# UNA BIOGRAFÍA basada en la obra de Alex Bein
Theodor Herzl nació el miércoles 2 de mayo de 1860 en la ciudad de Budapest.
Casi al lado de la casa de su padre estaba el templo liberal-reformista.
A esta casa de oración el pequeño iba regularmente con su padre los sábados y días festivos. En casa también se observaban los elementos esenciales del ritual. Una ceremonia que Theodor aprendió en la infancia permaneció con él; antes de cada acontecimiento y decisión importante, buscaba la bendición de sus padres.
Aun más fuerte que estas impresiones, sin embargo, fue la influencia de su madre. Su educación había sido alemana de pe a pa; no pasaba un día sin que se sumergiera en la literatura alemana, especialmente en los clásicos.
El mundo judío, que no le era ajeno, no encontró expresión a través de ella; todos sus esfuerzos conscientes estaban dirigidos a implantar la herencia cultural alemana en sus hijos. De aún mayor significado fue su actitud comprensiva hacia el orgullo que se manifestó tempranamente en su hijo, y su habilidad para transmitirle su sentido de la forma, del porte, del tacto y de la gracia sencilla.
A la edad de unos doce años leyó en un libro alemán sobre el Rey-Mesías a quien muchos judíos todavía esperaban y que vendría cabalgando, como el más pobre de los pobres, sobre un asno. La historia del Éxodo y la leyenda de la liberación por el Rey-Mesías se fundieron en la mente del muchacho, inspirándole el tema de un cuento maravilloso que en vano intentó plasmar en forma literaria.
Poco tiempo después, Herzl tuvo el siguiente sueño:
"El Rey Mesías vino, un anciano glorioso y majestuoso, me tomó en sus brazos y se fue volando conmigo en las alas del viento. En una de las nubes iridiscentes nos encontramos con la figura de Moisés. Los rasgos eran los que me eran familiares desde mi infancia en la estatua de Miguel Ángel. El Mesías le llamó a Moisés: Es por este niño por quien he rezado. Pero a mí me dijo: Ve, declara a los judíos que vendré pronto y realizaré grandes maravillas y grandes hechos para mi pueblo y para todo el mundo."
Puede ser a este período (el de su Bar Mitzvah) de sensibilidad judía despertada de nuevo, de mayor receptividad ante las expectativas de sus mayores, de resurgido interés en los estudios históricos judíos; puede ser a este período al que pertenecía el sueño de una vida dedicada.
Es casi seguro, también, que para el gran acontecimiento del Bar Mitzvá el viejo abuelo de Zemun vino a Pest. Por esta época, además, Alkalai, aquel temprano y casi olvidado sionista, pasó por Viena y Budapest en su viaje definitivo a Palestina.
Tuviera o no cada una de estas circunstancias un efecto directo sobre el muchacho, todo este conjunto rodea su Bar Mitzvah con la sugestión de la misión de su vida y, ciertamente, se le dio ocasión para el despertar en él del sentimiento de consagración a una gran empresa.
La atención, la energía y el tiempo que Herzl dedicó a la literatura a los quince años, su absorción en sí mismo, su actividad en la sociedad literaria de la escuela significaron, por supuesto, mucho menos concedido a su trabajo escolar.
No encontró tiempo en absoluto para la ciencia; las cuestiones judías también desaparecieron de sus intereses; estaba completamente absorto por la cultura literaria alemana.
Esto resulta aún más asombroso si reflexionamos sobre el hecho de que el antisemitismo siguió aumentando de manera constante. Ya de adulto, Herzl podía recordar que uno de sus profesores, al definir la palabra «pagano», había dicho: «tales como idólatras, mahometanos y judíos».
Ya hubiera sido este incidente —como la memoria del hombre adulto siempre insistió— el que lo enfureció hasta el límite de la paciencia, o los boletines escolares cada vez peores, o ambas circunstancias a la vez, el hecho es que el 4 de febrero de 1875 Herzl abandonó la Escuela Técnica.
A los dieciséis o dieciocho años, en el instituto, se esforzó por definir los principios básicos de varias formas de arte literario para ver con más claridad lo que él mismo quería decir. Participó activa y ávidamente en la labor de la "Sociedad Alemana de Autoeducación", creada por los alumnos de su escuela. El mundo judío, cuya posición inferior siempre hería su orgullo y cuyo obstinado separatismo le parecía carecer por completo de sentido, se fue alejando cada vez más de su mente.
A los dieciocho años, tras la repentina muerte de su única hermana, la familia se mudó a Viena, donde Herzl ingresó en la Universidad como estudiante de derecho.
Herzl, que se consideraba a sí mismo un liberal y un patriota austriaco, se sumergió con entusiasmo en las actividades de una gran Asociación Cultural de estudiantes, asistió a sus debates y dirigió sus veladas literarias. Tuvo ocasión, allí, de burlarse de ciertos compañeros judíos que, a su juicio, mostraban un celo excesivo en su lealtad a diversos movimientos.
A tal grado se ocupaba por entonces de la cuestión judía—al menos exteriormente. Poco o nada le importaba el mundo judío oficial que buscaba sumergirse en el mundo circundante. Raras veces visitaba la sinagoga.
Era un lector omnívoro. Su extraordinario conocimiento de los libros se ponía de manifiesto en su conversación, pues le gustaba adornar su discurso con citas que acudían con facilidad a su memoria.
Herzl leyó el libro de Eugen Dühring El problema judío como problema de raza, moral y cultura, el primer y más importante esfuerzo por hallar una base «científica», filosófica, biológica e histórica para el antisemitismo que arrasaba Europa por aquellos días (1881).
Dühring veía la cuestión judía como una cuestión puramente racial, y para él la raza judía carecía de cualquier valor en absoluto. Aquellos pueblos que, por un falso sentimiento de humanidad, habían permitido a los judíos vivir entre ellos con derechos iguales y a veces incluso superiores, tenían que ser liberados del intruso dañino, tenían que ser des judaizados.
La lectura de este libro tuvo en él el efecto de un golpe entre los ojos. Las observaciones consignadas en su diario arden de indignación:
"Un libro infame... Si Dühring, que aúna una inteligencia tan innegable con una universalidad de conocimientos tan vasta, puede escribir así, ¿qué cabe esperar de las masas ignorantes?"
Esta apasionada reacción al libro de Dühring nos muestra cuán profundamente había sido conmovido, y cuán temiblemente se había sacudido su creencia de que la cuestión judía estaba a punto de desaparecer. Encontraremos ecos de esta experiencia en las páginas del Judenstaat. Por el momento, sin embargo, rehuía las consecuencias lógicas de sus reacciones. Su orgullo interior comenzó a levantarse.
La reacción más inmediata fue sin duda una percepción y una evaluación más agudas de sus compañeros de la Fraternidad. Herzl se había unido a una Fraternidad de esgrima y había participado activamente en ella. También allí el antisemitismo se estaba abriendo paso; estudiante tras estudiante se manifestaba a favor de los discursos antijudíos de Schoenerer, quien se esforzaba especialmente por ganarse a las universidades.
En los debates de la Fraternidad, Herzl se expresó con dureza en contra de cualquier manifestación abierta o encubierta de dicha simpatía. Pero ya era conocido por la acidez de su lengua y la singularidad de sus opiniones. Así, no se ganó ni a los pocos correligionarios que pertenecían a la Fraternidad ni a la masa de los estudiantes germánicos.
Por los periódicos se había enterado de que la concentración en memoria de Wagner, en la que su hermandad había participado, se había convertido en una manifestación antisemita. Su hermandad se había identificado, por lo tanto, con un movimiento que él, como creyente en la libertad, estaba obligado a condenar, aun si no hubiera sido judío.
"Es bastante evidente que, disminuido como estoy por mi semitismo (la palabra aún no se conocía en el momento de mi ingreso), hoy me abstendría de solicitar una afiliación que, de hecho, probablemente me sería denegada; también debe ser evidente para cualquier persona decente que bajo estas circunstancias no puedo desear conservar mi afiliación."
Herzl se retiró de la organización.
El 30 de julio de 1884, Herzl fue admitido en el colegio de abogados de Viena. Sus días de estudiante habían terminado. Se abrió para él una nueva era, con el desafío de demostrar si había o no algo en él que valiera la pena establecer y proclamar al mundo.
En agosto, inició su práctica jurídica al servicio del Estado y pronto fue trasladado al tribunal de Salzburgo. Aunque por entonces podía estar tan alejado del judaísmo que solo el orgullo y un respeto decoroso por los sentimientos de sus padres le impedían bautizarse, no podía dejar de percibir que, como judío, los niveles más altos de la jerarquía de la función pública le estarían vedados.
El 5 de agosto de 1885, se retiró del servicio, decidido a buscar fama y fortuna como escritor.
Repletos de esperanza, emprendió un viaje que había de ser la introducción a su vida literaria. Visitó Bélgica y Holanda y en Berlín hizo valiosas amistades y se convirtió en colaborador habitual de varios periódicos importantes.
Así, el abanico de sus conexiones y relaciones se ampliaba año tras año, y cuando volvía a viajar, era un público cada vez más vasto el que aguardaba sus impresiones y observaciones.
En un libro de feuilletons reeditados de Herzl, publicado en los primeros años de su éxito como periodista, se dedican en total siete u ocho líneas a los judíos. Sus impresiones del gueto de Roma.
"¡Qué vaho en el aire, qué calle! Incontables puertas y ventanas abiertas abarrotadas de innumerables rostros pálidos y consumidos. ¡El gueto! Con qué bajo y persistente odio han sido perseguidos estos desdichados por el único crimen de la fidelidad a su religión. Hemos recorrido un largo camino desde aquellos tiempos: hoy en día al judío se le desprecia solo por tener la nariz aguileña, o por ser un plutócrata aun cuando da la casualidad de que es un muerto de hambre."
La compasión y la amargura abundan en estas líneas, pero están escritas por un espectador distante. No sabía cuánto del judío había en él, ni siquiera en este sentimiento de lejanía respecto a un mundo que le ofrecía, no una realidad viva, sino la insensatez.
Hacia 1892, Herzl había alcanzado un gran éxito como dramaturgo y como periodista; sus obras se habían representado en el escenario del principal teatro de Viena y, para colmo de males, llegó un nombramiento para formar parte de la redacción de la Neue Freie Presse, uno de los periódicos más distinguidos del continente.
