Evangelio, resultamos ser los perseguidores.
No han sido pocos desde el principio de este Parlamento, tanto del presbiterio como de otros, quienes mediante sus libros sin licencia, en desprecio de un Imprimatur, rompieron primero aquel triple hielo adherido a nuestros corazones y enseñaron al pueblo a ver la luz del día: espero que ninguno de ellos haya sido el instigador para renovarnos esta servidumbre, contra la cual ellos mismos obraron tanto bien al despreciarla.
Pero si ni la reprimenda que Moisés dio al joven Josué, ni la contraorden que nuestro Salvador dio al joven Juan, tan dispuesto a prohibir a aquellos a quienes creía sin licencia, son suficientes para advertir a nuestros ancianos cuán inaceptable es ante Dios su irritable disposición a prohibir; si ni su propio recuerdo del mal que ha abundado en la Iglesia por este sistema de censura, y del bien que ellos mismos han comenzado al transgredirlo, bastan, sino que han de persuadir y ejecutar la parte más dominica de la Inquisición sobre nosotros, y ya están con un pie en el estribo tan activos en la supresión, no sería una distribución inequitativa, en primer lugar, suprimir a los supresores mismos: a quienes el cambio de su condición ha ensoberbecido más de lo que su reciente experiencia de tiempos más duros los ha hecho sabios.