Se había adaptado a una perspectiva mundana de toda la vida.
Por sus esfuerzos, el problema judío fue elevado al nivel superior de una cuestión internacional que, a su juicio, debía ser considerada por la diplomacia ilustrada. Se sintió inspirado a dar a su folleto un título que llamaba la atención.
Escribió "El Estado judío" en un estado de agitación febril. Sus ideas fueron arrojadas caóticamente en el calor abrasador de una revelación espontánea.
Lo que se reveló lo deslumbró y cegó. Alex Bein, en su excelente biografía, ofrece una descripción fascinante, extraída de los "Diarios" de Herzl, de cómo nació "El Estado judío". Fue la revelación de una visión mística con destellos y matices de profecía. Esto es lo que dice Bein:
"Then suddenly the storm breaks upon him. The clouds open. The thunder rolls. The lightning flashes about him. A thousand impressions beat upon him at the same time—a gigantic vision. He cannot think; he is unable to move; he can only write; breathless, unreflecting, unable to control himself or to exercise his critical faculties lest he dam the eruption, he dashes down his thoughts on scraps of paper—walking, standing, lying down, on the street, at the table, in the night—as if under unceasing command. So furiously did the cataract of his thoughts rush through him, that he thought he was going out of his mind. He was not working out the idea. The idea was working him out. It would have been an hallucination had it not been so informed by reason from first to last."
No solo el Título Mágico despertó un interés generalizado entre los intelectuales de la época, sino que sacó a los judíos de los guetos y los hizo conscientes de su origen y destino. Les hizo sentir que había un mundo que podía ganarse para su causa, hasta entonces nunca comunicada a los extraños.