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nydus/El Grande OrientePublic
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VIII

—¡Fuera, fuera!... Él mismo se ha desenmascarado, y ya sabemos lo que quiere.

—A votar... que se vote la proposición en escrutinio secreto.

—Ahora mismo se va a redactar el acta de acusación.

—¡Fuera!

—¡El acta de acusación!...

—Pedimos que pierda en absoluto los derechos masónicos. Tanta insolencia, esas brutales amenazas, la defensa de nuestros enemigos no pueden quedar sin castigo...

Estas y otras frases pronunciadas en indescriptible tumulto, indicaban la efervescencia que en el templo reinaba, y por largo rato Cicerón se rompía las manos dando martillazos sin poder calmar las olas de aquel mar embravecido. Al fin, auxiliado de Canencia y de otros, lograron serenar un tanto los irritados ánimos, librando asimismo al insolente orador de las manifestaciones un poco brutales que el grupo más entusiasta, la columna del septentrión, si no estamos equivocados, se dispuso a emplear contra él.

—Después de ver lo que veo, me preocupa poco que se vote o no lo que he propuesto —dijo Salvador—. Y en cuanto al acta de acusación, no se tomen mis hermanos el trabajo de redactarla, porque no es preciso que me expulsen. Me expulsaré yo mismo, abandonando para siempre este Orden inútil, enfermo, podrido, que si aún respira y habla como los vivos, ya infesta como los cadáveres.

¡Escándalo inaudito! Aunque lo normal en las tenidas era que se discutiera con tranquilidad, cuando la congregación salomónica se alborotaba parecía un club de los más fogosos. Unos rugían tan cerca del atrevido Aristogitón, que fue necesario que interviniera personalmente el

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