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nydus/Life and Letters of Charles Darwin — Volume 1Public
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CAPÍTULO XIV. — POR EL PROFESOR HUXLEY.

# SOBRE LA RECEPCIÓN DE «EL ORIGEN DE LAS ESPECIES»

Para la generación actual, es decir, la gente que anda unos años a este o al otro lado de los treinta, el nombre de Charles Darwin se alza junto al de Isaac Newton y al de Michael Faraday; y, al igual que ellos, evoca el gran ideal de un buscador de la verdad e intérprete de la Naturaleza.

Piensan en quien lo llevó como una rara combinación de genio, laboriosidad e inquebrantable veracidad, que se ganó su puesto entre los hombres más famosos de la época mediante pura fuerza innata, contra viento y marea de los prejuicios populares, y sin verse alentado por una muestra de favor o reconocimiento por parte de las fuentes oficiales del honor; como alguien que, a pesar de una aguda sensibilidad a la alabanza y a la crítica, y no obstante provocaciones que habrían disculpado cualquier estallido, se mantuvo libre de toda envidia, odio y malicia, ni obró de otro modo que con equidad y justicia ante la injusticia y la iniquidad que se le abalanzaron; al tiempo que, hasta el fin de sus días, estuvo dispuesto a escuchar con paciencia y respeto al más insignificante de los argüidores razonables.

Y con respecto a esa teoría del origen de las formas de vida que poblamos nuestro globo, con la cual el nombre de Darwin está tan estrechamente ligado como el de Newton a la teoría de la gravitación, nada parece estar más lejos de la mente de la generación actual que cualquier intento de ahogarla con el ridículo o de aplastarla mediante la vehemencia de la denuncia.

"La lucha por la existencia" y "La selección natural" se han convertido en palabras de uso cotidiano y en conceptos de todos los días.

La realidad y la importancia de los procesos naturales sobre los cuales Darwin funda sus deducciones ya no se ponen en duda más que las del crecimiento y la multiplicación; y, ya se admita o no la total potencia que se les atribuye, nadie duda de su vasta y trascendental importancia.

Dondequiera que se estudian las ciencias biológicas, el 'Origen de las especies' ilumina los senderos del investigador; dondequiera que se enseñan, impregna el plan de instrucción.

Tampoco ha sido menos profunda la influencia de las ideas darwinianas más allá de los reinos de la biología. La más antigua de todas las filosofías, la de la Evolución, estuvo atada de pies y manos y arrojada a la más absoluta oscuridad durante el milenio de la escolástica teológica. Pero Darwin infundió sangre nueva en el antiguo cuerpo; las ataduras reventaron, y el pensamiento revivido de la antigua Grecia ha demostrado ser una expresión más adecuada del orden universal de las cosas que cualquiera de los esquemas que han sido aceptados por la credulidad y acogidos por la superstición de setenta generaciones posteriores de hombres.

Para cualquiera que estudie los signos de los tiempos, el surgimiento de la filosofía de la Evolución, en actitud de aspirante al trono del mundo del pensamiento, procedente del limbo de las cosas odiadas y, como muchos esperaban, olvidadas, es el acontecimiento más portentoso del siglo XIX.

Pero las armas más eficaces de los modernos defensores de la Evolución fueron forjadas por Darwin; y el «Origen de las especies» ha reclutado a un formidable ejército de combatientes, formados en la rigurosa escuela de la Ciencia Física, cuyos oídos habrían permanecido sordos durante mucho tiempo a las especulaciones de los filósofos a priori.

No creo que ninguna persona sincera e instruida niegue la verdad de lo que acaba de afirmarse. Puede odiar el nombre mismo de la Evolución y negar sus pretensiones tan vehemente a como un jacobita negaba las de Jorge segundo. Pero ahí está —no solo tan solidamente asentada como la dinastía de Hannover, sino felizmente independiente de la sanción parlamentaria— y hasta los más torpes antagonistas han llegado a ver que tienen que habérselas con un adversario cuyos huesos no se van a romper a base de malas palabras.

