría admitir después de que el nombre de Arnold se hubiera vuelto anatemas. En efecto, tal como señala correctamente la nota de la Sociedad Histórica Judía, el relato de este consejo de guerra «es de gran interés, ya que incide directamente en las relaciones del general Arnold y su ayudante, el mayor David S. Franks, antes de la huida definitiva del traidor en septiembre de 1780».
Hubo en total ocho cargos presentados contra Arnold, siendo el segundo: «Por haber cerrado las tiendas y comercios a su llegada a la ciudad (Filadelfia), hasta el punto de impedir incluso que los oficiales del ejército realizaran compras, mientras él hacía en privado compras considerables para su propio beneficio, según se alega y cree».
A continuación se presenta una declaración jurada de apoyo, impresa con el estilo del original, con cursivas enfáticas añadidas:
“El séptimo día de mayo de 1779, ante mí, Plunket Fleeson, Esq., uno de los jueces, etc., de la ciudad de Filadelfia, comparece el coronel John Fitzgerald, ex-ayecante de campo de su excelencia el general Washington, quien, habiendo prestado juramento legal, declara y dice:
Que en la tarde del día en que las fuerzas británicas salieron de Filadelfia, él y el mayor David S. Franks, ayudante de campo del mayor Arnold, fueron a la casa de la señorita Brackenberry y se alojaron allí esa noche; y
a la mañana siguiente, habiendo bajado el mayor Franks, el deponente entró en la habitación del frente de dicha casa, para ver al regimiento del coronel Jackson que entonces marchaba hacia la ciudad, vio tirados en la ventana dos papeles abiertos; que al echar un vistazo a uno de ellos, se sorprendió al ver que contenía instrucciones para que dicho mayor Franks comprara mercancías europeas y de las Indias Orientales en la ciudad de Filadelfia, por cualquier cantidad, para cuyo pago el escritor proporcionaría al dinero al mayor Franks, y el mismo papel contenía también una estricta orden a dicho Franks de no dar a conocer a su más íntimo conocido que el escritor estaba involucrado en la compra propuesta; que dichas instrucciones no estaban firmadas, pero al deponente le pareció que estaban escritas de puño y letra del mayor general Arnold; si tenían fecha o no, el deponente no lo recuerda;
que el otro documento contenía instrucciones firmadas por el mayor general Arnold, ordenando al mayor Franks que comprara para el citado general Arnold algunos artículos necesarios para el uso de su mesa; que el declarante comparó la escritura de ambos documentos y cree firmemente que ambos fueron escritos de puño y letra del propio mayor general Arnold; y poco después el mayor Franks entró en la habitación y se llevó los documentos, según supone el declarante. Y no dice más el declarante.
Que semejante cargo implicaba tanto el juicio del mayor Franks como el del general Arnold, resultará evidente de inmediato.
Las declaraciones del cargo denotan una estrecha asociación entre Arnold y Franks. Sin embargo, en el registro escrito que Franks hizo de sí mismo en 1789, pasa por alto este período en Filadelfia de manera muy ligera:
«En 1778, tras la evacuación de Filadelfia por el ejército británico y a la llegada del conde D’Estaing, conseguí cartas de recomendación de la Junta de Guerra... y me uní a él frente a Sandy Hook; continué con dicho almirante hasta su llegada a Rhode Island, donde, tras el fracaso de la expedición, regresé a Filadelfia, adonde me llamaba mi deber militar».
No hay referencia aquí, ni en ninguna parte de su expediente, a una cercanía de vínculo entre ambos que su testimonio, ofrecido ahora a partir de los registros, prueba ampliamente que existió.
“El juez a cargo de la acusación presentó al mayor Franks, ayudante de campo del mayor general Arnold, quien fue debidamente juramentado.
“P. A la llegada del general Arnold a Filadelfia, ¿sabe si él mismo o alguna persona en su nombre hizo alguna compra considerable de mercancías?
“R. No, no lo tengo.
«P. ¿Recibió usted órdenes del general Arnold, en o antes de la llegada del general Arnold a Filadelfia, para comprar mercancías, o sabe usted que el general Arnold le haya dado órdenes a cualquier otra persona para hacer compras de mercancías?
“A. Recibí del general Arnold ese documento que el coronel Fitzgerald ha mencionado en su declaración. Hay circunstancias relacionadas con ello que debo explicar. Yo había, al estar en el ejército, perjudicado mis asuntos privados considerablemente, y tenía la intención de dejarlo, si se presentaba la oportunidad adecuada para iniciar un negocio. Tuve varias conversaciones sobre el asunto con el general Arnold, quien me prometió toda la ayuda a su alcance; él iba a participar en las ganancias del negocio que yo iba a emprender. En ese momento, antes de irnos a Filadelfia, tuve varias conversaciones particulares con él, y pensé que el período en el que podría dejar el ejército con honor y emprender un negocio (había llegado).
