Salvador, prestando escasa atención a las palabras del maestro, escribió despacio y con largos descansos lo siguiente:
«Dispensad, H.·. y M.·. Q.·. H.·., la libertad con que os manifiesto mi pensamiento después de saludaros con los s.·. y b.·. c.·. en este Or.·. de Madrid. »Faltaría a los más altos deberes si no me negara a aceptar vuestros ofrecimientos y la misión que me encomendasteis, porque estando convencido de que ese Or.·. es un centro de libertinaje y de anarquía, y tal como está organizado produce efectos contrarios a los verdaderos principios liberales, deseo que se me considere como H.·. D.·. y se aparte mi humilde persona de todos los trabajos de la O.·. Quizás sea mío el error y no de los de V.·. H.·. pero...»
Al llegar a este punto, se detuvo, recorrió con la vista lo escrito, hizo un gesto de disgusto, y rompiendo el papel empezó a escribir otro.
—¿No sale, no sale la cartita? —dijo D. Patricio sonriendo—. Se conoce que es de amores. No a todos los mortales es dado manifestar elegantemente sus pensamientos en forma literaria. ¿Quiere usted que vea si puedo yo sacarle del paso?
—Gracias; no es preciso... ¿Conque decía usted, señor don Patricio, que el rey...?
—No aprende nunca. Veremos qué tal efecto produce la amonestación de esta tarde. Observe puntualmente la Constitución; sea amigo del pueblo; ame la libertad como la amamos todos, y entonces no habrá más que aclamaciones y flores... ¿Pero estuvo usted anoche en Malta?
—Yo no voy a ese manicomio.
—¿Y en La Fontana? Dicen que van a cerrar los cafés patrióticos.