Nadie puede negar la gravedad de la situación de los judíos. Dondequiera que vivan en números perceptibles, son más o menos perseguidos.
Su igualdad ante la ley, concedida por ley, se ha convertido prácticamente en letra muerta. Se les prohíbe ocupar puestos siquiera medianamente elevados, ya sea en el ejército o en cualquier cargo público o privado; y también se intenta expulsarles de los negocios:
"¡No compres a los judíos!"
Los ataques en los Parlamentos, en las asambleas, en la prensa, en el púlpito, en la calle, en los viajes —por ejemplo, su exclusión de ciertos hoteles—, incluso en los lugares de recreo, se vuelven cada día más numerosos. Las formas de persecución varían según los países y los círculos sociales en los que se producen.
- En Rusia se imponen tributos a las aldeas judías;
- en Rumanía, algunas personas son ejecutadas;
- en Alemania, reciben buenas palizas de vez en cuando;
- en Austria, los antisemitas ejercen el terrorismo sobre toda la vida pública;
- en Argelia, hay agitadores itinerantes;
- en París, los judíos son marginados de los llamados mejores círculos sociales y excluidos de los clubes.
Los matices del sentimiento antijudío son innumerables. Pero esto no pretende ser un intento de elaborar una lúgubre categoría de las penurias judías.
No tengo la intención de despertar emociones de simpatía en nuestro favor. Eso sería un procedimiento necio, inútil e indigno.
Me contentaré con hacer las siguientes preguntas a los judíos:
- ¿No es acaso verdad que, en los países donde vivimos en número perceptible, la situación de los abogados, médicos, técnicos, profesores y empleados judíos de toda índole se vuelve cada día más intolerable?
- ¿No es acaso verdad que las clases medias judías están seriamente amenazadas?
- ¿No es acaso verdad que las pasiones de la turba se incitan contra nuestros ricos?
- ¿No es acaso verdad que nuestros pobres soportan sufrimientos mayores que los de cualquier otro proletariado?
Creo que esta presión externa se hace sentir en todas partes. En nuestras clases económicamente altas causa malestar, en nuestras clases medias continuas y graves angustias, en nuestras clases bajas absoluta desesperación.
Todo tiende, en realidad, a una sola y misma conclusión, enunciada claramente en aquella clásica frase berlinesa: "Juden Raus!" (¡Fuera los judíos!)
Ahora formularé la pregunta de la forma más breve posible: ¿Debemos "largarnos" ahora y a dónde?
O, ¿podemos aún permanecer? Y, ¿cuánto tiempo?
Establezcamos primero la cuestión de quedarnos donde estamos. ¿Podemos esperar días mejores, podemos conservar la calma con paciencia, podemos esperar con piadosa resignación hasta que los príncipes y los pueblos de esta tierra se muestren más clementes con nosotros?
Digo que no podemos esperar un cambio en la corriente del sentimiento. ¿Y por qué no? Incluso si estuviéramos tan cerca de los corazones de los príncipes como lo están sus otros súbditos, no podrían protegernos. Solo harían sentir el odio popular al mostrarnos demasiado favor.
Por «demasiado», en realidad quiero decir menos de lo que reclaman como un derecho todos los ciudadanos corrientes, o todas las razas. Las naciones en cuyo seno viven los judíos son todas antisemitas, ya sea de forma encubierta o abierta.
El pueblo no posee, y de hecho no puede poseer, ninguna comprensión histórica. No sabe que los pecados de la Edad Media están recayendo ahora sobre las naciones de Europa.
Somos lo que el Gueto hizo de nosotros. Hemos alcanzado la preeminencia en las finanzas porque las condiciones medievales nos empujaron a ello.
El mismo proceso se está repitiendo ahora. Se nos vuelve a empujar hacia las finanzas, ahora es la bolsa de valores, al mantenernos excluidos de otras ramas de la actividad económica. Al estar en la bolsa de valores, nos exponemos en consecuencia de nuevo al desprecio.