Hasta los teólogos casi han dejado de enfrentar el sentido llano del Génesis contra el no menos llano sentido de la Naturaleza. Sus representantes más sinceros, o más cautos, han dejado de tratar a la Evolución como si fuera una herejía maldita y se han refugiado en uno de estos dos caminos:

  • O bien niegan que el Génesis tuviera la intención de enseñar verdades científicas, salvando así la veracidad del relato a expensas de su autoridad;
  • o bien agotan sus energías ideando los crueles ingenios del reconciliador y torturan los textos con la vana esperanza de hacerlos confesar el credo de la Ciencia.

Pero, una vez concluida la peine forte et dure, la sincera antigüedad del venerable sufriente siempre vuelve a imponerse. El Génesis es honesto hasta la médula y no pretende ser más de lo que es: un repositorio de tradiciones venerables de origen desconocido, que no reclama ninguna autoridad científica ni la posee.

A medida que mi pluma termina estos pasajes, no puedo sino divertirme al pensar en el terrible revuelo que se habría armado (que en verdad se armó) ante cualquier expresión de opinión similar hace veinticinco años.

De hecho, el contraste entre la condición actual de la opinión pública sobre la cuestión darwiniana; entre la consideración en que se tienen ahora las opiniones de Darwin en el mundo científico; entre la aquiescencia, o al menos la quietud, de los teólogos de orden respetable en la actualidad y el estallido de antagonismo por todas partes en 1858-9, cuando la nueva teoría respecto al origen de las especies se dio a conocer por primera vez a la generación de más edad a la que pertenezco, es tan sorprendente que, de no ser por la prueba documental, a veces me inclinaría a pensar que mis recuerdos son sueños.

Yo mismo siento un gran respeto por la generación más joven (ellos pueden escribir nuestras biografías y desenredar todas nuestras locuras, si se toman la molestia, más adelante), y me alegraría tener la seguridad de que el sentimiento es recíproco; pero me temo que la historia de nuestro trato a Darwin puede resultar un gran obstáculo para esa veneración hacia nuestra sabiduría que me gustaría que demostraran.

Ni siquiera tenemos la excusa de que, hace treinta años, el señor Darwin fuera un novato desconocido, sin derechos a nuestra atención. Por el contrario, sus notables investigaciones zoológicas y geológicas le habían otorgado desde hacía tiempo una sólida posición entre los más eminentes y originales investigadores de la época; mientras que su encantador «Viaje de un naturalista» le había ganado justamente una amplia reputación entre el público general.

Dudo que hubiera entonces algún hombre viviente que tuviera mejor derecho a esperar que cualquier cosa que decidiera decir sobre una cuestión como el Origen de las Especies fuera escuchada con profunda atención y discutida con respeto; y desde luego no había ningún hombre cuyo carácter personal hubiera debido ofrecer una mejor salvaguardia contra los ataques cargados de malignidad y sazonados con descaradas impertinencias.

