revelarse a sus servidores y, según es su usanza, primero a sus ingleses? Digo, según es su usanza, primero a nosotros, aunque no advirtamos el método de sus designios y seamos indignos.
He aquí ahora esta vasta ciudad: una ciudad de refugio, la mansión de la libertad, cercada y rodeada de su protección; el taller de la guerra no tiene allí más yunques y martillos despiertos, para forjar las placas y los instrumentos de la justicia armada en defensa de la verdad asediada, que plumas y cabezas hay allí, sentadas junto a sus lámparas de estudio, meditando, investigando, dando vueltas a nuevas nociones e ideas con las que presentar, como tributo y lealtad, la inminente Reforma: otros leyendo con la misma rapidez, probando todas las cosas, cediendo a la fuerza de la razón y del convencimiento.
¿Qué más podría exigir un hombre a una nación tan flexible y tan propensa a buscar el conocimiento? ¿Qué le falta a un suelo tan propicio y fecundo, sino labradores sabios y fieles, para hacer de ella un pueblo instruido, una nación de profetas, de sabios y de hombres ilustres? Calculamos que faltan más de cinco meses para la cosecha; no hacen falta ni cinco semanas; si tan solo tuviéramos ojos para alzar la vista, los campos ya están blancos.