Al mismo tiempo seguimos produciendo una abundancia de intelectos mediocres que no encuentran salida, y esto pone en peligro nuestra posición social tanto como lo hace nuestra creciente riqueza. Los judíos educados sin recursos se están convirtiendo rápidamente hoy en día en socialistas. Por lo tanto, con toda seguridad sufriremos con mucha severidad en la lucha entre clases, porque nos encontramos en la posición más expuesta en los bandos tanto de los socialistas como de los capitalistas.
# INTENTOS ANTERIORES DE UNA SOLUCIÓN
Los medios artificiales empleados hasta ahora para superar los problemas de los judíos han sido demasiado mezquinos —como los intentos de colonización— o intentos de convertir a los judíos en campesinos en sus actuales hogares.
¿Qué se logra transportando a unos cuantos miles de judíos a otro país? O bien naufragan de inmediato, o prosperan, y entonces su prosperidad engendra el antisemitismo. Ya hemos hablado de estos intentos de desviar a los judíos pobres hacia nuevas regiones. Esta desviación es claramente inadecuada e inútil, si es que no llega a frustrar sus propios fines; pues se limita a prolongar y posponer una solución, y tal vez incluso agrava las dificultades.
Cualquiera que intentara convertir al judío en labrador cometería un error extraordinario. Pues el campesino pertenece a una categoría histórica, como lo demuestra su atuendo, que en algunos países ha usado durante siglos; y sus aperos, que son idénticos a los utilizados por sus antepasados más remotos.
Su arado no ha cambiado; lleva la semilla en el delantal; siega con la guadaña histórica y trilla con el venerable bieldo. Pero sabemos que todo esto puede hacerse mediante maquinaria. La cuestión agraria no es más que una cuestión de maquinaria.
América debe conquistar Europa, del mismo modo que las grandes propiedades territoriales absorben a las pequeñas. El campesino es, por consiguiente, un tipo en vías de extinción.
Siempre que se le preserva artificialmente, se hace en función de los intereses políticos a los que debe servir. Es absurdo, y de hecho imposible, fabricar campesinos modernos según el viejo modelo.
Nadie es lo suficientemente rico o poderoso como para hacer que la civilización dé un solo paso retrógrado. La mera preservación de instituciones obsolecentes es una tarea lo suficientemente dura como para requerir la aplicación de todas las medidas despóticas de un Estado gobernado autocráticamente.
¿Hemos de creer, por lo tanto, que los judíos inteligentes desean convertirse en campesinos del viejo tipo? Bien podríamos decirles:
"Aquí tienes una ballesta: ¡ahora ve a la guerra!"
¿Qué? ¿Con una ballesta, mientras los otros tienen rifles y armas de largo alcance? Bajo estas circunstancias, los judíos están totalmente justificados en negarse a moverse cuando la gente intenta convertirlos en campesinos. Una ballesta es un arma hermosa, que me inspira sentimientos melancólicos cuando tengo tiempo para dedicarles. Pero pertenece por derecho a un museo.
Ahora bien, ciertamente hay distritos a los que los judíos desesperados salen, o en todo caso, están dispuestos a salir y labrar la tierra. Y una pequeña observación muestra que estos distritos —como el enclave de Hesse en Alemania y algunas provincias en Rusia— estos mismos distritos son los principales focos del antisemitismo.
Para los reformadores del mundo, que mandan a los judíos al arado, se les olvida una persona muy importante, que tiene mucho que decir sobre el asunto. Esta persona es el agricultor, y el agricultor también está perfectamente justificado. Pues el impuesto sobre la tierra, los riesgos inherentes a las cosechas, la presión de los grandes propietarios que abaratan la mano de obra, y la competencia americana en particular, se combinan para hacer su vida bastante difícil.
Además, los aranceles sobre el grano no pueden seguir aumentando indefinidamente. Tampoco se puede permitir que el fabricante muera de hambre; su influencia política va, de hecho, en aumento y, por lo tanto, debe ser tratado con mayor consideración.
