Llega la época del año en que los cristianos imploran la tolerancia de los judíos mientras se celebra la Navidad. Si los judíos tan solo permiten a los cristianos celebrar la Navidad en sus escuelas, sus hogares, sus iglesias —en sus plazas públicas y aldeas rurales—, habrá una mayor disposición por parte del público a creer en las jactancias judías sobre la tolerancia.
Aún no se ha anunciado si los judíos darán su permiso o no. Pero que se están haciendo averiguaciones sobre el asunto lo indica este artículo del Brooklyn Eagle, del 31 de octubre:
“El canónigo William Sheafe Chase hizo pública hoy una carta que envió al secretario de la Junta de Educación en la que solicita una copia de las reglas y regulaciones que, según alegó, prohíben narrar una historia de Cristo en la época navideña en las escuelas públicas. El canónigo Chase dijo que la atención de la Federación de Iglesias ha sido alertada sobre la declaración de una maestra de jardín de infancia quien el año pasado afirmó haber contado dicha historia y haber sido notificada de que «será destituida de su puesto si repite tal ejercicio esta Navidad».
“Él dijo que la Corte Suprema de los Estados Unidos ha dicho que este es un país cristiano y «los tribunales del estado de Nueva York han dicho que el cristianismo es el derecho consuetudinario de nuestra tierra»”.
El Dr. Chase añadió:
“«Este gobierno ha tratado a los hebreos más generosamente que cualquier otra nación en el mundo. Creo que el pueblo en general, tanto hebreo como cristiano, se alegra mucho de contagiarse del espíritu de la época navideña. Cualquier intento, por lo tanto, de eliminar a Cristo de los himnos de nuestro país, de los libros de lectura y de las festividades religiosas del pueblo cristiano, creo que no está instigado por los hebreos en su conjunto, sino por ciertos líderes descarriados de la religión judía».”
Esta es una variante del tema navideño. En lugar de aguardar la Navidad con ilusión, se trata de un espíritu de indagación sobre hasta dónde podemos llegar en Navidad.
Nos preguntamos si nos atrevemos, como cristianos en una tierra cristiana, a susurrar el Nombre que le da a la Navidad su significado. Es decir, los cristianos están haciendo las preguntas navideñas temprano este año.
Los profesores cristianos quieren saber si serán despedidos si imparten a sus clases un toque del sabor de la Navidad, como todos nuestros profesores nos daban cuando éramos jóvenes. El contraste entre las escuelas a las que asistíamos los de la generación madura cuando éramos jóvenes, y las escuelas de hoy cuyos alumnos están cuidadosamente protegidos del hecho de que la Navidad celebra a Cristo, es un contraste tal que debería hacer reflexionar a los estadounidenses maduros.
Pero, si la experiencia pasada ha de ser la norma de juicio, el llamado a la tolerancia judía en Nueva York será inútil. Si los cristianos no toman sus derechos, es seguro que los judíos nunca se los concederán. Sería antijudío hacerlo; y el clamor incesante de los líderes es: «¡Sed judíos!».
Podría citarse cualquier cantidad de ejemplos del látigo que los líderes judíos agitan sobre los sistemas educativo y político de la Ciudad de Nueva York, pero uno o dos deben servir por el momento.
El primer caso que ha de considerarse es el del reverendo William Carter, doctor en divinidades (D. D.), citado en el «Who’s Who in America» como pastor de la Iglesia Presbiteriana de Throop Avenue, Brooklyn; autor de «The Gate of Janus» (La puerta de Jano), un relato épico sobre la guerra; así como de «Milton and His Masterpiece» (Milton y su obra maestra) y «Studies in the Pentateuch» (Estudios sobre el Pentateuco).
Es un viajero incansable y un conferenciante de renombre, cuya especialidad es la historia y la literatura. En un importante centro de la Asociación Cristiana de Jóvenes (Y. M. C. A.) ha impartido conferencias durante treinta semanas consecutivas al año sobre «Acontecimientos actuales», un curso que tuvo tanto éxito que la Junta de Educación de Nueva York le pidió que iniciara otro similar en el instituto Erasmus (Erasmus High School).
Durante diez años ha sido contratado por la Junta de Educación de Nueva York como conferenciante especial en los populares cursos de extensión nocturnos.
El curso que impartía el Dr. Carter estaba muy venido a menos, pero en seis semanas el público habitual pasó de 35 a 350 personas. El plan de las conferencias consistía en debatir un tema principal seleccionado por la Junta, un segundo período se dedicaba al debate de la actualidad y un tercer período a las preguntas de los asistentes.