Recibí en ese tiempo, o por ese tiempo, creo que varios días antes de que el enemigo evacuara la ciudad, el documento mencionado en la declaración del coronel Fitzgerald que no estaba firmado, así como el otro.
A nuestra llegada a la ciudad tuvimos una variedad de asuntos militares que atender. No compré ninguna mercancía, ni tampoco abandonué el ejército. Ese documento fue completamente descuidado, ni volví a pensar en él hasta que supe de la declaración del coronel Fitzgerald.
El general Arnold me ha dicho desde entonces, es decir, desde que vine de Carolina hace algún tiempo, en agosto pasado, que el motivo de no haberme apoyado en los negocios fue que, suponiendo que yo había abandonado el ejército, era incompatible con las instrucciones de su excelencia y la resolución del Congreso.
Este testimonio, de forma aparentemente directa, es bastante perjudicial para la reputación de ambos hombres implicados. Arnold, al asumir el mando de Filadelfia, ordenó que se cerraran los almacenes y tiendas y que no se vendiera ninguna mercancía. Detuvo los negocios por completo.
Fue una orden de lo más impopular, ya que impedía que los comerciantes se beneficiaran del nuevo orden de cosas, el regreso de los estadounidenses.
El mismo primer día en que entra en vigor la ley de clausura, Arnold le escribe una orden a Franks para que realice grandes compras de productos europeos y de las Indias Orientales «por cualquier monto» y mantenga la transacción en secreto respecto de sus conocidos más íntimos. Es decir, Benedict Arnold y el mayor judío de su Estado mayor tienen el acuerdo de que, bajo la cobertura del cierre militar, saquearán la ciudad de sus mercancías más lucrativas a los forzados precios bajos de venta —con el obvio propósito de revenderlas a precios más altos cuando se revocara la orden militar—.
Estos son los hechos indiscutibles. El coronel Fitzgerald vio los documentos y reconoció que el no firmado estaba escrito de puño y letra de Arnold, al igual que el firmado.
Ambos estaban dirigidos al mayor judío Franks. En su declaración, el mayor Franks admite la existencia de la orden no firmada tal como la vio el coronel Fitzgerald, y admite también su carácter.
Aun Benedict Arnold admitió la orden, pero se esmeró en demostrar que, habiendo mostrado las órdenes del general Washington para que él (Arnold) mandara en Filadelfia, ese hecho sería una contraorden suficiente para la orden dada a Franks de cargar efectos de valor.
“El general Arnold al mayor Franks. ¿No supuso que el hecho de mostrarle las instrucciones que el general Washington me dio, antes de su entrada en la ciudad, constituía una contraorden suficiente de la orden que le había dado para comprar mercancías?
“Mayor Franks. No formulé ninguna suposición al respecto”.
Esta confesión de que él había redactado la orden, y el hecho de que no se pudieron demostrar grandes compras de mercancías, constituyeron la defensa de Arnold. No se requiere una mente jurídica perspicaz para evidenciar su debilidad.
Si la orden fue revocada varios días antes de que entraran en la ciudad, ¿qué hacía en la casa de la señorita Brackenberry en Filadelfia la primera mañana del mando de Arnold y la primera mañana de la aplicación de su orden de cerrar las tiendas? ¿Y por qué vino Franks en su busca? Las órdenes descartadas no se van transportando y conservando de esa manera.
Probablemente no se hizo ninguna compra. Probablemente la orden no fue llevada a cabo. Cuando el coronel Fitzgerald entró en la habitación temprano por la mañana y vio los papeles, y cuando poco después el mayor Franks entró en la habitación y vio tanto al coronel Fitzgerald como a los papeles, no quedó más remedio que cancelar el plan. Se había sabido.
El coronel Fitzgerald esperó en la habitación para ver qué pasaba con los papeles. Vio llegar al judío Franks y llevárselos. Lo vio salir con ellos. Sabía lo que esos papeles ordenaban hacer al judío, y sabía que la mano directora era la de Benedict Arnold.
Sin duda, con esta pista mantuvo los ojos abiertos en Philadelphia durante la ejecución de la orden de cierre. Y sin duda Franks no perdió tiempo en transmitir al general Arnold el hecho de que había encontrado al coronel Fitzgerald en la habitación donde se habían dejado los papeles. La visita involuntaria del coronel Fitzgerald es el hecho clave en esa fase del asunto.
Pero el comandante judío se vuelve locuaz en su esfuerzo por explicar la situación.
«Hay circunstancias que debo explicar», dice.
Y luego, con palabras que estaban frecuentemente en boca de Arnold, expone que su servicio en el ejército estaba perjudicando sus asuntos privados muy seriamente, y que estaba contemplando retirarse del ejército y dedicarse a los negocios.
