pedazo de tiza y en la puertecilla dibujó groseramente una horca con su correspondiente ahorcado, cuidando de poner debajo: Tamajón. En seguida subió: de un cuarto oscuro destinado a trastos sacó dos objetos que guardó cuidadosamente, dirigiéndose al punto en busca de Regato. Momentos después ambos se aproximaban a la puerta del calabozo.
—¿Conque aquí está ese desgraciado? —dijo el agente de Su Majestad—.
—Sí, ya veo la célebre horca y los letreros.
Monsalud abrió y entraron. Al principio la oscuridad no les permitió ver objeto alguno.
—Señor don Matías —dijo Regato adelantando en las tinieblas.
—¿Quién es? —murmuró Gil de la Cuadra.
—Señor Vinuesa...
Monsalud cerró por dentro.
Pasó un rato antes de que el agente conociese el engaño.
—¿Qué es esto? —gritó—. Engaño, traición... ¡Salvador!
—Engaño, traición —repitió este.
—¡Infame, abre pronto, o te ahogo! —exclamó el gato, ciego de ira y amenazando con la crispada zarpa el cuello del joven. Con movimiento rápido echó mano a la espada.
Monsalud levantó el brazo derecho y descargó sobre el agente un bofetón olímpico, una de esas bofetadas supremas y decisivas, que recuerdan la quijada de asno de que Sansón se servía. Regato cayó al suelo. En pocos segundos Monsalud le amordazó.