A principios de octubre recibió un telegrama de la Neue Freie Presse en el que le preguntaban si aceptaría el puesto de corresponsal en París. Respondió inmediatamente en sentido afirmativo y se marchó a la capital francesa a finales de ese mismo mes. Les escribió a sus padres:
"El puesto de corresponsal en París es el trampolín hacia grandes cosas, y las lograré, para vuestra gran alegría, mis muy queridos y amados padres."
Herzl sostuvo con éxito la comparación con sus grandes modelos y predecesores. Tanto en el estilo como en el fondo, sus reportajes y artículos eran obras maestras en su género. Afrontó su labor con el bagaje de un feuilletonista perfecto; su estilo era pulido y musical; poseía en un grado excepcional la capacidad de describir paisajes naturales con unos pocos trazos finos y claros, y de sugerir, más que de reproducir, un estado de ánimo con un mínimo de palabras.
Todo estaba allí, fondo, ambiente y desarrollo de la acción en equilibrio plástico. Fue solo ahora, cuando una gran oportunidad lo incitó al máximo esfuerzo, que todas las lecciones de los años de su aprendizaje edificaron una perfección multifacética.
Se entregó seria y diligentemente al oficio periodístico.
Observaba con suma atención todo lo que ocurría a su alrededor, y escuchaba con agudeza. Pero aún no había llegado el momento de revelar la misión que llevaba dentro. Estaba en camino; el proceso de preparación había comenzado.
¿Cómo, en ese estado de ánimo suyo, habría podido evitar chocar con la cuestión judía?
Ya desde los tiempos de su viaje a España, cuando había buscado la curación de sus tormentos domésticos y espirituales, la cuestión se le había presentado y había clamado por una expresión artística.
Su llamada a París había sido un pretexto bienvenido, tal vez, para posponer la escritura de su novela judía —tanto más cuanto que probablemente no estaba lo suficientemente maduro para semejante empresa.
Ahora que se hallaba en París, donde se le abrieron los ojos a la totalidad del proceso social, comenzó a acercarse en espíritu a sus hermanos judíos, y a mirarlos con mayor afecto y menor inhibición.
Los encontraba tan difíciles estéticamente como antes, pero se esforzó por captar la esencia de su carácter y sustancia, y por juzgarlos sin prejuicios.
Cuando Herzl llegó a París, el antisemitismo no había alcanzado —a pesar de los esfuerzos de Drumont y de su periódico, la Libre Parole, fundado en 1892— las dimensiones de un movimiento genuino, ni estaba destinado a convertirse en uno en el sentido alemán.
Pero sirvió de foco para toda clase de descontentos y resentimientos; atrajo también a ciertos espíritus críticos serios; su influencia crecía de día en día, y la situación de los judíos se volvió cada vez más incosteable.
El contacto de Herzl con el antisemitismo se remontaba a sus años de estudiante, cuando este había adquirido por primera vez la forma de un movimiento político social. Había sido consciente de él como escritor, aunque el contacto nunca había madurado hasta convertirse en una lucha interior seria ni le había obligado a expresarlo.
Ahora leía a Drumont, como había leído a Dühring. La impresión fue de nuevo profunda. Lo que más le conmocionaba en la obra era la totalidad de una imagen del mundo basada en una hostilidad deliberada hacia los judíos.
Un juicio por asesinato ritual estaba en curso en la ciudad de Xanten, en Renania. El 31 de agosto de 1892, Herzl, ocupándose de este asunto como de todos los demás temas de interés público, resumió la situación general en un largo reportaje titulado «El antisemitismo francés».
A estas alturas, Herzl ya no se conformaba con una simple aceptación de los hechos; buscaba el significado más profundo de la enemistad universal dirigida contra los judíos. Para el mundo es un pararrayos. Pero hasta entonces no era más que un destello de perspicacia que terminaba en poco más que una paradoja literaria. Sin embargo, a partir de ese momento no le dio tregua.
A caballo entre los años 1892 y 1893 se produjo una clarificación tajante en sus ideas. Había seguido de cerca los evasivos debates en el Reichstag austriaco, debates que eludían para siempre la realidad al convertir la cuestión en un asunto de religión.
"Ya no es —y hace mucho que dejó de serlo— un asunto teológico. No tiene absolutamente nada que ver con la religión y la conciencia", declaró Herzl. "Es más, todo el mundo lo sabe. La cuestión judía no es ni nacionalista ni religiosa. Es una cuestión social".
Luego vino el verano de 1894 y, a su término, Herzl se tomó unas muy necesarias vacaciones. Pasó el mes de septiembre en Baden, cerca de Viena, en compañía de su colega cronista de la Neue Freie Presse, Ludwig Speidel. Herzl ha dejado constancia de su conversación. Lo que le dio a Speidel fue más o menos lo que había sentido, muchos años antes, tras su lectura de Dühring. Admitió la sustancia de la acusación antisemita que vinculaba al judío con el dinero; defendió al judío como víctima de un largo proceso histórico del cual el judío no era responsable.
"No es culpa nuestra, ni de los judíos, que nos veamos forzados a desempeñar el papel de cuerpos extraños en medio de diversas naciones. El gueto, que no fue obra nuestra, crio en nosotros ciertas cualidades antisociales... Nuestro carácter original no pudo haber sido sino magnífico y orgulloso; éramos hombres que sabían cómo afrontar la guerra y cómo defender el Estado; si no hubiéramos partido con tales dones, ¿cómo podríamos haber sobrevivido dos mil años de implacable persecución?"
En ese momento, Herzl se topó con la solución sionista y la rechazó categóricamente. A propósito de la novela Femme de Claude, de Alejandro Dumas hijo, dice de uno de sus personajes:
«El buen judío Daniel quiere redescubrir la patria de su raza y reunir en ella a sus hermanos dispersos. Pero un hombre como Daniel ciertamente sabría que la patria histórica de los judíos ya no tiene ningún valor para ellos. Es infantil ir en busca de la ubicación geográfica de esta patria. Y si los judíos realmente "regresaran a casa" un día, descubrirían al día siguiente que no se pertenecen los unos a los otros. Durante siglos han estado enraizados en diversos nacionalismos; se diferencian entre sí, grupo por grupo; lo único que tienen en común es la presión que los mantiene unidos. Todos los pueblos humillados tienen características judías, y tan pronto como se elimina la presión, reaccionan como hombres liberados».
La apoteosis interior se acercaba cada vez más para Herzl.
En octubre de 1894, Herzl se encontraba en el estudio del escultor Samuel Friedrich Beer, quien le estaba haciendo un busto. La conversación giró en torno a la cuestión judía y al crecimiento del movimiento antisemita en Viena, la ciudad natal tanto de Herzl como de Beer.
Era inútil que el judío se volviera artista y se desvinculara del dinero, decía Herzl. «La mancha persiste. No podemos salir del gueto».
Un gran entusiasmo se apoderó de Herzl, que abandonó el taller, y de camino a casa la inspiración le sobrevino como un martillazo. ¿Qué era? El esquema completo de una obra de teatro, «como un bloque de basalto».
Con esta obra, Herzl completó su retorno interior a su pueblo. Hasta entonces, con toda su implicación emocional en la cuestión, había permanecido al margen como el observador, el estudioso, el clarificador o incluso el defensor.
Él había proporcionado el trasfondo histórico-mundial del problema, lo había diagnosticado y dado el pronóstico para el futuro. Ahora estaba inmerso en él e identificado con él.
Se había convertido en su portavoz y defensor, así como era portavoz y defensor de otras víctimas de la injusticia. No fue casualidad que el héroe de la obra fuera abogado por vocación y afición. Pues el héroe era el propio Herzl, y la transformación que se desarrollaba en el Dr. Jacob Samuel era la transformación que se estaba desarrollando en Theodor Herzl.
Él pertenece por completo a los judíos; es por ellos por quienes lucha y, al morir, aún se ve a sí mismo como el luchador por el futuro de ellos. Qué futuro vislumbró Jacob Samuel para los judíos en sus últimos momentos siguió sin estar claro.
Parece ser que el propio Herzl todavía creía que una profundización en el entendimiento mutuo entre judíos y no judíos podría aportar la solución.
Pero Herzl había avanzado tanto para entonces que ya no podía tener en mente la «reconciliación» que vendría por la capitulación del bautismo.
En efecto, la obra enfatiza como primer requisito en las relaciones humanas el elemento del respeto a uno mismo. «Si te traicionas a ti mismo», le dice la astuta madre al hijo en la obra, «no debes quejarte si los demás te traicionan».
Era como un viento fresco que soplara de repente a través de la atmósfera sofocante de una habitación sin luz. ¡Era una nueva actitud: orgullo digno!
Exigía un esfuerzo espantoso descender de las embriagadoras alturas de la creatividad a la rutina ordinaria del trabajo. Desde hacía semanas, su empleo habitual llenaba a Herzl de repugnancia. Los primeros informes sobre el proceso Dreyfus, aparecidos mientras trabajaba en su Nuevo Gueto, por lo tanto no le causaron ninguna impresión particular. Parecía un sórdido asunto de espionaje en el que una potencia extranjera —poco después se reveló que la potencia extranjera era Alemania, actuando a través del mayor von Schwartzkoppen— había estado comprando mediante su agente documentos secretos del estado mayor francés. Un oficial llamado Alfred Dreyfus fue señalado como el culpable, y nadie tenía razones para dudar de su culpabilidad, aunque la Libre Parole de Drumont estuviera explotando el hecho de que el hombre era judío.
Pero, tras la degradación de Dreyfus, Herzl se convenció cada vez más de su inocencia.
"Un judío que, como oficial del estado mayor, tiene ante sí una carrera honorable, no puede cometer semejante crimen... Los judíos, que durante tanto tiempo han estado condenados a un estado de deshonra cívica, han desarrollado como resultado un hambre de honor casi patológica, y un oficial judío es, a este respecto, específicamente judío".