Cabe señalar en este punto que se le dieron a Franks numerosas oportunidades de retirarse, tanto antes como después de la traición de Arnold, pero se convirtió en un persistente reclamante de puestos oficiales. A pesar de su testimonio, no pudo ser apartado del empleo público.
Y entonces Franks reveló todo el secreto de sus relaciones con Arnold. Estaban en estrecha asociación en asuntos de especulación. «Tuve varias conversaciones sobre el tema con el general Arnold... él iba a participar en las ganancias del negocio en el que yo iba a entrar». Arnold iba a seguir siendo general en el ejército; su ayudante iba a salir del ejército y a trabajar con él en privado, compartiendo las ganancias.
Pero ¿qué tenía todo esto que ver con las órdenes de cerrar las tiendas en Filadelfia? ¿Qué tenía esto que ver con los documentos encontrados por el coronel Fitzgerald?
Pues, después de todo, esta era la «circunstancia» que el mayor Franks se había propuesto explicar. Por fin llega a ella:
«En ese momento, antes de entrar en Filadelfia, tuve varias conversaciones particulares con él... Recibí en ese momento, o alrededor de ese momento, el documento mencionado en la declaración del coronel Fitzgerald que no estaba firmado, así como el otro».
El salvoconducto lo autorizaba a sacar las mercancías más vendibles de las tiendas cerradas. Sucedió a «varias conversaciones particulares» sobre el negocio del cual Arnold iba a «participar en los beneficios». Pero, al parecer, el trato no se concretó. La inoportuna aparición del coronel Fitzgerald y el descuido de alguien al dejar los papeles a la vista resultaron de lo más desfavorables para el proyecto de Arnold y Franks.
No cabe duda de la intimidad de las relaciones entre el judío y Arnold y del uso que ambos hicieron de su relación.
Tampoco cabe duda de que estas relaciones debieron de ser el resultado de un conocimiento y una prueba continuos.
Meramente demostrar que un judío se cruzó una vez en el camino de Benedict Arnold y estuvo implicado con él en un plan desacreditativo que probablemente no llegó a madurar del todo, no significa nada.
Pero que este judío estuviera involucrado en la fortuna de Arnold desde el momento en que ambos se conocieron en Canadá hasta el día en que Arnold traicionó a su país, puede significar algo. Y ese es el caso.
Desde el momento de su primer encuentro, sus caminos transcurren paralelos: Arnold siempre confía en Franks como el testigo creíble que lo saca de sus apuros, y Franks suele hacerlo con una especie de éxito torpe, como en el ejemplo recién citado.
El lector puede remitirse ahora a la mención hecha más arriba sobre el propio historial de Franks, en el que menciona haberse unido al conde d’Estaing, el almirante francés, en Sandy Hook. Esto fue justo un mes después de que Arnold asumiera el mando en Filadelfia, justo un mes después de los acontecimientos en los que se basó el cargo anterior.
Evidentemente, Franks salió de la ciudad por un corto tiempo. Notaría la frialdad de sus compañeros oficiales, entre quienes debían de haber circulado los rumores sobre el descubrimiento del coronel Fitzgerald. No habría ningún prejuicio contra él por ser judío; se debió enteramente a las sospechas en torno a su persona.
En efecto, los lectores de la historia común nunca sabrán que Arnold tenía judíos a su alrededor. Estaban David Franks, hombre acaudalado y comerciante de la ciudad, y David Solesbury Franks en el estado mayor de Arnold; ambas figuras destacadas, pero totalmente ignoradas por los historiadores, con una o dos excepciones, y ni siquiera estas han captado la pista judía. En aquella época no existía ningún prejuicio contra los judíos en tanto que judíos, como tampoco lo hay ahora.
Franks, por entonces, consigue fácilmente unas cartas que le permiten unirse a la flota francesa de d’Estaing, apenas un mes después del asunto de Filadelfia. Y, por extraño que parezca, en exactamente el mismo momento, Benedict Arnold concibió la idea de que él también debía unirse a la marina, y un mes después de su nombramiento en Filadelfia le escribe al general Washington sugiriendo nada menos que se le diera ¡el mando de la Marina estadounidense!, en el mismo momento exacto en que el mayor Franks se echa a la mar.
“... el verme obligado a descuidar por completo mis asuntos privados desde que estoy al servicio —escribe Arnold al general Washington—, me ha inducido a desear retirarme de los asuntos públicos, a menos que se me haga un ofrecimiento, que mis amigos han mencionado, del mando de la marina...
Debo rogarle que me conceda sus opiniones respecto a un mando en la marina”.
Hasta donde los historiadores han podido averiguar, a nadie se le ocurrió jamás la idea de nombrar a Arnold almirante de la marina estadounidense. Pero claro, los historiadores no conocían a David S. Franks.