Sin embargo, tal fue la suerte de uno de los hombres más bondadosos y sinceros que jamás tuve la fortuna de conocer; y tuvieron que pasar los años para que la tergiversación, el ridículo y la denuncia dejaran de ser los componentes más notables de la mayoría de las numerosísimas críticas sobre su obra que brotaban de la prensa. Me repugna desenterrar alguno de estos antiguos escándalos de su más que merecido olvido; pero debo corroborar una afirmación que puede parecer exagerada para la generación actual, y no hay documento justificativo más adecuado para tal fin, ni más digno de tal deshonor, que el artículo de la Quarterly Review de julio de 1860. (No sabía cuando escribí estos pasajes que la autoría del artículo había sido reconocida públicamente. Sin embargo, la confesión no acompañada de penitencia no ofrece motivo para la atenuación de la sentencia; y la bondad con la que el Sr. Darwin habla de su agresor, el obispo Wilberforce (vol. ii.), es un ejemplo tan llamativo de su singular gentileza y modestia, que más bien aumenta la indignación hacia la presunción de su crítico). Desde que Lord Brougham atacó al Dr. Young, el mundo no ha visto una muestra semejante de la insolencia de un pretendiente superficial a maestro en ciencias como esta notable producción, en la cual uno de los observadores más minuciosos, de los razonadores más cautos y de los expositores más sinceros de esta o cualquier otra época, es presentado al escarnio como una persona «voluble», que se esfuerza por «sostener su tejido completamente podrido de conjeturas y especulaciones», y cuyo «modo de tratar a la naturaleza» es reprobado como «totalmente deshonroso para la ciencia natural». Y todo este discurso altisonante, que habría sido indecente en alguien igual al Sr. Darwin, proviene de un escritor cuya falta de inteligencia, de conciencia, o de ambas, es tan grande que, a modo de objeción a las opiniones del Sr. Darwin, puede preguntar: «¿Es creíble que todas las variedades favorables de nabos tiendan a convertirse en hombres?»; que es tan ignorante de la paleontología que es capaz de hablar de las «flores y frutos» de las plantas del período carbonífero; de la anatomía comparada, que puede afirmar seriamente que el aparato venenoso de las serpientes venenosas es «totalmente ajeno a las leyes ordinarias de la vida animal y propio de ellas solas»; de los rudimentos de la fisiología, que puede preguntar: «¿qué ventaja vital podría alterar la forma de los corpúsculos en los que la sangre puede evaporarse?». Tampoco deja de sazonar el crítico este derroche de incapacidad absurda con un poco de estímulo del odium theologicum. Cierta noción de la historia de los conflictos entre la astronomía, la geología y la teología le lleva a dejar una vía de escape abierta mediante la salvedad de que no puede «consentir en someter a prueba la verdad de la ciencia natural mediante la palabra de la Revelación»; pero, a pesar de todo, dedica páginas a exponer su convicción de que la teoría del Sr. Darwin «contradice la relación revelada de la creación con su Creador» y es «incompatible con la plenitud de su gloria».

Si limito mi perspectiva de la acogida del «Origen de las especies» a unos doce meses, más o menos, desde el momento de su publicación, no recuerdo nada tan necio y grosero como el artículo de la «Quarterly Review», a no ser, quizás, que el discurso de un reverendo profesor ante la Sociedad Geológica de Dublín pudiera entrar en competencia con él.

Pero una gran proporción de los críticos del Sr. Darwin guardaba un lamentable parecido con el recensionista de la «Quarterly», en la medida en que carecían ya fuera de la voluntad o del ingenio para hacerse dueños de su doctrina; casi ninguno poseía el conocimiento requerido para seguirlo a través del inmenso campo de la ciencia biológica y geológica que el «Origen» abarcaba; al mismo tiempo que, con demasiada frecuencia, habían prejuzgado el caso por motivos teológicos y, como parece ser inevitable cuando esto ocurre, suplieron la falta de razón con la superfluidad de los insultos.

Pero será más grato y más provechoso examinar aquellas críticas que fueron reconocidas por escritores de autoridad científica, o que llevaban en sí mismas la prueba interna de la mayor o menor competencia y, a menudo, de la buena fe de sus autores.

Restringiendo mi repaso a los doce meses, más o menos, posteriores a la publicación del «Origen», encuentro entre tales críticos a Louis Agassiz («Los argumentos presentados por Darwin en favor de una derivación universal, a partir de una sola forma primaria, de todas las peculiaridades existentes hoy entre los seres vivos no han causado la menor impresión en mi mente»).

