—No; de callarse. Un momento nada más, queridísimo amigo mío.
—Si no digo una palabra... Escriba usted —indicó el maestro recomenzando su interrumpida tarea—. Voy a purificar mi escuela, a barrer, digámoslo así, mientras usted escribe la carta. ¿Quiere usted que se la dicte?
—No, gracias. El asunto es delicado; pero a la tercera ha de salir.
Y, en efecto, salió.