guerra. La Providencia salvará al partido. No olvidéis, señores, que el Criador del Universo bendijo también los esfuerzos que hicieron Matatías y sus hijos para evadirse de la justa dominación del impío Antioco Epifáneo. Entre tanto desechemos la idea de República. La Constitución establece la monarquía y nosotros respetamos al rey constitucional. No se diga que el partido ha sido el primero en alterar la augusta ley. Dejémosles que ellos se caigan solos; y si nos hicieren ascos y no quisieren nuestra ayuda para mantenerse derechos, ¿me entiende usted?, si prefieren apoyarse en la Santa Alianza y en sus diplomáticos, enviados, farsantes, zascandiles, espías y soplones, en los que fueron pajes de escoba del rey Pepillo, en los serviles españoles de todas clases y ropajes, con bandas, cruces y calvarios, en los de mitra, bonete e hisopo, en los seráficos, angélicos, en los tostadores y sus familiares, plumistas, guardas, alfileres, corchetes y agarrantes, en los que dicen el rey mi amo... entonces nos retiraremos, dejándoles que vayan a donde quieran, pues como dicen en mi tierra, cuanto más se desvía el borrego, mayor topetazo pega.»
Atronadoras exclamaciones de entusiasmo acogieron la frase final del discurso de Romero Alpuente, orador que, como se ha visto, no ha dejado de tener herederos en la política española.
Una voz que parecía cien voces, gritó:
—¡Viva Riego!
Contestó un alarido, y desde entonces el importantísimo debate se convirtió en un importantísimo aquelarre. Romero Alpuente se fue, y en su lugar el señor Regato se dispuso a presidir (no hay otro verbo que pueda emplearse propiamente) el resto de lo que es forzoso llamar sesión.
Un orador pidió que se hiciesen manifestaciones contra la Santa Alianza en la persona de sus plenipotenciarios, idea que fue acogida con satisfactorio y general asentimiento por la asamblea, y procediose al