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Capítulo II

Soy el segundo hijo de un caballero inglés de gran fortuna. Nuestra familia es, creo, una de las más antiguas de este país. Por parte de mi padre, se remonta más allá de la Conquista; por la de mi madre, no es tan antigua, pero el linaje es más noble.

Además de mi hermano mayor, tengo una hermana, menor que yo. Mi madre murió poco después de dar a luz a su última hija.

Circunstancias que se expondrán más adelante me han obligado a abandonar el nombre de mi padre. El honor me ha impuesto la obligación de renunciar a él, y por honor me abstengo de mencionarlo aquí. En consecuencia, al frente de estas páginas solo he puesto mi nombre de pila, sin considerar de ninguna importancia añadir el apellido que he adoptado y que tal vez me vea obligado a cambiar por otro en un futuro no muy lejano. Espero que desde el principio se comprenda ahora por qué nunca menciono a mi hermana y a mi hermano más que por sus nombres de pila; por qué aparece un espacio en blanco allí donde debería figurar el nombre de mi padre; por qué el mío se mantiene oculto en esta narración, tal y como se mantiene oculto en el mundo.

La historia de mi infancia y mi juventud tiene poco de interesante⁠—nada que sea nuevo. Mi educación fue la educación de cientos de otros en mi clase social. Primero me enseñaron en una escuela pública, y luego fui a la universidad para completar lo que se denomina «una educación liberal».

Mi vida en la universidad no me ha dejado un solo recuerdo grato. Encontré que la adulación estaba establecida allí como un principio de acción; ostentando la borla de oro del lord en la calle; entronizada en el estrado del lord en el comedor. Al estudiante más culto de mi colegio —el hombre cuya vida era más ejemplar, cuyos conocimientos eran más admirables— me lo señalaron sentado, como plebeyo, en el lugar más bajo. Al heredero de un condado, que había suspendido en el último examen, se lo señaló pocos minutos después, cenando en solitaria magnificencia en una mesa elevada, por encima de los reverendos eruditos que lo habían rechazado por tonto. Yo acababa de llegar a la Universidad y acababa de ser felicitado por ingresar en «un venerable seminario de aprendizaje y religión».

Por trillada y común que sea, menciono esta circunstancia de mi ingreso en la universidad porque constituyó la primera causa que tendió a mermar mi fe en la institución a la que pertenecía.

No tardé en considerar mi formación universitaria como una especie de mal necesario, que debía soportar con paciencia. No cursé estudios de honor ni me asocié a ningún grupo particular de hombres. Estudié la literatura de Francia, Italia y Alemania; mantuve mis conocimientos clásicos apenas lo suficiente para obtener el título; y abandoné la universidad sin más reputación que la de ser un hombre indolente y reservado.

Cuando regresé a casa, se consideró necesario, dado que era un hijo menor y no podía heredar ninguna de las propiedades rurales de la familia, salvo en el caso de que mi hermano muriera sin hijos, que me dedicara a una profesión.

Mi padre disponía del patronato de algunos "beneficios" eclesiásticos valiosos y tenía buenas influencias con más de un miembro del gobierno. La Iglesia, el ejército, la marina y, en última instancia, la abogacía, se me ofrecieron a elegir. Elegí esta última.

Mi padre pareció sorprenderse un poco de mi elección; pero no hizo ningún comentario al respecto, salvo decirme simplemente que no olvidara que la abogacía era un buen trampolín para el parlamento.

Mi verdadera ambición, sin embargo, no era hacerme un nombre en el parlamento, sino un nombre en la literatura.

Ya me había comprometido en el duro, pero glorioso servicio de la pluma; y estaba decidido a perseverar.

La profesión que me ofrecía las mayores facilidades para llevar a cabo mi proyecto, era la profesión que estaba dispuesto a preferir.

Así que elegí la abogacía.

Así, entré en la vida bajo los más felices auspicios. Aunque era el hijo menor, sabía que la fortuna de mi padre, sin contar sus bienes raíces, me aseguraba una renta independiente muy por encima de mis necesidades. No tenía hábitos extravagantes; ni gustos que no pudiera satisfacer en cuanto surgieran; ni preocupaciones o responsabilidades de clase alguna. Podía ejercer mi profesión o no, según me placiera. Podía dedicarme total e incondicionalmente a la literatura, sabiendo que, en mi caso, la lucha por la fama jamás coincidiría —de forma terrible, aunque gloriosa, coincidiría— con la lucha por el pan. ¡Para mí, la radiante mañana de la vida era un sol sin una sola nube!

Podría intentar, en este lugar, esbozar mi propio carácter tal como era en aquel tiempo. Pero ¿qué hombre puede decir: sondearé la profundidad de mis propios vicios y mediré la altura de mis propias virtudes, y cumpliré mi palabra?

No podemos ni conocernos ni juzgarnos a nosotros mismos; los demás pueden juzgarnos, pero no pueden conocernos: solo Dios juzga y conoce también. Que mi carácter aparezca —en la medida en que cualquier carácter humano pueda aparecer en su integridad, en este mundo— en mis acciones, cuando describa el único pasaje memorable de mi vida que constituye la base de esta narración.

Entre tanto, primero es necesario que diga algo más sobre los miembros de mi familia. Al menos dos de ellos resultarán importantes para el curso de los acontecimientos en estas páginas. No intento juzgar sus caracteres: solo los describo —con acierto o sin él, no lo sé— tal como me parecieron.

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