que se sabe, de ningún Estado, régimen o Iglesia antiguos; ni por ningún estatuto que nos hayan dejado nuestros antepasados, antiguos o recientes; ni por la costumbre moderna de ninguna ciudad o Iglesia reformada en el extranjero, sino del concilio más anticristiano y de la Inquisición más tiránica que jamás haya investigado.
Hasta entonces los libros fueron siempre admitidos en el mundo tan libremente como cualquier otro nacimiento; el fruto del cerebro no era más sofocado que el fruto del vientre: ninguna envidiosa Juno se sentaba con las piernas cruzadas ante el nacimiento de la prole intelectual de ningún hombre; mas si resultaba ser un monstruo, ¿quién niega que fuera justamente quemado, o hundido en el mar?
Pero que un libro, en peor condición que un alma pecadora, deba someterse a un jurado antes de nacer al mundo, y sufrir aún en la oscuridad el juicio de Radamanto y sus colegas, antes de poder cruzar de regreso el vado hacia la luz, jamás se había oído antes, hasta que aquella iniquidad misteriosa, provocada y turbada ante la primera entrada de la Reforma, buscó nuevos limbos y nuevos infiernos donde incluir también a nuestros libros dentro del número de sus condenados.
Y este fue el raro bocado arrebatado con tanta intromisión, e imitado tan desairadamente por nuestros obispos inquisiturientes y los frailes menores sus capellanes, que les acompañaban.
Que ahora no os agraden estos celebérrimos autores de esta orden de censura, y que toda intención siniestra estuviera muy lejos de vuestros pensamientos cuando fuisteis importunados para aprobarla, todos los hombres que conocen la integridad de vuestras acciones y cómo honráis la verdad, os absolverán sin vacilar.
Mas dirán algunos, ¿y qué si los inventores fueron malos, la cosa a pesar de ello puede ser buena? Puede ser así; mas si dicha cosa no es un invento tan profundo, sino obvio y fácil de hallar por cualquier hombre, y aun así