EXCELSIOR.
"Duende, guíalos de arriba abajo."
El fulgor rojizo del poniente ya se desvanecía en las sombrías tinieblas de la noche, cuando se pudo haber observado a dos viajeros descender con rapidez —a paso de seis millas por hora— por la escabrosa ladera de una montaña; el más joven iba saltando de peñasco en peñasco con la agilidad de un cervatillo, mientras su compañero, cuyas ancianas extremidades parecían sentirse incosteables con la pesada cota de malla que los turistas solían vestir habitualmente en aquella región, avanzaba penosamente a su lado con gran esfuerzo.
Como siempre ocurre en tales circunstancias, el caballero más joven fue el primero en romper el silencio.
"—¡Buen paso, a fe mía! —exclamó—. ¡Así no subimos a la carrera!"
"—¡Hermosa, en verdad! —hizo eco el otro con un gemido—. Solo pudimos subirla a tres millas por hora".
—¿Y en terreno llano nuestro ritmo es...?—sugirió el más joven, pues flaqueaba en materia de estadísticas y dejaba todos esos detalles en manos de su anciano compañero.
—A cuatro millas por hora —respondió el otro con cansancio—. Ni una miaja más —añadió, con esa afición a la metáfora tan propia de la vejez—, ¡ni un cuarto menos!
"—Eran las tres pasadas del mediodía cuando dejamos nuestra posada —dijo el joven, pensativo—. Apenas estaremos de vuelta a la hora de