"El caso Dreyfus", escribió en 1899, "encarna algo más que un error judicial; encarna el deseo de la gran mayoría de los franceses de condenar a un judío, y de condenar a todos los judíos en este único judío. ¡Muerte a los judíos!, aullaba la chusma, mientras las condecoraciones eran arrancadas de la casaca del capitán... ¿Dónde? En Francia. En la Francia republicana, moderna, civilizada, cien años después de la Declaración de los Derechos del Hombre. El pueblo francés, o al menos la mayor parte del pueblo francés, no quiere hacer extensivos los derechos del hombre a los judíos. El edicto de la gran Revolución ha sido revocado".
Iluminada así en retrospectiva, la «curiosa emoción» que se apoderó de Herzl en aquella ocasión cobra un significado especial.
"Hasta ese momento, la mayoría de nosotros creía que había que esperar pacientemente a que la solución de la cuestión judía llegara como parte del desarrollo general de la humanidad. Pero cuando un pueblo que en cualquier otro aspecto es tan progresista y tan sumamente civilizado puede dar semejante giro, ¿qué podemos esperar de otros pueblos que ni siquiera han alcanzado el nivel que Francia alcanzó hace cien años?"
En aquel fatídico momento, al escuchar los aullidos de la turba a las puertas de la Ecole Militaire, a Herzl le sobrevino la fulgurante constatación de que el antisemitismo estaba arraigado en el corazón del pueblo; tan profundamente arraigado, en verdad, que era imposible albergar la esperanza de su desaparición en un período de tiempo mensurable.
Precisamente porque era tan sensible a su honor como judío, precisamente porque había proclamado, en El nuevo gueto, el ideal de la reconciliación humana, y había tomado la decisión última de mantenerse fiel a su judaísmo, el espantoso espectáculo de aquella mañana de invierno debió de sacudirlo hasta lo más hondo de su ser.
Era como si le hubieran cortado la tierra bajo los pies. En este sentido, Herzl pudo decir más tarde que el caso Dreyfus lo había convertido en sionista.
Él vio a su alrededor la luz cada vez más feroz de un antisemitismo abrasador. En la Cámara de Diputados francesa, el diputado Denis hizo una interpelación sobre la influencia de los judíos en la administración política del país. En Viena, un miembro judío del Reichstag se levantó para hablar y fue abucheado a gritos. El 2 de abril de 1895 se celebraron las elecciones municipales de Viena, y se produjo un aumento enorme en el número de concejales antisemitas.
Planes de cambio cruzaron tumultuosamente por su mente. Quería escribir un libro sobre «La condición de los judíos», que consistiría en reportajes sobre todas las empresas de colonización judía importantes en Rusia, Galitzia, Hungría, Bohemia, Oriente y las más recientemente fundadas en Palestina, de las cuales había oído hablar a través de un pariente.
Alphonse Daudet, el famoso autor francés con quien había analizado todo el asunto, opinaba que Herzl debía escribir una novela; llegaría más lejos que una obra de teatro. «Mire La cabaña del tío Tom».
Volvió a su antiguo proyecto de novela judía que había abandonado cuando lo llamaron para ocupar su puesto en la Neue Freie Presse en París. Su amigo Kana, el suicida, ya no sería la figura central. En su lugar, sería «el más débil, el querido amigo del héroe», y se quitaría la vida tras una serie de desgracias, mientras la Tierra Prometida era descubierta o más bien fundada. Cuando el héroe a bordo del barco que lo llevaba a la Tierra Prometida recibiera la conmovedora carta de despedida de su amigo, su primera reacción, después del horror, sería de rabia: «¡Estúpido! ¡Tonto! ¡Miserable y desahuciado debilucho! ¡Una vida perdida que nos pertenecía!».
Podemos ver nacer la idea sionista. Sus contornos son todavía imprecisos, pero la idea decisiva es claramente visible; solo mediante la migración se le puede dar a este tipo humano íntegro la oportunidad de surgir.
En El nuevo gueto, Jacob Samuel es un héroe porque sabe cómo elegir una muerte honorable. Ahora bien, la muerte de un hombre útil es un despilfarro criminal. Pues hay grandes tareas por emprender.
En esencia, es el Acto y no la Palabra lo que nos confronta. Qué último impulso fue el que llevó en realidad a Herzl de la Palabra al Acto será difícil de decir; él mismo no habría podido dar la respuesta.
Las pequeñas cosas pueden desempeñar un papel dramático con no menor eficacia que las grandes cuando un hombre está tan cargado de propósito como lo estaba entonces Herzl.
En los primeros días de mayo, Herzl dirigió al barón de Hirsch (el patrocinador de la colonización judía en Argentina) la carta que inaugura su carrera política judía. Su solicitud de entrevista fue concedida. Herzl preparó un esquema de su postura en notas, no fuera a ser que omitiera algo importante durante su conversación.
En estas notas escribe: «Si se ha de transformar a los judíos en hombres de carácter en un período de tiempo razonable, digamos diez o veinte años, o incluso cuarenta —el intervalo que necesitó Moisés—, no se puede lograr sin emigración. ¿Quién va a decidir si hoy las condiciones son lo suficientemente malas como para justificar nuestra emigración? ¿Y si la situación es desesperada? ¿Y el Congreso que usted (es decir, Hirsch) ha convocado para el primero de agosto en un hotel de Suiza? Usted presidirá este Congreso de notables. Su convocatoria será escuchada y respondida en todas las partes del mundo».
"Y ¿cuál será el mensaje que se dará a los hombres reunidos? '¡Sois parias! Debéis temblar por siempre ante el pensamiento de que estáis a punto de ser despojados de vuestros derechos y privados de vuestras posesiones. Seréis insultados cuando caminéis por la calle. Si sois pobres, sufrís por partida doble. Si sois ricos, debéis ocultar el hecho. No se os admite en ninguna profesión honorable, y si comerciáis con dinero se os convierte en el blanco especial del desprecio... La situación no cambiará para mejor, sino más bien para peor... Solo hay una salida: hacia la Tierra Prometida'."
Dónde iba a estar emplazada la Tierra Prometida, cómo iba a ser adquirida, aún no se menciona. Herzl no parece haber considerado esta cuestión de una importancia decisiva; era un asunto científico. Era la organización de la migración lo que retenía su atención, los preparativos políticos entre las Potencias, los cambios preliminares que debían producirse entre las masas mediante la instrucción, mediante «una propaganda tremenda, la popularización de la idea a través de periódicos, libros, folletos, conferencias, imágenes, canciones».
El día de su conversación con el barón de Hirsch, Herzl le escribió una larga carta en la que intentaba completar la información y las impresiones que habían sido el resultado del encuentro. «Créame, por favor, que la vida política de un pueblo entero —en particular cuando ese pueblo está disperso por todo el mundo— solo puede ponerse en marcha con imponderables que flotan en las alturas del aire. ¿Sabe de qué surgió el Imperio alemán? De sueños, canciones, fantasías y cintas negras y doradas llevadas por los estudiantes. Y eso en un breve periodo de tiempo. ¿Cómo? ¿Que no comprende los imponderables? ¿Y qué es la religión? Piense en lo que los judíos han soportado durante dos mil años por causa de esta fantasía...
"El éxodo a la Tierra Prometida se presenta como una tremenda empresa de transporte, sin paralelo en el mundo moderno. ¿Qué transporte? Es un complejo de todas las empresas humanas que encajaremos unas en otras como ruedas dentadas. Y en las mismas primeras etapas de la empresa encontraremos empleo para las masas jóvenes y ambiciosas de nuestro pueblo: todos los ingenieros, arquitectos, tecnólogos, químicos, médicos y abogados, aquellos que han emergido en los últimos treinta años del gueto y que han sido movidos por la fe de que pueden ganar su pan y un poco de honor fuera del marco de nuestras futilidades comerciales judías. Hoy deben de estar llenos de desesperación, constituyen la base de un espantoso proletariado con sobreeducación. Pero es a estos a los que pertenece todo mi amor, y estoy tan empeñado en aumentar su número como ustedes están empeñados en disminuirlo. Es en ellos donde percibo el poder latente del pueblo judío. En resumen, de los míos."
En esta carta del 3 de junio de 1895, Herzl comunicó por primera vez su nueva política judía a un extraño. El hecho de poner por escrito sus puntos de vista, así como su conversación sobre el tema, había tenido un efecto más fuerte en él mismo que en Hirsch. Había obtenido una visión clara del carácter nuevo y revolucionario de sus propuestas. El mismo día o poco después comenzó un diario bajo el título de La cuestión judía.
"Desde hace algún tiempo, estoy ocupado en una obra de indescriptible grandeza. Aún no sé si la llevaré a término. Ha adquirido el aspecto de un sueño poderoso. Pero han pasado días y semanas desde que me llena por completo, se ha desbordado en mi yo inconsciente, me acompaña adondequiera que voy, ronda por encima de todas mis conversaciones triviales, se asoma por encima de mi hombro ante el cómico y pequeño trabajo periodístico que debo realizar. Me perturba e intoxica".
Entonces, de repente, la tormenta se desata sobre él. Las nubes se abren, el trueno resuena y los relámpagos destellan a su alrededor. Mil impresiones lo golpean simultáneamente, una visión gigantesca. No puede pensar, no puede actuar, solo puede escribir; sin aliento, sin reflexionar, incapaz de controlarse, incapaz de ejercer la facultad crítica por miedo a contener la erupción, plasma sus pensamientos a toda prisa en trozos de papel: «Caminando, de pie, acostado, en la calle, a la mesa, por la noche», como bajo un mandato incesante.
Y entonces las dudas surgen desde las profundidades. Cena con gente adinerada, educada y oprimida que afronta la cuestión del antisemitismo en un estado de completa impotencia:
"Ellos no lo sospechan, pero tienen naturalezas de gueto, tranquilas, decentes, tímidas. Eso es lo que la mayoría de nosotros somos. ¿Comprenderán la llamada a la libertad y a la hombría? Cuando los dejé, mis ánimos estaban muy bajos. De nuevo, mi plan me pareció una locura".
Luego, de inmediato, llega a «Hoy vuelvo a estar firme como el acero». Nota a la mañana siguiente: «La blandura de la gente que conocí ayer me da aún más motivos para la acción».
Más y más clara se vuelve la imagen que tiene de sí mismo y de su tarea en la historia de su pueblo.
"Recogí una vez más el hilo roto de la tradición de nuestro pueblo. Lo conduzco hacia la Tierra Prometida."
