Pues los libros no son cosas absolutamente muertas, sino que contienen en sí una potencia de vida tan activa como lo era aquella alma cuya progenie son; es decir, preservan como en un frasco la más pura eficacia y extracción de aquel intelecto vivo que los engendró. Sé que son tan vivos y tan vigurosamente productivos como aquellos fabulosos dientes de dragón; y, al ser sembrados por todas partes, bien pueden llegar a brotar hombres armados. Y sin embargo, por otra parte, a menos que se proceda con cautela, casi tan bueno es matar a un hombre como matar a un buen libro. Quien mata a un hombre mata a una criatura razonable, imagen de Dios; pero quien destruye un buen libro, mata a la razón misma, mata la imagen de Dios, por así decirlo, en los ojos. Muchos hombres viven como una carga para la tierra; pero un buen libro es la preciosa sangre vital de un espíritu maestro, embalsamado y atesorado con el propósito de una vida más allá de la vida. Es verdad que ninguna época puede devolver una vida de la cual tal vez no haya gran pérdida; y las revoluciones de las edades no recuperan a menudo la pérdida de una verdad rechazada, por cuya falta naciones enteras sufren las consecuencias.
Debemos ser cautelosos, por tanto, acerca de qué persecución desatamos contra las labores vivas de los hombres públicos, cómo derramamos esa vida sazonada del hombre, preservada y almacenada en los libros; ya que vemos que así se puede cometer una especie de homicidio, a veces un martirio, y si se extiende a toda la tirada, una especie de masacre; cuya ejecución no termina en la muerte de una vida elemental, sino que ataca a esa quintaesencia etérea, el soplo de la razón misma, y mata una inmortalidad más que una vida. Pero para que no se me condene por introducir el libertinaje mientras me opongo a la censura previa, no me es gravoso ser lo suficientemente