Él, un hombre de tierra adentro, había estado unas semanas con los barcos franceses. Tal vez era el amigo que «mencionó» el asunto. En cualquier caso, cuando Franks volvió a bajar de los barcos, fue para servir una vez más como testigo de Benedict Arnold.
Los cargos contra Arnold eran tales como estos:
- Permitir el desembarco de un barco enemigo y comprar una parte de su carga;
- imponer servicios meniales a los soldados (cargo provocado por una acción del mayor Franks);
- emitir pases ilegalmente —siendo el caso en cuestión el de una judía llamada Levy—;
- el uso de carruajes del ejército para sus asuntos privados, y así sucesivamente.
Este es el testimonio del mayor Franks en relación con el permiso que Arnold concedió a «The Charming Nancy» para atracar en un puerto de los Estados Unidos, contraviniendo la ley:
“P. (el tribunal) ¿Sabe si el general Arnold compró alguna parte del Charming Nancy o de su cargamento?
“R. No me consta por conocimiento propio, pero le he oído decir al general Arnold que sí lo hizo, y también le he oído decir al señor Seagrove que lo hizo.
“P. ¿Fue antes o después de que el general Arnold concediera el salvo conducto?
“A. Fue posterior.”
He aquí una completa admisión de todos los hechos, pero la defensa consistió en demostrar laboriosamente, mediante preguntas bastante capciosas dirigidas a Franks, que los propietarios de «The Charming Nancy» eran en verdad buenos estadounidenses, aunque residían y hacían negocios en territorio enemigo.
Franks fue bastante útil en esta parte del asunto y el tribunal, pasando por alto los demás elementos, se limitó a dictaminar que el permiso que Arnold concedió a «The Charming Nancy» era ilegal.
- El hecho de que un general de división del Ejército de los Estados Unidos especulara con el cargamento del barco que había entrado en puerto infringiendo la ley y bajo su permiso militar, no se tuvo en cuenta en absoluto.
- Tampoco se tuvo en cuenta el hecho, manifestado en la acusación, de que concedió su permiso mientras se encontraba acampado con el general Washington en Valley Forge, a quien no consultó de ninguna manera.
Pero aquí nuevamente se establece el hecho de que el mayor Franks estaba al tanto de todo el asunto, y fue el principal testigo en la defensa de Arnold.
Si hubiera ocurrido una sola vez, como en Montreal, que a Arnold se le hubieran imputado irregularidades relacionadas con mercancías lucrativas; o si hubiera ocurrido una sola vez, como en Filadelfia, que el mayor Franks resultara ser el principal testigo disponible, no se le habría prestado ninguna atención seria.
Pero una y otra vez Arnold se ve envuelto en actos turbios relacionados con mercancías lucrativas, y una y otra vez el mayor judío Franks es su cómplice y testigo principal. Y esta asociación en transacciones dudosas, que se extiende desde el momento en que Arnold conoció a Franks hasta el momento en que Arnold traicionó a su país, es significativa, al menos como una contribución a la historia, y posiblemente como una luz secundaria sobre la degeneración gradual de Benedict Arnold.
Arnold ya no podía escapar por completo. Pero aún la buena fortuna que parecía acompañarle pacientemente, como si esperara a que su mejor naturaleza se recuperara de algún oscuro sortilegio, permanecía con él; el tribunal no pudo exonerarlo por completo, pero tampoco pudo castigarlo como se merecía; y así se dictaminó como veredicto que el general Arnold fuera reprendido por el general Washington, su mejor amigo.
La reprensión de Washington es una de las mejores alocuciones en los registros humanos. Habría salvado a un hombre en el que quedara un jirón de determinación moral:
“Nuestra profesión es la más casta de todas; incluso la sombra de una falta deslustra el brillo de nuestros mejores logros. La más mínima inadvertencia puede arrebatarnos el favor del público, tan difícil de adquirir.
Os reprendo por haber olvidado que, en la medida en que os habéis hecho formidable a nuestros enemigos, debierais haber sido cauto y moderado en vuestro comportamiento hacia vuestros conciudadanos. Exhibid de nuevo esas nobles prendas que os han colocado en la lista de nuestros comandantes más valorados. Yo mismo os proporcionaré, hasta donde me sea posible, la oportunidad de recuperar la estima de vuestro país”.
Era un mal día para Benedict Arnold cuando se puso en contacto con el sindicato judío de proveedores del ejército.
Todavía había esperanza para él si se deshacía del maléfico influjo.
Pero el tiempo apremiaba; los acontecimientos llegaban a su clímax; el extranjero, tras haberlo apresado, estaba a disposición de aprovechar al máximo aquella funesta oportunidad. El capítulo final estaba a punto de escribirse en la gloria o en la ignominia.
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Edición del 15 de octubre de 1921