"La Tierra Prometida, donde podremos tener narices aguileñas, barbas negras o pelirrojas, y piernas zambas, sin ser despreciados por ello; donde podamos vivir al fin como hombres libres en nuestro propio suelo, y donde podamos morir en paz en nuestra propia patria. Allí podremos esperar el galardón del honor por las grandes hazañas, para que el grito ofensivo de «¡judío!» pueda convertirse en un apelativo honorable, como alemán, inglés, francés; en resumen, como todos los pueblos civilizados; para que podamos formar nuestro Estado con el fin de educar a nuestro pueblo para las tareas que actualmente aún escapan a nuestra visión. Pues ciertamente Dios no nos habría mantenido con vida durante tanto tiempo si no se nos hubiera asignado un papel específico en la historia de la humanidad".
Él añade: "El Estado judío es una necesidad mundial".
Él extrae la consecuencia lógica para sí mismo: "Creo que para mí la vida ha terminado y la historia universal ha comenzado".
Dejó que la primera tormenta pasara sobre él, cediendo a su voluntad imperiosa, sin hacer ningún esfuerzo por contener su furia no fuera a interrumpir la inspiración.
Cuando hubo hecho de las suyas con él, volvió a tomar el control de sí mismo y reunió sus energías en el esfuerzo de reconstruir todo de manera lógica y ordenada. Temía que la muerte lo sorprendiera antes de haber logrado reducir a una forma transmisible su visión histórica.
Así, en el transcurso de cinco días, añadió a su diario un panfleto de sesenta y cinco páginas —en efecto, el esbozo de Der Judenstaat— que tituló: Manifiesto a los Rothschild.
En la dirección que escribe,
"Tengo la solución a la cuestión judía. Sé que suena a locura; y al principio se me tildará de loco más de una vez, hasta que la verdad de lo que digo sea reconocida en toda su fulminante fuerza."
Él le escribió a Bismarck pidiéndole una entrevista con el fin de presentar su plan para una solución al problema judío, pero no recibió respuesta.
Escribió al rabino Güdemann, gran rabino de Viena, con motivo de los excesos antijudíos que se habían producido en Viena.
"Este plan... es una reserva contra días más funestos."
Herzl, en su primera visita a Inglaterra, se reunió y conversó con Israel Zangwill, el novelista, a quien impresionó sin llegar a conquistarlo del todo. Pero Zangwill hizo posible que conociera a más de unos cuantos judíos prominentes e influyentes de los que hizo conversos inmediatos. Ninguno de ellos quería saber nada de la Argentina, y en este punto los hombres prácticos coincidían con los soñadores: solo Palestina entraba en juego para una concentración nacional de los judíos.
Tras sus experiencias en Inglaterra, Herzl resolvió presentar su plan al gran público. La Alocución a los Rothschild, que fue la primera redacción completa de su plan, forjada en el calor de la inspiración, fue minuciosamente reelaborada y surgió como su gran libro Der Judenstaat.
Su título era: El Estado judío: Un ensayo de solución moderna a la cuestión judía.
Der Judenstaat puede considerarse con propiedad la obra maestra de la vida de Herzl; su filosofía del mundo, sus puntos de vista sobre el Estado, sobre el pueblo judío, sobre la ciencia y la tecnología, tal como los hemos visto desarrollarse hasta este, su trigésimo quinto año, están concentrados en el libro.
"El Estado judío" se publicó en una edición de tres mil ejemplares. Fue leído por pequeños círculos en varias capitales europeas. Se envió a personalidades destacadas de la prensa y de los círculos políticos. Pronto fue traducido a varios idiomas. Herzl recibió muchas cartas de escritores y hombres de estado en las que se alababa la obra.
Pero la prensa general alemana, en especial la prensa controlada por judíos, adoptó una actitud negativa. Varios periodistas aludieron al aventurero que quisiera convertirse en primer ministro o rey de los judíos. Ninguna mención sobre el «Estado judío» apareció en la Neue Freie Presse, ni entonces ni nunca.
- La Algemeine Zeitung de Viena dijo que el sionismo era una locura nacida de la desesperación;
- La Algemeine Zeitung de Múnich lo describió como el sueño fantástico de un articulista cuya mente se había desquiciado por el entusiasmo judío.
Fue en las masas judías donde Herzl causó una impresión tremenda. Se apareció a los judíos de Europa Oriental como una figura mística surgida del pasado. Poco se sabía de su panfleto, ya que la censura en Rusia impedía su entrada en el país.
Solo su título llamó su atención y las historias contadas sobre Herzl —el judío occidental que regresaba a su pueblo— cautivaron sus corazones y conmovieron su imaginación. Fue recibido por una de las sociedades sionistas de Galitzia como el líder que, al igual que Moisés, había regresado de Madián para liberar a los judíos.
Max Nordau, ese crítico demoledor del arte y la literatura, quedó subyugado y calificó el panfleto como una revelación; el poeta Richard Beer-Hoffman le escribió a Herzl diciendo: «Por fin vuelve a aparecer un hombre que no lleva su judaísmo con resignación, como si fuera una carga o una desgracia, sino que está orgulloso de ser el heredero legítimo de una cultura inmemorial».
A Herzl le quedó claro que tendría que tomar parte activa en la tarea que había expuesto en «El Estado judío». Ya no sentía que estuviera solo. No se inclinaba a aparecer en una tribuna pública. Tenía la timidez del hombre que siempre había escrito lo que tenía que decir. También sentía que haría más mal que bien si sus ideas quedaban oscurecidas por su presencia personal.
Mediante correspondencia puso en marcha actividades sionistas: en Londres, en París, en Berlín, en los Estados Unidos. La cantidad de correspondencia que llegó a desarrollar fue enrome.
Decidió que había tres tareas que emprender de inmediato.
- El primero fue la organización de la Sociedad de los Judíos.
- El segundo fue continuar la labor diplomática en Constantinopla y entre las Potencias interesadas.
- El tercero fue la creación de una prensa para influir en la opinión pública y preparar a las masas judías para la gran migración.
A través del reverendo Hechler, capellán de la embajada británica en Viena, que creía en el retorno judío a la Tierra Santa, Herzl fue presentado al gran duque de Baden, un cristiano de gran piedad e influencia en los círculos políticos.
Herzl pretendía utilizar la influencia de los alemanes para influir en el Sultán y hacerle más receptivo a las propuestas sionistas. Herzl le dijo al Gran Duque que le gustaría que el sionismo fuera incluido dentro de la esfera cultural de los intereses alemanes.
El Gran Duque dijo que el Kaiser parecía inclinado a poner la migración judía bajo la protección alemana. Las grandes potencias estaban interesadas en mantener ciertos derechos extraterritoriales dentro del Imperio turco. Si tenían nacionales en cualquier parte del Imperio, reclamaban el derecho de protegerlos por encima de la ley turca.
Por lo tanto, no fue el interés del Káiser en los judíos, sino en extender la jurisdicción alemana dentro del Imperio otomano, lo que le persuadió para sugerir la adopción de los judíos en Palestina con ese propósito. Alemania tenía una relación especial con Turquía. La mayoría de las potencias occidentales discutían abiertamente la inminente partición del Imperio otomano, pero Alemania se oponía a ella.
A Herzl se le informó que el Káiser estaba dispuesto a recibirlo a la cabeza de una delegación cuando visitara Palestina, pero Herzl estaba ansioso por ver al Káiser sin demora. Él sugirió una audiencia antes del viaje a Palestina para que el Káiser pudiera estar en condiciones de discutir la cuestión judía con el Sultán.
El Gran Duque aconsejó a Herzl que viese al conde Philip zu Eulenberg, el embajador alemán en Viena. A Herzl se le dio la oportunidad de ver al conde Eulenberg en Viena. Herzl le dijo que quería que Su Majestad Imperial persuadiera al Sultán para que abriera negociaciones con los judíos.
El Conde le pasó a Herzl al ministro alemán de Asuntos Exteriores, Von Buelow, quien se encontraba de visita en Viena al mismo tiempo. Von Buelow sabía mucho sobre el movimiento sionista. Dijo que la dificultad radicaba en persuadir al Sultán para que tratara con los judíos. Consideraba seguro que el Sultán se sentiría impresionado si el Káiser lo aconsejaba debidamente. Una semana después, se le informó a Herzl sobre la inclinación del Káiser de tomar a los judíos de Palestina bajo su protección, y le reiteró que le gustaría ver a Herzl a la cabeza de una delegación en Jerusalén, más adelante.
Herzl temía avanzar más en esta dirección sin tener en existencia el instrumento financiero sin el cual no se podían llevar a cabo ni las negociaciones ni la colonización.
Herzl instó a David Wolffsohn y a Jacobus Kahn a proceder con la máxima rapidez para constituir en sociedad el Fideicomiso Colonial Judío. Preveía la posibilidad de que en cualquier momento se le exigiera mostrar el color de su dinero. Aunque los asuntos del Banco estaban en manos de Wolffsohn y Kahn, el propio Herzl se preocupaba por cada detalle, urgiendo, presionando y quejándose de la lentitud de la acción.
El 28 de marzo de 1899 se abrieron las listas de suscripción. Las expectativas de Herzl no se cumplieron. Solo se habían vendido unas 200.000 acciones, tres cuartas partes de ellas en Rusia. El Banco no pudo abrirse hasta que contó con al menos 250.000 acciones totalmente pagadas. Tras un gran esfuerzo, finalmente se obtuvo el mínimo y el Fideicomiso se inauguró oficialmente a tiempo para la apertura del tercer Congreso en agosto de 1899.
Herzl se dirigió a una masiva asamblea en Londres en octubre de 1899, bajo la presidencia del Dr. Gastner. En su discurso en esta reunión, Herzl dijo que creía que no estaba lejana la hora en que el pueblo judío se pondría en marcha. Pidió a la audiencia que aceptara su palabra aunque no pudiera hablar con mayor precisión.
«Cuando vuelva a ti otra vez —dijo—, espero que estemos aún más avanzados en nuestro camino».
En esta reunión, el padre Ignacio, un creyente católico en el sionismo, se refirió a Herzl «como un nuevo Josué que había venido a cumplir las palabras del profeta Ezequiel». El efecto producido en el público no fue útil para los propósitos de Herzl en aquel momento. Él siempre había intentado disuadir la impresión de sí mismo como una figura mesiánica. La reunión en Londres fue la única ocasión en la que perdió el autocontrol en público.