Todas estas dificultades son bien conocidas, por lo que me refiero a ellas solo de pasada. Tan solo quería indicar claramente cuán fútiles han sido los intentos pasados —la mayoría de ellos bien intencionados— para resolver la cuestión judía. Ni un desvío del caudal, ni una depresión artificial del nivel intelectual de nuestro proletariado, superarán la dificultad. Del supuesto remedio infalible de la asimilación ya se ha tratado.
No podemos vencer al antisemitismo por ninguno de estos métodos. No puede desaparecer mientras no se eliminen sus causas. ¿Son eliminables?
# CAUSAS DEL ANTISEMITISMO
No volveremos a tocar aquellas causas que son resultado del temperamento, el prejuicio y las miras estrechas, sino que nos limitaremos aquí únicamente a las causas políticas y económicas.
El antisemitismo moderno no debe confundirse con la persecución religiosa de los judíos de épocas anteriores. En algunos países adquiere ocasionalmente un sesgo religioso, pero la corriente principal del movimiento agresivo ha cambiado ahora.
En los principales países donde prevalece el antisemitismo, lo hace como resultado de la emancipación de los judíos. Cuando las naciones civilizadas despertaron ante la inhumanidad de la legislación discriminatoria y nos otorgaron la ciudadanía, nuestra emancipación llegó demasiado tarde. Ya no era posible eliminar nuestras incapacidades en nuestros antiguos hogares. Pues nosotros, curiosamente, nos habíamos desarrollado en el gueto como un pueblo burgués, y salimos de él solo para entrar en una feroz competencia con las clases medias.
Por consiguiente, nuestra emancipación nos situó de repente dentro de este círculo de clase media, donde tenemos que soportar una doble presión, desde dentro y desde fuera. A la burguesía cristiana no le importaría arrojar dócilmente a los nuestros como un sacrificio al socialismo, aunque eso no mejoraría gran cosa las cosas.
Al mismo tiempo, los derechos iguales de los judíos ante la ley no pueden ser retirados allí donde una vez han sido concedidos. No solo porque su retirada se opondría al espíritu de nuestra época, sino también porque empujaría inmediatamente a todos los judíos, ricos y pobres por igual, a las filas de los partidos subversivos.
Nada eficaz puede hacerse verdaderamente para nuestro perjuicio.
En otros tiempos nos arrebataron las joyas. ¿Cómo se va a apoderar ahora de nuestros bienes muebles? Consisten en papeles impresos que están encerrados en alguna parte del mundo, tal vez en las arcas de los cristianos.
Es, por supuesto, posible hacerse con acciones y obligaciones de ferrocarriles, bancos y empresas industriales de todo tipo mediante la tributación, y allí donde el impuesto progresivo sobre la renta está en vigor, toda nuestra propiedad mobiliaria puede acabar siendo confiscada.
Pero todos estos esfuerzos no pueden dirigirse contra los judíos únicamente, y dondequiera que no obstante se llevaran a cabo, tendrían como consecuencias inmediatas graves crisis económicas, que no se limitarían en modo alguno a los judíos, quienes serían los primeros afectados.
La misma imposibilidad de atrapar a los judíos alimenta y envenena el odio hacia ellos.
El antisemitismo aumenta día con día y hora con hora entre las naciones; en efecto, está destinado a aumentar, porque las causas de su crecimiento siguen existiendo y no se pueden eliminar.
Su causa remota es nuestra pérdida del poder de asimilación durante la Edad Media; su causa inmediata es nuestra producción excesiva de intelectos mediocres, que no pueden encontrar una salida hacia abajo o hacia arriba —es decir, ninguna salida saludable en ninguna de las dos direcciones.
Cuando nos hundimos, nos convertimos en un proletariado revolucionario, en los oficiales subalternos de todos los partidos revolucionarios; y, al mismo tiempo, cuando ascendemos, asciende también nuestro terrible poder del dinero.
