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nydus/El Grande OrientePublic
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XXIII

Campos, deben mantenerse en secreto. Si en el transcurso de la relación son conocidos, enhorabuena; pero no se culpe al novelador de haber manoseado nombres pertenecientes a personas de distinto valor, pero todas respetables, algunas de las cuales han respirado hasta hace poco... y quizás haya alguna que respire todavía.

Los de la camarilla reuníanse en la logia, pero familiarmente y sin ceremonia de rito, como clérigos en la sacristía. De los seis, cuatro eran diputados; y de estos, dos habían sido ministros, y uno lo fue en aquellos días. De los dos restantes, uno casi no era masón, hallándose en la categoría de durmiente, y el otro era Campos. Atención.

Tiene la palabra un joven de treinta y tres años, alto, elegante, fino, airoso. Sus modales y su vestido eran, como su estilo, la corrección misma. Su rostro morenísimo y su gran boca dábanle aspecto de fealdad; pero tenía la belleza de la expresión y un claro sello de hidalguía y caballerosidad que cautivaba. Sus ojos eran negros y vivísimos, llenos de esa luz particular que indica poderosa erección de la fantasía; sus cabellos alborotados y fuertes, algo parecidos a los de Chateaubriand, rodeaban una espaciosa y limpia y celeste frente, emblema del privilegiado artista. Era su voz grave y persuasiva, y si su estilo carecía de arrebato, tenía en cambio la serenidad más simpática y un acento que subyugaba oídos y corazones.

—Nosotros —dijo señalando a su amigo que junto a él se sentaba— estamos decididos a no asociar nuestro nombre a los errores que se están cometiendo. Amamos la libertad con delirio; pero aborrecemos los excesos del populacho y la ignominiosa licencia. Antes que empujar a la nación por este carril que la precipitará en el abismo, nos retiraremos de la política, perderemos toda influencia, perderemos nuestro propio prestigio, y entonces la vergüenza de haber contribuido a este desorden nos servirá de expiación. No se nos oculta que el absolutismo volverá y quizás pronto, si a tiempo no se pone mano en reparar el reino que se

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