Cuando Herzl volvió a reunirse con el ministro de Asuntos Exteriores, Von Bülow, fue en presencia del canciller del Reich, Hohenlohe.
Al instante percibió un matiz diferente en la conversación y una disonancia en comparación con la conversación que había tenido con el conde Eulenberg.
Él pensaba que el Canciller y el Ministro de Asuntos Exteriores no estaban de acuerdo con el Káiser y no se atrevían a decirlo abiertamente; o, por otra parte, tal vez simpatizaban con la idea pero no estarían dispuestos a decírselo.
Por fin, Herzl vio al Káiser en Constantinopla. Después de que Herzl hubo presentado el motivo de su visita, el Káiser interrumpió y explicó por qué le atraía el movimiento sionista.
—Hay entre vuestro pueblo —dijo el káiser— ciertos elementos a los que les vendría bien trasladarse a Palestina.
Le pidió a Herzl que le presentara, por adelantado, el discurso que tenía la intención de dirigirle en Jerusalén. Cuando se le preguntó qué debía exponer el káiser ante el sultán como la esencia de las propuestas judías, Herzl respondió «una compañía privilegiada bajo protección alemana».
Herzl se reunió con el Káiser, según lo previsto, en Palestina. Herzl llegó a Jaffa el 6 de octubre de 1898. Un viernes por la mañana, aguardó la llegada del Káiser y su séquito en el camino que pasaba junto a la colonia de Mikveh Israel.
El Káiser lo reconoció desde lejos. Dijo unas pocas palabras sobre el tiempo, sobre la escasez de agua en Palestina, y que era una tierra que tenía futuro.
En la petición que Herzl presentó más tarde al káiser, muchos de los pasajes más elocuentes fueron eliminados por los asesores del káiser.
- Se habían suprimido todos los pasajes que se referían específicamente a los objetivos del movimiento sionista, a la desesperada necesidad del pueblo judío y que solicitaban la protección del Káiser para una proyectada compañía de tierras judías destinada a Siria y Palestina.
La audiencia con el Káiser tuvo lugar el lunes 2 de noviembre. El Káiser agradeció a Herzl el discurso que, según dijo, le había interesado enormemente. En opinión del Káiser, la tierra era cultivable. Lo que le faltaba al país era agua y sombra.
—Eso podemos proporcionarlo nosotros —dijo Herzl—. Costaría miles de millones, pero también reportará miles de millones.
—Bueno, desde luego tienes suficiente dinero, más que todos nosotros —dijo el Káiser.
Fue una entrevista breve. Fue vaga y pareció no conducir a ninguna parte.
Herzl tenía la impresión de que se habían ejercido ciertas influencias entre la entrevista en Constantinopla y la audiencia en Jerusalén.
Cuando se emitió el comunicado oficial alemán, el encuentro con Herzl fue ocultado en un párrafo final y despojado de toda trascendencia.
Así decía:
"Later the Kaiser received the French Consul, also a Jewish deputation which presented him with an album of pictures of the Jewish colonies in Palestine. In reply to an address by the leader of the deputation, His Majesty remarked he viewed with benevolent interest all efforts directed to the improvement of agriculture in Palestine as long as these accorded with the welfare of the Turkish Empire and were conducted in a spirit of complete respect for the sovereignty of the Sultan."
Fue un descenso repentino desde la esperanza hacia un camino sin salida. Herzl se negó a desanimarse. Le costaba darse cuenta de que el entusiasmo del káiser en Constantinopla pudiera haberse enfriado tan rápidamente en Jerusalén, pero parecía no haber manera de continuar el contacto con las personas que había interesado en Alemania. Intentó retomar los hilos rotos, pero, una vez rotos, no pudieron revivirse. El Gran Duque de Baden se mantuvo siempre constante y leal, pero no pudo hacer nada. Herzl nunca volvió a ver al káiser. En una carta al Gran Duque, que cerraba este capítulo de la historia sionista, Herzl dijo:
"Solo puedo suponer que una esperanza especialmente querida para mí se ha desvanecido y que no alcanzaremos nuestro objetivo sionista bajo un protectorado alemán."
Por entonces, Herzl conoció a Philip Michael Von Nevlinski, descendiente de una larga estirpe de nobles polacos que había ingresado en el servicio diplomático y se había convertido en agente diplomático plenipotenciario y periodista francés.
En las primeras etapas, Nevlinski guio a Herzl en todo el trabajo que hizo en Constantinopla. Cuando Herzl llegó a Constantinopla en junio de 1896, tenía la impresión de que Nevlinski ya había arreglado una audiencia con el Sultán. No era tan fácil, sin embargo.
Pero se hubiera dispuesto o no tal audiencia, Herzl pudo reunirse con varios altos funcionarios turcos, incluido el Gran Visir. Al principio, la línea de acción no estaba clara, pero a estas alturas Herzl ya había formulado sus propuestas al Sultán.
Desde mediados del siglo XIX, las finanzas turcas se encontraban en un estado deplorable. El Imperio estaba mal administrado. El Sultán era considerado «el enfermo de Europa».
En 1891 la deuda externa total, incluyendo los intereses no pagados, alcanzó la cifra de doscientos cincuenta y tres millones de libras esterlinas. En 1881 se produjo una consolidación de la deuda. Esta se redujo a ciento seis millones de libras, pero las finanzas de Turquía fueron colocadas bajo el control de un comité que representaba a los acreedores, a quienes se les transfirieron ciertos monopolios domésticos turcos y la recaudación de varias categorías de impuestos.
Esto permitió a las potencias europeas intervenir en los asuntos de Turquía. Solo mediante la eliminación de esta tutela extranjera podía Turquía esperar recuperar su independencia. Para lograr este fin, pensaba Herzl, los judíos, y solo los judíos, podían ser útiles. A cambio de este servicio, tenía la intención de pedir un Estado judío en Palestina. Herzl siguió esta línea hasta que finalmente la necesidad de reembolsar la deuda turca desapareció.
Pero en este momento Herzl no pudo conseguir una audiencia con el Sultán. Nevlinski informó que dicha audiencia había sido denegada porque el Sultán se negaba a debatir sobre la soberanía de Palestina. Se expresó duda en cuanto a la exactitud del informe. Cualquiera que sea el hecho, la primera empresa de Herzl en Constantinopla no tuvo éxito.
Herzl se movió en las líneas que conducían a Constantinopla y Berlín, pero no pasó por alto la importancia de mantener contacto con la filantropía judía.
Una carta enviada al barón de Hirsch llegó un día después de su muerte.
Herzl fue a Londres, donde se había dispuesto todo para que se encontrara con los líderes de la judería británica. Se reunió con Claude Montefiore y Frederick Mocatte, representantes de la Asociación Anglojudía. No se mostraron comprensivos.
A Herzl no le fue mejor en un banquete ofrecido en su honor por los macabeos. La impresión personal que causó Herzl fue profunda. Pero no hubo ningún resultado práctico ni hizo ningún progreso durante el tiempo que pasó en Inglaterra.
Consiguió que sir Samuel Montagu y el coronel Goldsmith accedieran a cooperar con él en un esfuerzo por establecer un Estado judío vasallo bajo la soberanía de Turquía si las Potencias estaban de acuerdo; siempre y cuando el Fondo del Barón de Hirsch pusiera 10.000.000 de libras a su disposición para el plan; y el barón Edmund de Rothschild se convirtiera en miembro del Comité Ejecutivo de la propuesta Sociedad de los Judíos.
These conditions were fantastic at that time and Herzl could not meet them.
Fue a París y mantuvo una conversación con el barón Edmund. El barón Edmund era mayor que Herzl y se sentía incómodo en presencia de un crítico sereno de todo lo que había hecho por la colonización judía en Palestina. Herzl le causó la impresión de ser un entusiasta indisciplinado.
El barón Edmund no creía que fuera posible crear condiciones políticas favorables para una inmigración masiva de judíos. Incluso si eso pudiera lograrse, una inmigración masiva descontrolada a Palestina tendría como efecto desembarcar a decenas de miles de judíos para que fueran alimentados y atendidos por la pequeña comunidad judía en Palestina.
Se aferró a su idea de una colonización lenta que no llamara la atención y fuera cuidadosa para no provocar hostilidad. Cada respuesta de Herzl cayó en saco roto. La negativa del barón Edmond a cooperar fue decisiva.
Esta fue una decisión de importancia histórica. Apartó a Herzl de la idea de que el movimiento sionista debía construirse sobre el apoyo de la filantropía judía. Todas sus esperanzas al respecto se desvanecieron debido a los contactos que había hecho en Londres y en París. La negativa del barón Edmond a cooperar trajo consigo la negativa del Fondo del Barón de Hirsch y del círculo de judíos prominentes de Londres.
De mala gana, Herzl llegó a la conclusión de que solo había una respuesta a esta situación. Las masas judías debían organizarse para apoyar el movimiento sionista.
La organización que él tenía en mente no era una organización democrática de carácter popular. Lo que quería decir era reunir a los «cuadros» superiores para que se hicieran cargo de la organización de las masas con vistas a la gran migración.
Al mismo tiempo, quería demostrar a los filántropos que una organización popular era posible. Sentía que se verían muy influenciados por el desarrollo de un movimiento popular generalizado.
Fuera cuales fuesen sus pensamientos en aquel momento, su decisión de volverse hacia las masas judías, de abandonar la dependencia de los ricos, condujo a la organización del movimiento sionista moderno.
Organizó a sus seguidores en Viena. Era el centro de un círculo que incluía a los hombres que más tarde se convirtieron en los miembros del primer Comité de Acción Sionista.
En noviembre de 1896 se dirigió, por primera vez, a una reunión pública en Viena. En este discurso no utilizó el término «El Estado judío», ni lo empleó en la mayoría de sus declaraciones públicas de entonces. Se había vuelto cauto. No quería perjudicar su labor política en Constantinopla.
Aún pensaba en fundar un periódico, pero no había fondos para tal fin. La noticia de que tenía la intención de fundar un periódico llamó la atención de varias personalidades y grupos en Berlín.