# EFECTOS DEL ANTISEMITISMO
La opresión que padecemos no nos hace mejores, pues no somos ni un ápice más virtuosos que la gente común. Es verdad que no amamos a nuestros enemigos; pero solo quien es capaz de vencerse a sí mismo se atreve a reprocharnos tal defecto. La opresión engendra naturalmente hostilidad hacia los opresores, y nuestra hostilidad agrava la presión. Es imposible escapar de este círculo eterno.
"¡No!", dirán algunos visionarios de corazón tierno:
"¡No, es posible! Posible mediante la perfección definitiva de la humanidad."
¿Es necesario señalar la necedad sentimental de este punto de vista? ¡Quien fundara su esperanza de mejora en las condiciones sobre la perfección última de la humanidad estaría, en verdad, confiando en una Utopía!
Me referí anteriormente a nuestra «asimilación». No pretendo sugerir ni por un momento que yo desee tal fin. Nuestro carácter nacional es demasiado históricamente famoso y, a pesar de toda degradación, demasiado noble como para hacer deseable su aniquilación.
Tal vez podríamos llegar a fundirnos por completo con las razas circundantes, si estas nos dejaran en paz durante un período de dos generaciones. Pero no nos dejarán en paz.
Durante un breve período logran tolerarnos, y luego su hostilidad estalla una y otra vez. El mundo se siente de algún modo provocado por nuestra prosperidad, porque durante muchos siglos se ha acostumbrado a considerarnos como los más despreciables entre los indigentes.
En su ignorancia y estrechez de corazón, no alcanza a ver que la prosperidad debilita nuestro judaísmo y extingue nuestras peculiaridades. Es solo la presión la que nos obliga a volver al tronco paterno; es solo el odio que nos rodea lo que nos convierte de nuevo en extranjeros.
Así, nos guste o no, somos ahora, y seguiremos siendo en adelante, un grupo histórico con características inconfundibles comunes a todos nosotros.
Somos un solo pueblo; nuestros enemigos nos han hecho uno sin nuestro consentimiento, como ocurre repetidamente en la historia.
La angustia nos une y, así unidos, descubrimos de repente nuestra fuerza.
Sí, somos lo suficientemente fuertes como para formar un Estado, y, en verdad, un Estado modelo. Poseemos todos los recursos humanos y materiales necesarios para tal fin.
Este es, por lo tanto, el lugar adecuado para dar cuenta de lo que se ha dado en llamar, de un modo un tanto tosco, nuestro "material humano". Pero este no se apreciaría debidamente hasta que no se hayan trazado primero las líneas generales del plan, de las cuales depende todo.
# EL PLAN
Todo el plan es en su esencia perfectamente simple, como necesariamente debe serlo si ha de estar al alcance de la comprensión de todos.
Concedednos la soberanía sobre una porción del globo terráqueo lo bastante grande para satisfacer las legítimas necesidades de una nación; del resto ya nos encargaremos nosotros mismos.
La creación de un nuevo Estado no es ni ridícula ni imposible. Hemos presenciado el proceso en nuestros días en relación con naciones que no eran en gran medida miembros de la clase media, sino más pobres, menos educadas y, en consecuencia, más débiles que nosotros. Los Gobiernos de todos los países azotados por el antisemitismo estarán sumamente interesados en ayudarnos a obtener la soberanía que deseamos.
El plan, de diseño sencillo pero de ejecución complicada, será llevado a cabo por dos agencias: la Sociedad de los Judíos y la Compañía Judía.
La Sociedad de Judíos hará el trabajo preparatorio en los ámbitos de la ciencia y la política, que la Compañía Judía aplicará posteriormente en la práctica.
La Compañía Judía será el agente liquidador de los intereses comerciales de los judíos que partan, y organizará el comercio y el tráfico en el nuevo país.
No debemos imaginar la partida de los judíos como algo repentino. Será gradual, continua y abarcará muchas décadas. Los más pobres se irán primero a cultivar la tierra.