Ahora bien, ocurrió que para la semana del 15 de noviembre de 1920 —hace apenas un año—, el tema seleccionado por la Junta de Educación fue «Los orígenes raciales del pueblo estadounidense», un estudio sobre la inmigración. Es decir, al Dr. Carter se le pidió que estudiara el asunto y lo discutiera públicamente ante su audiencia semanal de conferencias en la Escuela Erasmus. Lo hizo, tomándose el tiempo de realizar una investigación seria de todas las fases del tema.
Él demostró que justo antes de la guerra —treinta días antes de la guerra— se alcanzó el punto más alto de inmigración; el año que terminó el 30 de junio de 1914 había visto la entrada de 1.403.000 extranjeros a este país. Al analizar esta gran marea, demostró que, mientras que el seis por ciento procedía de Gran Bretaña y el dos por ciento de los países escandinavos, más del diez por ciento eran judíos.
El tema del doctor era «Los orígenes raciales del pueblo estadounidense».
Nuevamente, sobre el tema «¿Qué ha hecho la inmigración por Estados Unidos?» —tema programado también por la Junta de Educación—, el Dr. Carter demostró que algunas partes de Europa habían dado lo peor en lugar de lo mejor, y afirmó que el porcentaje más bajo de inmigración provenía de los países mejor desarrollados y más deseables, mientras que el mayor porcentaje procedía de los menos deseables. Por ejemplo, diferenció entre los italianos deseables y aquellos que forman la materia prima para las actividades de la Mano Negra.
Hablando de Rusia y de Austria-Hungría, hizo una referencia a los judíos.
Pero el doctor Carter cometió un error —tal vez dos. Siempre es difícil determinar exactamente dónde cae la línea entre el miedo a ofender y el miedo a ser injusto.
En cualquier caso, el doctor Carter dio toda muestra de, digamos, miedo a ser injusto. Pero es miedo, y un judío huele el miedo a mucha distancia; el hombre que teme, aunque tema ser injusto, ya está fichado por el judío que casualmente esté apostado para vigilarlo.
De modo que el Dr. Carter, para evitar ofender con esta parte de su conferencia, hizo lo habitual que siempre ha provocado las burlas de la prensa judía: empezó a hacerles cumplidos a los judíos por sus buenas cualidades.
Habló de sus contribuciones al Arte, la Ciencia y la Filosofía; al Arte de gobernar, la Religión y la Filantropía. Elogió a sus hombres ilustres por su nombre, como Disraeli, Rubinstein, Schiff, Kahn, ¡incluso al rabino Wise! Se refirió a su orgullo por contar a muchos judíos entre sus amigos personales.
Con todo el respeto al Dr. Carter, era la misma monserga de siempre que se suele soltar en tales circunstancias. Madison C. Peters la hizo injustamente famosa, y los clérigos estadounidenses no han dejado de soltarla desde entonces.
Si el Dr. Carter estudia las supuestas contribuciones de los judíos a las Artes y las Ciencias, las estudia tan detenidamente como estudió el tema de la inmigración, es posible que omita los elogios en futuras conferencias. Y también es posible que revise su lista de grandes judíos. Pero eso no viene al caso.
“Así como hemos encontrado malos elementos en estos otros pueblos —dijo el Dr. Carter en esta parte de su conferencia—, también se encuentran en el judío, y como la mayoría de estos 143.000 judíos que vinieron aquí el año antes de la guerra eran de Rusia, o de países rusos, no olvidemos que los propios judíos admiten que el judío ruso es el peor de su raza”.
Aparentemente el público siguió sin escandalizarse.
Llegó el turno de preguntas y dos judíos, una mujer y un hombre, le preguntaron al conferenciante por qué había elegido precisamente al judío ruso para criticarlo.
El doctor Carter respondió que no había hecho más que aportar el testimonio de los judíos mismos, que se limitaba a citar lo que los propios judíos llevaban alegando una y otra vez para explicar ciertos asuntos. Añadió que la afirmación era universalmente aceptada, salvo por algunos procedentes de Rusia.
Pocos días después, la Junta de Educación envió un aviso al Dr. Carter informándole de que se habían recibido quejas en su contra por ciertas declaraciones en contra de los judíos, y pidiéndole explicaciones. Se dice que el Dr. Carter respondió que, dado que solo dos judíos de un total de 400 personas habían objetado en la conferencia, consideraba eso como prueba de que no se habían violado las normas de decoro.
Sin embargo, en el transcurso de una semana, la Junta de Educación envió una comunicación más insistente, en la que afirmaba que se habían recibido más cartas de queja y citaba al Dr. Carter para que se encontrara con sus acusadores en una reunión especial de investigación.