Allí estaban los estudiantes judíos rusos, encabezados por Leo Motzkin, y un grupo llamado «Joven Israel», dirigido por Reinrich Loewe. Los días 6 y 7 de marzo de 1897 se celebró una conferencia, convocada por el Dr. Osias Thon, Willy Bambus y Nathan Birnbaum. Se habían reunido para hablar sobre un periódico, pero en este encuentro se puso en marcha el Primer Congreso Sionista y se aprobó la propuesta de Herzl de convocar una Conferencia Sionista General en Múnich. En el anuncio preliminar de la convocatoria de esta Conferencia o Congreso, Herzl dijo:
"La cuestión judía debe ser retirada del control del individuo benevolente. Debe crearse un foro ante el cual comparezca todo aquel que actúe en nombre del pueblo judío y ante el cual sea responsable".
Cada una de las ideas de Herzl fue recibida con protestas y agitación pública.
Las protestas solían ser promovidas por judíos. La convocatoria del Congreso provocó una gran indignación en los círculos conservadores.
Los rabinos de Alemania protestaron no solo por la celebración del Congreso, sino también por la elección de Múnich.
La controversia del Congreso persuadió a Herzl para que comenzara la publicación del semanario Die Welt.
El primer número apareció el 4 de junio de 1897; Herzl aportó los fondos. El periódico representaba algo nuevo en la vida judía. Era, de hecho, el órgano del Congreso.
A lo largo de la vida de Herzl, Die Welt sirvió como el exponente de sus ideas. Al principio, Herzl aportó numerosos artículos. Enviaba una reseña semanal regular de todas las actividades relacionadas con el movimiento. Fue responsable de muchos artículos y avisos sin firma. Dirigió el periódico en todos sus detalles, aunque se negó a figurar como su director y editor oficial.
La cantidad de trabajo que hizo durante los meses anteriores al Congreso fue asombrosa. Estaba completamente absorto en cada aspecto del mismo. El hombre de pluma se reveló como un hombre de acción de primera categoría.
El 29 de agosto de 1897, se convocó el Primer Congreso Sionista, no en Múnich sino en Basilea, Suiza. La mayoría de los delegados al Primer Congreso Sionista, atraídos a Basilea desde todas partes del mundo, vieron a Herzl por primera vez. El número total de delegados en la primera sesión fue de 197.
El primer acto del Congreso fue la aprobación de una resolución de agradecimiento al Sultán de Turquía. Entonces Herzl se levantó y caminó hacia el estrado. Ya no era el elegante Dr. Herzl de Viena, ya no era el hombre de letras despreocupado, el crítico, el cronista.
Como dijo un reportero:
"Era un retoño de la Casa de David, resucitado de entre los muertos, revestido de leyenda, fantasía y belleza."
Las primeras palabras pronunciadas por Herzl fueron:
"Estamos aquí para colocar la piedra angular de la casa que ha de dar abrigo a la nación judía."
«Nosotros, los sionistas —recalcó—, buscamos para la solución de la cuestión judía, no una sociedad internacional, sino un debate internacional... No tenemos nada que ver con conspiraciones, intervenciones secretas o métodos indirectos. Deseamos someter la cuestión al control de la opinión pública libre».
Su primer discurso en el Congreso contenía las ideas que ya había expresado en discursos y artículos anteriores, pero había una gran diferencia entre los puntos de vista de «El Estado judío» y el discurso pronunciado en la primera sesión del Congreso Sionista.
Esta última es la declaración pública cuidadosamente meditada de alguien que sabía que representaba a decenas de miles, tal vez a cientos de miles, de seguidores. Sus palabras no fueron las de un vidente, sino las de un estadista.
Casi tan profundo fue el efecto producido. Fue en este Congreso donde se adoptó el Programa de Basilea...
"El sionismo busca asegurar para el pueblo judío un hogar (o patria) reconocido públicamente y garantizado legalmente en Palestina."
La segunda tarea importante del Primer Congreso fue la creación de una organización. Se declaró que el Congreso era "el órgano principal del movimiento sionista". La base del derecho electoral sería el pago de un shequel, que en aquel momento equivalía a veinticinco centavos. Habría un Comité Ejecutivo con su sede permanente en Viena. Todo lo que iba a desarrollarse más adelante en el sionismo, tanto en cuanto a fuerzas afirmativas como a contradicciones internas, ya era visible o latente en el primer Congreso. Hubo discusión sobre un banco, sobre un fondo de redención de tierras que se llamaría el Fondo Nacional, la creación de una Universidad Hebrea y los enfrentamientos entre el sionismo práctico y el político.
A su regreso a Viena, Herzl anotó lo siguiente en su diario:
«Si tuviera que resumir el Congreso de Basilea en una sola frase, diría: En Basilea fundé el Estado judío. Si dijera esto en voz alta, se me respondería con la risa general. Pero tal vez dentro de cinco años, en cualquier caso, sin duda dentro de cincuenta, todo el mundo se dará cuenta. El Estado existe como esencia en la voluntad de Estado de un pueblo, sí, incluso en esa voluntad en una sola persona poderosa... El territorio es solo la base concreta, y el Estado en sí, con un territorio debajo, es todavía de la naturaleza de una cosa abstracta... En Basilea creé la abstracción que, como tal, es invisible para la gran mayoría».
Todo lo que Herzl hizo en el terreno político —sus conversaciones en Constantinopla, su entrevista con el Gran Duque de Baden antes de la celebración del Primer Congreso— fue emprendido en calidad de autor de un panfleto político.
Ahora era consciente del hecho de que se le pedía que actuara como Presidente de la Organización Sionista Mundial. Era difícil trazar una línea entre el movimiento y su líder.
Herzl insistió en que su liderazgo en el movimiento era impersonal y que ahora su dirección residía en sus instrumentos —el Congreso y el Comité de Acción—. Pero tenía toda la autoridad de un líder consagrado.
La evolución de la concepción que tenía Herzl del problema judío desde que vio la degradación de Dreyfus puede medirse mediante un estudio de los artículos que escribió después del Primer Congreso. Él mismo era muy consciente de la transformación. Había visto al pueblo judío cara a cara.
"Los hermanos se han encontrado de nuevo", dijo.
Escribió con gran aprecio sobre la calidad de los delegados rusos. Dijo: «Poseen esa unidad interior que ha desaparecido entre los occidentales. Están empapados de sentimiento nacional judío sin traicionar ninguna estrechez ni intolerancia nacional. No están atormentados por la idea de la asimilación. No se asimilan a otras naciones, sino que se esfuerzan por aprender lo mejor de los demás pueblos. De este modo logran mantenerse erguidos y genuinos. Al verlos, comprendimos de dónde sacaron nuestros antepasados la fuerza para soportar los tiempos más amargos».
Inmediatamente después del Primer Congreso, Herzl abordó su segunda tarea, la creación del Banco Colonial Judío. Escribió sobre el banco en Die Welt en noviembre de 1898: «La tarea del Banco Colonial es eliminar la filantropía. El colono en la tierra que aumenta su valor con su trabajo merece más que un regalo. Tiene derecho al crédito. Por lo tanto, el futuro banco podría comenzar extendiendo los créditos necesarios a los colonos; más tarde se expandiría para convertirse en el instrumento para la llegada de los judíos y proporcionaría créditos para el transporte, la agricultura, el comercio y la construcción».
La sede del banco debía estar en Londres. Había de haber dos mil millones de acciones a 1 libra cada una. El banco debía ser dirigido por hombres versados en asuntos bancarios, pero el movimiento sería colocado en condiciones de controlar su política.
Las esperanzas de Herzl crecían de semana en semana. A medida que se acercaba a la situación práctica, perdía cada vez más la confianza en la cooperación de los hombres acaudalados.
Surgieron diferencias en las discusiones preliminares en cuanto al alcance del banco. En el primer borrador de los Estatutos Sociales, solo se mencionaba al Oriente como el área de trabajo del banco. Menachem Ussishkin insistió en que se sustituyeran por las palabras "Siria y Palestina".
Tras una larga discusión, las propuestas para la creación del banco se presentaron ante el segundo Congreso Sionista y los Estatutos Sociales, con sus respectivas modificaciones, fueron aprobados por aclamación.
Herzl se aferró a la idea que se le había ocurrido cuando pensaba en el Estado judío como un folleto, de que tal vez fuera mejor para él escribir una novela. El impulso de escribir dicha novela se volvió irresistible tras su visita a Palestina. Se iba a llamar "Altneuland".
Empezó a escribirla en 1899. Se completó en abril de 1902 y se publicó seis meses después. Es notable que pudiera escribir una novela así mientras participaba en variadas actividades políticas en Constantinopla, en Londres y en Berlín; y mientras tenía que lidiar con los muchos y problemáticos asuntos internos del sionismo.
"Altneuland" fue una novela con un propósito. Describía la Palestina del futuro cercano tal como se desarrollaría a través del Movimiento Sionista. Tenía las debilidades de toda novela de propaganda. Toda la obra tiene algo de estatal y avanza en forma de escenas más que por la vía de la narración. Cada tipo tiene una perspectiva específica.
La mayoría de los personajes son retratos de personalidades vivas. Su propósito era inmortalizar a sus amigos y a sus oponentes.
"Altneuland" relata la historia de un judío que visita Palestina en 1898 y regresa de nuevo en 1923, momento en el que encuentra la Tierra Prometida desarrollada bajo la influencia judía. Su territorio se extiende al este y al oeste del Jordán.
La tierra muerta de 1898 está ahora plenamente viva. Sus verdaderos creadores fueron los ingenieros de irrigación. La tecnología había dado una nueva forma al trabajo, se había creado un nuevo sistema social y económico que se describe como «mutualista», una enorme cooperativa, una forma intermedia entre el individualismo y el colectivismo.
Haifa se había convertido en una ciudad cosmopolita. Alrededor de la Ciudad Santa de Jerusalén, habían surgido modernos suburbios, bulevares arbolados y parques, institutos de enseñanza, lugares de entretenimiento, mercados: «una ciudad cosmopolita con el espíritu del siglo veinte».
En esta nueva tierra, los árabes conviven en amistad con los judíos.
"Altneuland" no produjo el efecto que Herzl había esperado. Dentro del movimiento sionista hizo más mal que bien. Muchos de los amigos de Herzl se sintieron decepcionados de que la novela tuviera tan poco del espíritu judío. Ignoraba el renacimiento hebreo. La novela suscitó las más duras críticas por parte de Ajad Haam.