De acuerdo con un plan preconcebido, construirán carreteras, puentes, vías férreas e instalaciones telegráficas; regularán los ríos y construirán sus propias viviendas; su trabajo creará comercio, el comercio creará mercados y los mercados atraerán a nuevos colonos, pues cada hombre irá voluntariamente, a su propio coste y bajo su propio riesgo.
El trabajo invertido en la tierra aumentará su valor, y los judíos pronto percibirán que aquí se abre una esfera de acción nueva y permanente para ese espíritu de empresa que hasta ahora solo ha encontrado odio y oprobio.
Si deseamos fundar un Estado hoy, no lo haremos de la manera que habría sido la única posible hace mil años. Es necio retroceder a viejas etapas de la civilización, como a muchos sionistas les gustaría hacer.
Suponiendo, por ejemplo, que estuviéramos obligados a limpiar un país de fieras, no acometeríamos la tarea al estilo de los europeos del siglo quinto. No tomaríamos lanza y venablo para salir solos en persecución de osos; organizaríamos una partida de caza grande y activa, acorralaríamos a los animales y arrojaríamos una bomba de melinita en medio de ellos.
Si deseamos realizar operaciones de construcción, no plantaremos una masa de estacas y pilotes en la orilla de un lago, sino que edificaremos como los hombres edifican hoy. En verdad, edificaremos en un estilo más audaz y majestuoso que el adoptado jamás antes, porque ahora poseemos medios que los hombres jamás poseyeron.
Los emigrantes que se encuentran en el escalón económico más bajo serán seguidos lentamente por los de una categoría superior. Los que en este momento viven en la desesperación se irán primero. Estarán encabezados por los intelectos mediocres que producimos con tanta superabundancia y que son perseguidos en todas partes.
Este folleto abrirá un debate general sobre la cuestión judía, pero eso no significa que vaya a votarse al respecto. Un resultado así arruinaría la causa desde el principio, y los disidentes deben recordar que la adhesión o la oposición es enteramente voluntaria. Quien no quiera venir con nosotros debe quedarse atrás.
Que todos los que estén dispuestos a unirse a nosotros se sincronicen tras nuestro estandarte y luchen por nuestra causa con la voz, la pluma y la acción.
Aquellos judíos que estén de acuerdo con nuestra idea de un Estado se adhirirán a la Sociedad, la cual quedará así autorizada para conferenciar y tratar con los Gobiernos en nombre de nuestro pueblo. La Sociedad será reconocida de este modo en sus relaciones con los Gobiernos como un poder creador de Estados. Este reconocimiento creará prácticamente el Estado.
Si las Potencias se declaran dispuestas a admitir nuestra soberanía sobre un trozo neutral de tierra, entonces la Sociedad entrará en negociaciones para la posesión de esta tierra.
Aquí se consideran dos territorios: Palestina y la Argentina. En ambos países se han hecho importantes experimentos de colonización, aunque basados en el principio equivocado de una infiltración gradual de judíos.
Una infiltración está destinada a terminar mal. Continúa hasta el momento inevitable en que la población nativa se siente amenazada y obliga al Gobierno a detener una mayor afluencia de judíos. En consecuencia, la inmigración es inútil a menos que tengamos el derecho soberano de continuar con dicha inmigración.
La Sociedad de los Judíos tratará con los actuales amos de la tierra, poniéndose bajo el protectorado de las Potencias europeas, si estas se muestran favorables al plan.
Podríamos ofrecer a los actuales poseedores de la tierra enormes ventajas, asumir parte de la deuda pública, construir nuevas carreteras para el tráfico, que nuestra presencia en el país haría necesarias, y hacer muchas otras cosas.
La creación de nuestro Estado sería beneficiosa para los países vecinos, porque el cultivo de una franja de tierra aumenta el valor de sus distritos circundantes de innumerables maneras.