Ahora comienza un procedimiento tan extraño como el pueblo americano puede esperar ver en esta tierra de los libres. En realidad no es tan raro como algunos podrían pensar. Se puede duplicar en varios casos conocidos y probados. La forma en que se desarrolló el caso Carter fue la siguiente:
El Dr. Carter llegó, tal como se le había convocado. Había allí siete judíos antes que él. Cuatro de estos judíos admitieron que no habían asistido a la conferencia, y uno ni siquiera había oído hablar del Dr. Carter antes. El ministro estaba solo. Sin saber qué se traía entre manos, y sin que se le hubiera dicho que trajera testigos que hubieran escuchado su conferencia, allí estaba él: un gentil solitario ante un tribunal judío.
La delegación judía estaba encabezada por cierto rabino C. H. Levy, a quien se denominaba secretario de la Junta de Ministros Judíos, una unión de rabinos vinculada a la Kehillah de Nueva York, la cual forma parte del sistema general de espionaje de la judería estadounidense.
El rabino Levy admitió que no había asistido a la conferencia específica objeto de la queja, ni a ninguna otra del ciclo, pero declaró que estaba allí para «representar a mi pueblo».
Pues la «gente» del rabino Levy estaba bastante bien representada.
Allí casi no había otro tipo de gente, a excepción del clérigo cristiano que estaba siendo juzgado por decir la verdad sobre la opinión pública, y la opinión judía en particular, acerca del judío ruso.
Así comenzó la Inquisición contra los gentiles. Se leyeron seis cartas, la mayoría de las cuales habían sido dirigidas al Dr. W. L. Ettinger, superintendente de las escuelas de Nueva York. Una de estas cartas le pedía al Dr. Ettinger, como judío, que no permitiera que su pueblo fuera difamado y malinterpretado, ¡sino que se asegurara de que se detuviera a este gentil!
Después de la lectura de las cartas, se le permitió hablar al Dr. Carter. Llamó la atención sobre la similitud de estilo en todas las cartas, una similitud que le sugería la posibilidad de que hubieran sido dictadas por una sola persona. Ante lo cual el rabino Levy montó en cólera —aunque nadie había mencionado su nombre—. El Dr. Carter también observó que, dado que se había apelado al Dr. Ettinger por motivos raciales, religiosos y de prejuicios, sería justo concederle al Dr. Carter tiempo para conseguir testigos de su parte.
¡Esto no fue permitido! ¡Estaba siendo juzgado!
Aun los judíos admitieron, bajo un interrogatorio directo, que lo que el Dr. Carter había dicho no se había pronunciado con animosidad. Admitieron que se había referido a los elementos indeseables de otras razas así como de los judíos. Se admitió que el tema no había sido elegido por él, sino que le había sido asignado por la Junta de Educación. Al final del examen quedó muy poco por hacer, salvo asumir que los judíos eran una raza sacrosanta, con privilegios especiales, una raza a la que ningún no judío debería atreverse siquiera a mencionar en tonos que no fueran de profunda reverencia.
Ese era el problema tal como se presentaba aquel día. Con la mitad de la población judía de los Estados Unidos concentrada en la ciudad de Nueva York, se habían adueñado de la educación estadounidense en su origen. El grupo de judíos que juzgaba al Dr. Carter tenía el control de la educación de los cristianos con tanta serenidad como si fueran un tribunal soviético reunido en Moscú.
¡Habían logrado expulsar todo lo cristiano de las escuelas; habían logrado introducir las loas más nauseabundas a su propia raza; aguardaban con ilusión que se enseñara el judaísmo como la moralidad universal!
Se reveló además que este ministro cristiano había sido uno de los hombres que habían predicado a favor de los judíos. Había sido uno de esos personajes públicos con los que los líderes judíos podían contar para responder con la generosidad cristiana típica. Había asestado golpes contra los prejuicios raciales. Había alabado a la raza judía y a sus principales figuras. Había interpretado su influyente dominio como la recompensa de la diligencia y la capacidad. Había tronado contra lo que los informes judíos le habían llevado a creer que era «el Crimen de Chisináu». Y por ello había sido debidamente felicitado por la Sociedad de Publicación Judía, entre otros. PERO ahora había dicho una palabra de verdad que a los judíos les disgusta, y estaba ante ellos para ser juzgado y condenado.
