que no adulaba; las dos primeras de estas las he procurado yo hasta ahora, rescatando la labor de aquel que se disponía a menoscabar vuestros méritos con un encomio trivial y maligno; la última, por corresponder principalmente a mi propia vindicación —a saber, que a quien así ensalcé no lo adulaba—, ha quedado reservada oportunamente
Porque aquel que ensalza libremente lo que ha sido noblemente hecho, y no temaje declarar con igual libertad lo que podría hacerse mejor, os da la mejor prueba de su fidelidad; y [muestra] que su más leal afecto y su esperanza aguardan vuestros procederes.
Su más alto elogio no es lisonja, y su más claro consejo es una especie de alabanza. Pues aunque yo afirmara y sostuviera mediante argumentos que le iría mejor a la verdad, al saber y a la República si una de vuestras Ordenanzas publicadas, que yo nombraría, fuera retirada; al mismo tiempo ello no podría menos que redundar en gran medida en favor del brillo de vuestro gobierno cauto y equitativo, cuando así se anima a los particulares a pensar que os agrada más el consejo público de lo que otros estadistas se han complacido antaño con la lisonja pública.
Y los hombres verán entonces qué diferencia hay entre la magnanimidad de un Parlamento trienal y aquella celosa altivez de prelados y consejeros de gabinete que usurpó últimamente, al observaros en medio de vuestras victorias y éxitos tolerando con mayor benignidad las objeciones por escrito contra una Ordenanza votada de lo que otras cortes, que no habían producido nada digno de memoria salvo la débil ostentación de la riqueza, habrían soportado la mínima muestra de desagrado ante cualquier proclama repentina.
Si en tan gran medida he de presumir de la apacible conducta de vuestra civil y amable grandeza, Lores y Comunes, que a lo que vuestra Orden publicada ha dicho directamente, el oponerme, podría defenderme con facilidad, si alguien me acusara de novedoso o insolente, con solo saber