# ¿PALESTINA O ARGENTINA?
¿Elegiremos Palestina o la Argentina? Tomaremos lo que se nos dé y lo que sea seleccionado por la opinión pública judía. La Sociedad determinará ambos puntos.
La Argentina es uno de los países más fértiles del mundo, se extiende sobre una vasta superficie, tiene una población escasa y un clima templado. La República Argentina obtendría un beneficio considerable de la cesión de una parte de su territorio a nosotros. La actual infiltración de judíos ciertamente ha producido cierto descontento, y sería necesario ilustrar a la República sobre la diferencia intrínseca de nuestro nuevo movimiento.
Palestina es nuestro inolvidable e histórico hogar. El nombre mismo de Palestina atraería a nuestro pueblo con una fuerza de maravillosa potencia.
Si Su Majestad el Sultán nos diera Palestina, podríamos a cambio encargarnos de regular todas las finanzas de Turquía. Formaríamos allí una parte de un baluarte de Europa contra Asia, un puesto avanzado de la civilización frente a la barbarie.
Como Estado neutral, debemos seguir en contacto con toda Europa, que tendría que garantizar nuestra existencia. Los santuarios de la cristiandad quedarían salvaguardados confiriéndoles un estatuto extraterritorial, tal como es bien conocido en el derecho de gentes.
Debemos formar una guardia de honor en torno a estos santuarios, respondiendo por el cumplimiento de este deber con nuestra existencia. Esta guardia de honor sería el gran símbolo de la solución de la Cuestión Judía después de dieciocho siglos de sufrimiento judío.
DEMANDA, MEDIO, COMERCIO
Dije en el capítulo pasado: «La Compañía Judía organizará el comercio y los negocios en el nuevo país». Insertaré aquí algunas observaciones sobre este punto.
Un plan como el mío corre un grave peligro si se oponen a él personas «prácticas».
Ahora bien, las personas «prácticas» por regla general no son más que hombres sumidos en la rutina diaria, incapaces de salir de un estrecho círculo de ideas anticuadas.
Al mismo tiempo, su opinión contraria tiene un gran peso y puede causarle un daño considerable a un nuevo proyecto, al menos hasta que esta nueva cosa sea lo suficientemente fuerte como para mandar a los "prácticos" y a sus nociones mohosas a hacer puñetas.
En el periodo inicial de la construcción de los ferrocarriles europeos, algunas personas «prácticas» opinaban que era una locura construir ciertas líneas «porque ni siquiera había suficientes pasajeros para llenar las diligencias». No se daban cuenta de la verdad —que ahora nos parece obvia— de que los viajeros no producen los ferrocarriles, sino que, a la inversa, los ferrocarriles producen viajeros, dando por supuesta, por supuesto, la demanda latente.
La imposibilidad de comprender cómo deben crearse el comercio y la industria en un nuevo país que aún falta por adquirir y cultivar puede clasificarse junto con aquellas dudas de las personas «prácticas» acerca de la necesidad de los ferrocarriles. Una persona «práctica» se expresaría más o menos de este modo:
"Dado que la situación actual de los judíos es en muchos lugares insoportable y se agrava día a día; dado que existe el deseo de emigrar; dado incluso que los judíos emigren al nuevo país; ¿cómo se ganarán la vida allí y qué se ganarán? ¿De qué van a vivir una vez allí? El negocio de mucha gente no puede organizarse artificialmente en un día".
A esto debería responder: No tenemos la menor intención de organizar el comercio de forma artificial, y ciertamente no intentaríamos hacerlo en un día. Pero, aunque su organización pueda ser imposible, su promoción no lo es. ¿Y cómo ha de fomentarse el comercio?
Por medio de una demanda. Reconocida la demanda, creado el medio, se establecerá a sí mismo.
Si existe una demanda real y sincera entre los judíos para mejorar su situación; si el medio que se va a crear —la Compañía Judía— es lo suficientemente poderoso, entonces el comercio se extenderá libremente en el nuevo país.