En el curso del interrogatorio se puso de manifiesto que había sido ciudadano de los Estados Unidos durante treinta años, habiendo llegado a este país procedente de Inglaterra a la edad de 15 años. Al parecer, el rabino Levy pasó por alto el hecho en su totalidad, captando únicamente el hecho de que el doctor Carter había nacido en Inglaterra.
—¿Puedo preguntar si el caballero es o no ciudadano de los Estados Unidos? —dijo el rabino con el aire de quien está revelando inocentemente un gran escándalo.
—Me hice ciudadano hace más de treinta años, en cuanto la ley me lo permitió; como confío en que lo hizo usted —fue la estocada directa del doctor Carter.
El rabino cambió de tema. No aceptó el desafío en cuanto a su propia ciudadanía. Pero que el asunto le quemaba por dentro lo evidencia su comentario posterior:
«¡A pesar de todo esto, me encargaré de que nunca vuelvas a hablar desde ninguna tribuna en Nueva York, maldito inglés!».
El Dr. Carter llamó la atención del comité sobre el odio y la malignidad expresados en el rostro, la actitud y las palabras del enfurecido rabino, y dijo que no sabía si se trataba de una amenaza contra su vida, su pastorado o su puesto como conferenciante de la Junta de Educación de Nueva York.
El término «sucio» es bastante inusual para aplicarlo a una raza que tanto tiempo lleva asombrando a los países semíticos por su insistencia en el «baño». Es decir, la precisión de la descripción del rabino Levy arrancaría un grado similar al que obtendría una valoración de su caballerosidad.
Había, afortunadamente, otro no judío presente, a saber, Ernest L. Crandall, supervisor de conferencias, quien era lo suficientemente estadounidense como para entrar en la pelea. Se dirigió al histérico rabinito:
“Nunca he visto ni oído tal amargura ni tal odio expresados por un ser humano hacia otro como los que usted ha manifestado aquí. Debería darle vergüenza, y si le oigo otra palabra en ese sentido, ¡haré que lo echen!”
El futuro del Sr. Crandall bien merece ser observado. Si se muestra apologético respecto a sus principios, estos lo "liquidarán". Si no, puede ser el instrumento para "liquidar" algunas de las cosas que andan mal en Nueva York.
A fin de cuentas, el señor Crandall absolvió al doctor Carter, y los judíos salieron murmurando.
Es más bien un hecho insólito y digno de mención la absolución de un hombre contra quien los judíos habían presentado cargos y contra quien el secretario de la Junta de Ministros Judíos había pronunciado la mencionada amenaza.
El Dr. Carter regresó a la escuela Erasmus. Recibió de la Junta de Educación sus nombramientos para los meses siguientes. Los asuntos parecían marchar como antes.
Luego, un día, todos los conferenciantes sobre «Actualidad» en las escuelas públicas de Nueva York recibieron un aviso simultáneo de que debían abstenerse de discutir las cuestiones judía e irlandesa.
Con el sionismo abarrotes los periódicos, y engendrando una guerra en Mesopotamia, y dictando la política de los departamentos diplomáticos de Gran Bretaña y los Estados Unidos; con la cuestión irlandesa en la mente de millones y tiñendo la política de los Estados Unidos, además de desafiar toda la capacidad del Gobierno británico —es decir, con los dos «temas de actualidad» principales en ebullición en todo el mundo—, se dieron órdenes a través de la Junta de Educación de Nueva York de que los conferenciantes debían guardar silencio.
Saltaba a la vista lo que había sucedido. El rabino Levy y quienes trabajaban con él, al haber fracasado en su ataque personal, habían logrado lo que querían por otro lado: mediante una orden dada a los conferenciantes de no hablar sobre la cuestión judía ni la irlandesa.
¿A qué viene sacar a colación a los irlandeses? Los irlandeses no protestaban contra el debate sobre la cuestión irlandesa.
Los irlandeses querían que se debatiere la cuestión irlandesa; creían que la resolución exitosa del asunto dependía de un debate amplio y libre. Está fuera del ámbito de la imaginación que los irlandeses pudiesen pedir, desear o sancionar jamás una mordaza a la discusión popular sobre los asuntos irlandeses.
En cuanto al Dr. Carter, su audiencia le había estado haciendo preguntas sobre la Cuestión Irlandesa durante tres años. En la A. C. J. M., en la escuela pública, en los foros ciudadanos, en todas partes se le había pedido información sobre una u otra fase de la Cuestión Irlandesa; y siendo un hombre bien informado, era capaz de dar respuestas. Y nadie se había quejado antes.
De hecho, se dice que en la siguiente conferencia que dio en la Escuela Erasmus, tras el encuentro con el rabino Levy, el público había hecho preguntas relativas a la Cuestión Irlandesa, y el Sr. Crandall estuvo presente, y no encontró motivos para la crítica.
