Manzanares, o sea el Tíber, que todo viene a ser lo mismo; a un sitio que bien podría nominarse la Fuente de la Teja, y que estaba consagrado a las Furias, o si se quiere con más propiedad, a los demonios. Los partidarios de Graco empiezan a desertar porque el gobierno les ofrece destinos y dinero. ¡Perfidia inaudita, escandalosa traición que no volverá a pasar, yo os lo juro!... Al mismo tiempo, Opimio y sus infames cómplices ofrecen pagar a peso de oro la cabeza del gran tribuno. Este se ve perdido. Dice a su esclavo Filócrates que lo mate. Filócrates vacila... ¡momento de angustia y dolor supremo! Los sicarios llegan; los serviles se acercan rugiendo, cual manada de famélicos lobos. Consérvase sereno y tranquilo Cayo. La fuga le es imposible. Suplica a su esclavo por segunda vez que le dé muerte. Este obedece. Hiérese él mismo con el estilete, que era una pluma de las que empleaba aquella gente para escribir sobre papel de cera, y cae, bañando el suelo con su sangre preciosa. Los del cónsul llegan, córtanle la cabeza y van con ella a pedir el vil premio de su hazaña. Decidme, niño, ¿de qué materia llenaron la cavidad cerebral de la patriótica cabeza para que pesara más y aumentase el valor de tan cruento trofeo?
Todas las voces a un tiempo:
—De plomo.
—Perfectamente. Y pesó diecisiete libras. Ahora... basta de historia romana, y pasemos a la retórica. Ea, niños: divídanse los dos bandos. Roma a la izquierda, Cartago a la derecha. Veremos quién ciñe el lauro de la victoria, y quién muerde el polvo en esta honrosa lid de la retórica.