cada instante discurramos el modo de dar al pueblo una nueva dosis de principios, y que no se aparte de nuestra mente la idea de que hoy hemos de ser más liberales que ayer, y mañana más que hoy... Pero ¿se ríe usted?
—No, no me río. Oigo al señor don Patricio con muchísimo gusto.
—Adelante, siempre adelante —añadió Sarmiento con calor—. En virtud de este criterio, yo y todos los verdaderos patriotas hemos dado de lado a la masonería para fundar la grande y altísima, por mil títulos eminente y siempre española Sociedad de Los Comuneros.
—He estado mucho tiempo fuera de Madrid —dijo Salvador—, y al regresar he oído hablar mucho de esa nueva hermandad. Por lo visto, el señor Sarmiento pertenece a ella. Sírvase usted explicarme en qué consiste.
—¡Explicar! ¿A qué vienen esas explicaciones? ¿Por qué no ha