Yet soon thereafter came the order to observe complete silence on the Irish Question. Why?
Hasta el principiante en la política judía conoce la respuesta.
La Cuestión Irlandesa fue traída de los pelos para camuflar la orden relativa a la Cuestión Judía. ¡Esa es una práctica judía muy común: cualquier nombre gentil sirve para la ocultación!
Imagina a un irlandés y a su familia asistiendo a una conferencia nocturna sobre «Acontecimientos de actualidad» y haciendo una pregunta sobre la situación irlandesa. Imagina al conferenciante diciendo: «Tengo prohibido mencionar a Irlanda, a los irlandeses o la cuestión irlandesa en este local».
El irlandés, al ser un hombre blanco, no tardaría en ver que de algún modo se le estaba discriminando. Exigiría que se le dijese por qué el conferenciante no se atrevía a mencionar el asunto. Y, al tener prohibido mencionar a los judíos también, el conferenciante no podría decir: «¡Esos judíos de la Junta de Educación han impuesto su veto tanto a los judíos como a los irlandeses!». Estaría infringiendo las reglas incluso al dar la explicación.
Pero imaginad al irlandés clasificado junto al judío: ¡el irlandés, que busca la publicidad, con el judío, que la teme! ¿Cuánto tardaría un irlandés en ver que lo que pretendía ser una discriminación a favor del judío era una discriminación en contra de los irlandeses?
Sin embargo, eso fue precisamente lo que provocaron los judíos de Nueva York en el sistema de conferencias públicas para defender su postura frente a un clérigo cristiano que había dicho una verdad muy conocida sobre los judíos.
Por supuesto, no hay nada en un orden así que le parezca al judío como algo subversivo. La represión es su primer pensamiento.
- ¡Suprímase el periódico!
- ¡Suprímase la investigación!
- ¡Suprímase al orador intransigente!
- ¡Suprímase el debate sobre la inmigración!
- ¡Suprímase la verdad sobre el teatro, sobre el sistema monetario, sobre el escándalo del béisbol, sobre el negocio del contrabando de alcohol!
- ¡Suprímase a los conferenciantes de la Ciudad de Nueva York!
¡Despídanlos de sus trabajos a menos que se levanten como fonógrafos y reciten lo que dictan hombres como los rabinos centinelas de Nueva York!
El orden era judío en todos sus elementos. Y como ciudadano estadounidense que no creía que la libertad de expresión en Estados Unidos debiera ser el juguete de una turba de extranjeros, el doctor Carter renunció a su puesto de conferenciante.
Le supuso graves inconvenientes y pérdidas económicas hacerlo a finales de diciembre, cuando ya era tarde para hacer otros planes para el invierno, pero había un principio en juego y presentó su dimisión.
Inmediatamente el asunto salió en los periódicos y se armó el alboroto de costumbre: los escritores judíos lanzando amenazas a la ligera; ¡unos cuantos estadounidenses tímidos preguntando a dónde iba a parar Nueva York!
Un periódico sacó un editorial estadounidense defendiendo el derecho a la libertad de expresión, pero cambió algo de tono al recibir un diluvio de protestas judías amenazando al periódico con el descontento de los judíos.
Un hombre de menor capacidad y de inferior categoría que el Dr. Carter podría haberse visto abrumado por la tormenta. Pero al fin había dado con roca firme y allí se mantuvo.
En ese entonces no se le conocía por haber dicho nada perjudicial sobre los judíos, y tampoco se sabe que haya hecho comentarios posteriores sobre su experiencia. Es decir, al ser atacado por los judíos, no se sabe que los haya atacado a su vez.
Es muy posible que se le indujera a repetir el numerito de Madison C. Peters y a hablar en alabanza de ellos, prodigándoles la habitual adulación que ellos mismos prepararon en un principio para nuestro consumo.
Pero a pesar de todo, él ha sido, sin culpa alguna por su parte, el blanco de la política vindicativa que persigue al que dice la verdad. Puede que le resulte desagradable al Dr. Carter que su historia sea contada de este modo, pero si reanuda sus estudios sobre la historia y el carácter del Judío Internacional, hallará en su propia experiencia un valioso comentario al respecto.
El Dr. Carter es solo uno de muchos. Hay maestros en Nueva York que podrían revelar una historia capaz de despertar una indignación profunda, pero nunca ha habido nadie que cuente su historia o tome su partido. Muchas de estas historias están en poder de The Dearborn Independent.
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Edición del 19 de noviembre de 1921.