Mientras Herzl estaba sumido en la acción política, visitando capitales europeas, manteniendo correspondencia con personalidades cuyo interés en el sionismo había despertado, y presentando informes al Congreso Sionista o al Comité de Acción, enfrentándose a menudo a situaciones críticas en su lucha con los partidos sionistas en crecimiento, la Organización Sionista se estaba convirtiendo gradualmente en una institución aceptada en la vida judía.
Era la caja de resonancia internacional para el debate de la cuestión judía.
- El Fondo Nacional Judío fue fundado en el cuarto congreso celebrado en Londres en 1900.
- El Fideicomiso Colonial Judío se estableció finalmente con sede en Londres.
El primer partido sionista en el Congreso fue la facción democrática dirigida por Leo Motzkin, pero pronto se añadieron el partido Mizrachi y los inicios de un partido laborista.
No solo los apasionados discursos del Dr. Nordau, sino muchas polémicas "hicieron" los Congresos.
El asunto cultural era un tema perenne del Congreso. También se mantuvieron muchos debates en torno a lo que se denominaba la cuestión del sionismo «práctico» y «político». Los rusos, bajo el liderazgo de Ussishkin, estaban en su totalidad decididamente en contra del énfasis en la «carta» y presionaban con enloquecedora insistencia para lograr un trabajo inmediato en Palestina.
En el curso de estos debates, prolongados a lo largo de los años, el Congreso se convirtió en un foro para la discusión de los problemas judíos internacionales y dio lugar a oradores y teóricos de diverso grado de talento. También produjo hombres con pasatiempos.
- El Fondo Nacional Judío y la Universidad Hebrea eran la obsesión del Dr. Herman Schapiro.
- La colonización en Chipre era la obsesión de Davis Trietsch, quien armó muchos escándalos en la sala del Congreso.
- El Dr. Chaim Weizmann no solo fue un líder de la facción democrática, cruzando espadas una y otra vez con Herzl, sino que dedicó mucho tiempo y reflexión a la idea de una Universidad Hebrea.
El procedimiento del Congreso, basado en modelos continentales, se elaboró gradualmente y quedó establecido, y muchos de los delegados eran adeptos al arte del esgrima parlamentario.
El idioma que se utilizaba en los congresos durante la vida de Herzl era el alemán, pero gradualmente el uso imperfecto del alemán por parte de los sionistas de Europa Oriental condujo al desarrollo de lo que se llamó el "alemán de congreso". Esta era una forma de alemán que resultaba fácil de usar, ya que no se exigía respeto por la gramática ni por la pronunciación.
Durante los Congresos, Herzl mantuvo en todo momento el papel de líder y moderador. Su trato era amable y nunca perdió el sentido de la dignidad. Era capaz de una réplica mordaz, pero siempre tenía presente que era un alto deber mantener el equilibrio y buscar el compromiso antes que la división tajante. Lo desarrolló de un modo extraordinario en la tribuna.
Sus apariciones eran dramáticas. Sus intervenciones eran cautivadoras. El hombre del escritorio se convirtió en uno de los más capaces en las artes parlamentarias.
Después de algunos de los Congresos tuvo que retirarse a un centro de salud, habiendo agotado sus fuerzas y provocando la recurrencia de su dolencia cardíaca. En varias ocasiones, sus amigos íntimos temieron por su vida. Pero después de unas pocas semanas de descanso, por lo suele regresar más fuerte que antes y con mayor determinación para seguir su rumbo, sin importarle las consecuencias para sí mismo.
Llegados a este punto, es importante referirse a su vida familiar. Se había casado con Julie Naschauer el 25 de julio de 1889. Ella era hija de padres adinerados y creció en un círculo social convencional. Cuando se casó con Herzl, este ya era un joven autor en ascenso que gozaba de gran estima entre las personas con las que ella se relacionaba. Era atractivo, de porte aristocrático, un conversador agudo y reunía todas las cualidades para ser el compañero convencional de una esposa convencional.
Pero Herzl se lanzó a los asuntos sionistas con una actividad dinámica tan tremenda y quedó tan completamente absorto en la idea a la que su pensamiento había dado vida que, salvo por esporádicos períodos intermedios, su familia ocupó un segundo plano en su vida desde el momento en que hizo de los problemas judíos su tarea vital específica.
Julie Herzl también sufrió debido a la devoción de Herzl hacia su propia madre. Herzl nunca se libró de su dependencia filial, lo cual hizo que le fuera muy difícil de entender a su esposa.
Tuvieron tres hijos.
- En 1890 nació una hija a la que se llamó Paula o Paulina.
- En 1891 nació su hijo, Hans, cuya vida tras la muerte de su padre se convirtió en un grave problema.
- Hubo un tercer hijo, una hija llamada Margarita, conocida como Trude, que nació en mayo de 1893.
Durante este período hubo muchas separaciones de su familia. Hubo desavenencias y reconciliaciones, pero el vaso de la infelicidad para Julie Herzl se desbordó cuando Herzl se convirtió en el líder oficial de un movimiento público.
A partir de entonces, su casa estuvo constantemente invadida por visitantes no deseados. Herzl no solo entregó su vida al movimiento en el sentido literal, sino que dio sus fondos de reserva y sacrificó el bienestar de su familia por el bien del movimiento al que había dado vida.
Tanto sus asuntos domésticos como su corazón enfermo hicieron que todos los años de la breve vida sionista de Herzl fueran de dolor y lucha.
La trágica situación de los judíos en varias partes de Europa inquietó profundamente a Herzl durante el tiempo en que llevaba a cabo negociaciones con el Káiser y el Sultán. Constantemente le rondaba la idea de que sería necesario encontrar un refugio temporal para los judíos.
En 1899 estalló una serie de pogromos en Galitzia. En su diario de entonces, tenía referencias a Inglaterra y Chipre; «quizás tengamos que considerar incluso Sudáfrica o América». Pero desterró estos pensamientos de su mente porque sabía que los sionistas pondrían graves obstáculos para considerar cualquier proyecto que no fuera Palestina.
Sin embargo, cuando sus esperanzas con respecto a Alemania se derrumbaron, volvió a pensar en estas propuestas alternativas.
El 22 de octubre de 1902 tuvo lugar una conferencia entre Joseph Chamberlain, el secretario de las Colonias, y Herzl. Chamberlain había estado en la Oficina Colonial desde 1895. Ocupaba una posición influyente en los consejos del Gobierno británico. Era un hombre de fuerte voluntad e integridad política. Herzl presentó su plan para la colonización de Chipre y la península del Sinaí, que incluía El Arish: «colonos judíos bajo una administración judía».
Chamberlain dijo que solo podía hablar con certeza sobre Chipre. La península del Sinaí estaba bajo la jurisdicción del Ministerio de Asuntos Exteriores. En lo que respecta a Chipre, creía que no era prometedor porque los griegos y los musulmanes se opondrían, y sería su deber oficial ponerse de su parte.
Tenía, sin embargo, una opinión más favorable de El Arish. A este respecto, era necesario que Herzl hablara con Lord Lansdowne, del Ministerio de Asuntos Exteriores. Gran parte dependería de la buena voluntad de Lord Cromer, el cónsul general británico en Egipto y en la práctica el virrey de ese país.
Gracias a la mediación de Chamberlain, a Herzl le fue posible reunirse con lord Lansdowne unos días después. Fue bien recibido y se le escuchó con muchísima atención.
A Herzl se le pidió que presentara un informe por escrito. Luego pidió permiso para que Leopold J. Greenberg fuera a Egipto y se entrevistara con lord Cromer. Lord Lansdowne dijo que organizaría dicho encuentro.
Greenberg analizó el asunto con lord Cromer en El Cairo. Lord Cromer y el primer ministro egipcio plantearon objeciones basándose en que un intento de economía judía, llevado a cabo en 1891-2 en la región de la antigua Madián, había sido un fracaso lamentable. Había habido complicaciones políticas y disputas fronterizas con Turquía.
El 18 de diciembre de 1902, Herzl recibió una respuesta definitiva escrita en nombre de lord Lansdowne por sir T.H. Sanderson, subsecretario permanente. Lord Lansdowne había tenido noticias de lord Cromer, quien era partidario de enviar una pequeña comisión a la península del Sinaí para informar sobre las condiciones y perspectivas; pero lord Cromer temía que no debieran albergarse esperanzas optimistas de éxito, aunque si el informe de la Comisión resultaba favorable, el Gobierno egipcio ofrecería sin duda condiciones liberales para la colonización judía.
Por otra parte, sin embargo, los sionistas debían comprender que se esperaba de ellos que costearan un cuerpo de defensa y que garantizaran la administración. En opinión de lord Cromer, la cuestión más importante era la de los derechos que Herzl esperaba para el asentamiento proyectado. Escribió:
"En su carta del 12 del mes pasado observa que usted llegará a ser grande y prometedor mediante la concesión de este derecho de colonización. Su carta no aclara qué se debe entender por estas palabras, y qué clase de derechos esperarán los colonos."
Lord Lansdowne también abordó la cuestión de la nueva ciudadanía de los colonos. Herzl había creído que solo tendría que habérselas con ingleses, ya que Inglaterra se había convertido cada vez más en la dueña de Egipto.
Era evidente, sin embargo, que el Gobierno egipcio también desempeñaba un papel importante en las conversaciones.
Lord Cromer confirmó que el Gobierno egipcio establecería como condición indispensable que los nuevos colonos se convirtieran en súbditos turcos sujetos a la ley egipcia, pero mientras durara la ocupación británica, los colonos tendrían siempre la garantía de un trato justo.
Herzl se mostró satisfecho con esta carta y la calificó de documento histórico. El Gobierno británico había reconocido a Herzl como el líder sionista, y al movimiento representado por él como parte negociadora. Él ya vislumbraba la «provincia egipcia de Judea» bajo un gobernador judío, con su propio cuerpo de defensa dirigido por oficiales angloegipcios.
Como resultado de las negociaciones inglesas, lord Rothschild pareció dejarse convencer por Herzl. El viejo banquero, que se había negado dos años antes a reunirse con el líder sionista, fue ahora a visitarlo a su hotel.
