—¡A Palacio! —exclamó viendo la mucha gente que bajaba hacia San Ginés por delante de su casa y la muchísima que seguía la calle Mayor hacia Platerías—. Hoy tendremos otra gresca. ¿A cuántos estamos?
—A 5 de febrero —repuso un joven que junto a don Patricio apareció con mandil de sastre, sosteniendo en la izquierda mano dos pedazos de tela y en la diestra una aguja—. Parece ser que Narices ha escrito un papel al Ayuntamiento quejándose de los insultos, y para que rabie más, hoy le van a dar más música.
—Aparte de que no me gusta que se hable del soberano con tan poco respeto —dijo el maestro—, lo que has dicho, querido Lucas, me parece muy bien. Pues que no quiere música, désele más música. Si no, que cumpla sus deberes de rey constitucional y marche francamente por la senda aquella de que nos habló el 10 de marzo del año pasado...
Va mucha gente. ¿Por qué no dejas la obra y corres allá? Tal vez ocurra algún acontecimiento digno de ser transmitido a la posteridad.
Yo iré después a La Cruz de Malta, a ver qué se decide esta noche respecto a la exposición que se proyecta dirigir al rey contra el ministerio. Me parece admirable idea, querido Lucas, porque has de saber que yo combato a Argüelles.
—Y yo también —replicó el sastre—. O nos dan un ministerio liberalísimo, que de una vez acabe con todos los tunantes, o el pueblo soberano decidirá en su sabiduría... ¿Dejo el trabajo? ¿Cierro el puesto?
—Deja el trabajo, dimitte laborem, y cierra el puesto, que tiempo hay de mover el paño. Día llegará en que la patria más necesite de bayonetas que de agujas. Si no tuviera que copiar esos pliegos, también husmearía un poco. Ponte el uniforme, hijo, que en estos sucesos públicos bueno es que cada cual se presente con los arreos de su jerarquía. Los uniformes dan respetabilidad. Procura que la muchedumbre no se desborde; amonéstala,