La siguiente tarea que tenía ante sí Herzl era la organización de la Comisión. La Comisión estaba compuesta por el ingeniero sudafricano Kessler; el inspector jefe del Departamento de Agrimensura Egipcio, Humphreys; el coronel Goldsmith debía informar sobre las tierras; y el Dr. Soskin iba a estudiar las posibilidades agrícolas. Oscar Marmorek debía investigar los problemas de construcción y vivienda, y actuar como secretario general. El Dr. Hillel Jaffe, del Hospital Jaffe, se ocuparía de los problemas de clima e higiene.
La Comisión tropezó con grandes dificultades. Hubo oposición por parte de los turcos. Hubo malentendidos entre Herzl y Greenberg. El propio Herzl fue a Egipto con el fin de llevar las negociaciones a buen término y resolver las dificultades. Su intervención no mejoró en absoluto la situación. Lord Cromer se había vuelto muy distante hacia él. Recibió el informe general de la Comisión, en el que se observaba que «bajo las condiciones actuales la tierra es totalmente inadecuada para colonos procedentes de países europeos, pero si se introdujera un riego suficiente, las condiciones agrícolas, higiénicas y climáticas son tales que una parte de la tierra, que actualmente es un desierto, podría sustentar a una población considerable».
Herzl solicitó la concesión siguiendo el consejo de lord Cromer, contando como representante legal con un abogado belga de alto prestigio. El Gobierno egipcio no acogió con favor el borrador de la concesión. Herzl fue recibido el 23 de abril por Chamberlain, que acababa de regresar de su viaje por África.
Chamberlain escuchó el informe presentado por Herzl sobre la labor de la Comisión. Ambos consideraron el informe como desfavorable. Entonces Chamberlain hizo la siguiente observación:
"En mis viajes vi un país para ti, Uganda. En la costa hace calor, pero en el interior el clima es excelente para los europeos. Puedes cultivar algodón y azúcar. Pensé para mis adentros, ese es exactamente el país para el Dr. Herzl. Pero él tiene que tener Palestina, y solo se mudará a sus cercanías".
Esta fue la primera referencia a Uganda, que pasó a ser el centro de atención en los círculos sionistas.
A Herzl se le advirtió que el Gobierno egipcio rechazaría el plan. Se descubrió que la zona requeriría cinco veces más agua de lo que se había estimado inicialmente. El Gobierno egipcio no podía permitir la desviación de semejante cantidad de agua del Nilo.
Un intento de lograr que Chamberlain interviniera ante Egipto no tuvo éxito.
"Siendo ese el caso —dijo Chamberlain—, ¿qué hay de Uganda?"
Se concedería la autoadministración. El gobernador bien podría ser judío. Aunque el asunto pertenecía al Ministerio de Asuntos Exteriores, él haría que fuera transferido bajo su jurisdicción en el ministerio de las colonias. El territorio sería propiedad permanente de una compañía de colonización creada para tal fin.
- Después de cinco años, a los colonos se les concedería autonomía completa.
- El nombre del asentamiento iba a ser "Nueva Palestina".
Herzl presionó para obtener una respuesta del gobierno a fin de que el proyecto pudiera ser presentado al Congreso Sionista el 14 de agosto de 1903.
La propuesta oficial provino de sir Clement Hill, jefe permanente del Ministerio de Asuntos Exteriores. En esta carta se afirmaba que lord Lansdowne había estudiado la cuestión con el interés que el Gobierno de Su Majestad siempre se sentía obligado a mostrar por todo plan serio destinado a mejorar la condición de la raza judía. El tiempo había sido demasiado breve para un examen más detenido del plan y para su presentación al representante británico para el Protectorado de África Oriental (Uganda).
"Lord Lansdowne supone", continúa la carta, "que el Banco desea enviar a varios caballeros al Protectorado de África Oriental para determinar si en dicho territorio hay tierras adecuadas para el propósito proyectado; si así resultare ser, le complacerá brindarles toda clase de ayudas para ponerlos en contacto con el Congreso de Su Majestad, acerca de las condiciones bajo las cuales podría llevarse a cabo el asentamiento. Si se hallare una zona que el banco y el representante de Su Majestad estimen idónea, y que el gobierno de Su Majestad considere conveniente, Lord Lansdowne se alegrará de considerar favorablemente las propuestas para la creación de una colonia o asentamiento judío bajo aquellas condiciones que parezcan garantizar a los miembros la preservación de sus costumbres nacionales..."
El documento continuaba con una oferta —sujeta al consentimiento de los funcionarios pertinentes— de un gobierno judío y autonomía interna.
Esta fue la primera propuesta oficial en relación con el movimiento sionista que Herzl pudo presentar a un Congreso Sionista. Cuando la carta de sir Clement Hill fue presentada en el Sexto Congreso Sionista en 1903, dividió profundamente al movimiento sionista. Enfrentó a la abrumadora mayoría de los sionistas en Rusia contra Herzl, quien tuvo que defenderse de un ataque general que precedió a la convocación del Congreso.
Cuando el Congreso fue convocado en un ambiente de gran entusiasmo y controversia partidista, el proyecto de Uganda se presentó en forma de resolución oficial que exigía el nombramiento de una comisión de nueve miembros para ser enviada a investigar las condiciones en África Oriental. La decisión final sobre el informe del comité investigador debía dejarse en manos de un Congreso especial.
Aunque la votación mostró una mayoría a favor de la resolución oficial —el recuento fue de 295 a favor, 177 en contra y 100 abstenciones—, el debate sobre la misma reveló una oposición abrumadora al proyecto. Fue considerado como un abandono de Palestina en favor de una distracción.
Después de la votación, los delegados rusos abandonaron el Congreso en masa. Todos los delegados de la oposición se marcharon con ellos y se reunieron en conferencia para debatir la situación.
Cuando Herzl oyó hablar del profundo sentimiento que prevalecía en la conferencia, pidió el privilegio de hablar a la oposición. Les dio su solemne seguridad de que el Programa de Basilea no se vería afectado por la resolución. Juró lealtad al Programa de Basilea, a Sion y a Jerusalén.
Su discurso reveló la gran transformación que se había operado en la relación orgánica de Herzl con el movimiento sionista. Los delegados de la oposición sintieron que, a pesar de que Herzl buscaba alternativamente uno u otro sustituto para Palestina, su corazón respondía sin reservas al llamado de Sión.
La oposición reapareció en el Congreso al día siguiente. Exigió garantías de que los fondos del Trust Colonial Judío, del Fondo Nacional Judío y de los ingresos del Shekel no se utilizarían para la comisión investigadora de África Oriental, y de que la comisión debía rendir cuentas al Comité de Acciones Mayores antes de presentar su informe ante el Congreso.
La experiencia de Herzl en lo que se denomina el «Congreso de Uganda» lo acercó más a los sionistas de la vieja guardia. Se dio cuenta entonces de que el objetivo final no podría alcanzarse en un futuro próximo, que Uganda era meramente un logro de compromiso, que proporcionaba el campo de preparación para un segundo intento de llegar a Sion. El Congreso de 1903 fue el punto culminante de la carrera de Herzl. Fue, en efecto, el fin de su búsqueda.
Más tarde, el proyecto de África Oriental pasó a ser un asunto de menor importancia a los ojos de los ingleses. Los colonos ingleses en África Oriental declararon su oposición a un asentamiento judío.
Se organizó una oposición sionista, encabezada por Menahem Ussishkin, quien no estuvo presente en el Congreso de Uganda. Se convocó la Conferencia de Járkov de los sionistas rusos. Se acusó a Herzl de haber violado el Programa de Basilea. La Conferencia de Járkov declinó toda responsabilidad en relación con cualquier acción orientada hacia el África Oriental. Nombró un comité de tres miembros para comunicar sus demandas a Herzl. Le pidieron que prometiera no presentar ante el Congreso ningún proyecto territorial que no estuviera relacionado con Palestina o Siria, y que retirara el África Oriental del orden del día.
A estas alturas, a Herzl le habría complacido dejar que el proyecto de África Oriental desapareciera de la agenda; era evidente que el gobierno inglés no estaba muy interesado y buscaba una salida; pero la tortuosa ruta de la acción política, una vez iniciada, no podía detenerse tan fácilmente; Herzl se vio encadenado a una realidad política.
A lo largo de su vida sionista, Herzl padeció una afección cardíaca que se volvió cada vez más aguda a medida que se dejaba absorber por las emociones y actividades del Movimiento. Tomó conciencia de su enfermedad poco después de haber escrito «El Estado judío». Tenía premoniciones de las fatales consecuencias, pero persistió en llevar él mismo la carga del Movimiento, consumiendo todas sus fuerzas en el proceso. A intervalos se veía obligado a tomar curas de reposo. En varias ocasiones se pensó que había llegado al límite de sus fuerzas. Cuando estaba lidiando con el proyecto de Uganda, York-Steiner, un amigo íntimo, escribió sobre su apariencia:
"La imponente figura está ahora encorvada, el rostro cetrino, los ojos —espejos de un alma noble— se habían oscurecido, la boca estaba contraída por el dolor y marcada por la pasión."
Estaba casi al borde de la tumba. En mayo, se produjo un cambio alarmante para peor en la condición de los músculos de su corazón. Le mandaron a Franzienbad durante seis semanas, pero el descanso no le sirvió de nada.
El 3 de junio partió con su esposa y varios amigos hacia Edlach, en Semmering. Sabía que aquel era su último viaje. Luego experimentó una ligera mejoría y regresó a su escritorio. Pero empeoró rápidamente.
Al fiel Hechler le dijo: «Dales a todos mis saludos y diles que he dado la sangre de mi corazón por mi pueblo».
El 3 de julio se declaró una neumonía y aparecieron signos de agotamiento inminente. Llegó su madre, y luego sus dos hijos menores, Hans y Trude. A las cinco de la tarde, su médico, que había apartado los ojos del paciente por un momento, oyó un profundo suspiro. Al volverse, vio la cabeza de Herzl hundida sobre su pecho.
En su testamento, Herzl pidió que su cuerpo fuera enterrado junto al de su padre, "para permanecer allí hasta que el pueblo judío lleve mis restos a Palestina". Cuando los rusos entraron en Viena en 1945, los restos de Herzl todavía estaban allí.