«Hasta que se demuestre que los hechos de la Naturaleza han sido interpretados erróneamente por quienes los han recopilado, y que tienen un significado diferente al que ahora se les atribuye generalmente, consideraré por tanto la teoría de la transmutación como un error científico, falsa en sus hechos, anticientífica en su método y perniciosa en su tendencia».—Silliman's 'Journal', julio de 1860, páginas 143, 154. Extracto del 3.er volumen de 'Contributions to the Natural History of the United States'). Murray, un excelente entomólogo; Harvey, un botánico de considerable reputación; y el autor de un artículo en la 'Edinburgh Review', todos ellos muy contrarios a Darwin. Pictet, el distinguido y ampliamente erudito paleontólogo de Ginebra, trata al Sr. Darwin con un respeto que contrasta gratamente con el tono de algunos de los escritores precedentes, pero acepta acompañarle solo un trecho muy corto. («No veo objeciones serias a la formación de variedades por selección natural en el mundo existente, y que, en lo que concierne a épocas anteriores, se puede suponer que esta ley explica el origen de especies estrechamente emparentadas, suponiendo para este propósito un período de tiempo muy largo»).

"Con respecto a las variedades simples y a las especies estrechamente emparentadas, creo que la teoría del señor Darwin puede explicar muchas cosas y arrojar gran luz sobre numerosas cuestiones".—'Sur l'Origine de l'Espece. Par Charles Darwin.' ('Archives des Sc. de la Bibliotheque Universelle de Geneve', páginas 242, 243, marzo de 1860.) Por otra parte, Lyell, hasta entonces un pilar de los antitransmutacionistas (quienes lo miraron desde entonces como Palas Atenea pudo haber mirado a Diana, tras el asunto de Endimión), se declaró darwiniano, aunque no sin interponer una seria salvedad. No obstante, fue un baluarte, y su valiente defensa de la verdad por encima de la coherencia le honró infinitamente. Como evolucionistas, sans phrase, no recuerdo entre los biólogos a más que a Asa Gray, quien libró la batalla espléndidamente en Estados Unidos; a Hooker, que no fue menos vigoroso aquí; al actual sir John Lubbock y a mí mismo. Wallace se encontraba muy lejos, en el archipiélago malayo; pero, aparte de su participación directa en la promulgación de la teoría de la selección natural, ninguna enumeración de las influencias operantes en la época de la que hablo estaría completa sin la mención de su poderoso ensayo 'Sobre la ley que ha regulado la introducción de nuevas especies', publicado en 1855. Al leerlo de nuevo, me ha asombrado recordar cuán pequeña fue la impresión que causó.

En Francia, la influencia de Elie de Beaumont y de Flourens —de quien se dice que «se condenó a la fama eterna» al acuñar para el evolucionismo el mote de «la science moussante» (Uno recuerda el efecto de otro pequeño epigrama académico. Se dice que la llamada teoría vertebral del cráneo fue truncada en ciernes en Francia por el susurro de un académico a su vecino de que, en tal caso, la cabeza de uno era una «vertebre pensante»),— por no hablar de la mala voluntad de otros influyentes miembros del Institut, produjo durante mucho tiempo el efecto de una conspiración de silencio; y transcurrieron muchos años antes de que la Academia se librara del reproche de que el nombre de Darwin no figuraba en la lista de sus miembros.

Sin embargo, un escritor consumado, al margen de las influencias académicas, M. Laugel, publicó una reseña excelente y favorable del «Origen» en la «Revue des Deux Mondes».

Alemania se tomó su tiempo para reflexionar; Bronn produjo una traducción ligeramente censurada del «Origen»; y el «Kladderadatsch» gastó sus bromas sobre el origen simiesco del hombre; pero no recuerdo que ninguna celebridad científica se declarara públicamente en 1860. (Sin embargo, el hombre que ocupa el segundo lugar después de Darwin por su influencia en los biólogos modernos, K.E. von Baer, me escribió en agosto de 1860 expresando su asentimiento general a las opiniones evolucionistas. Su frase, «J'ai enonce les memes idees...que M. Darwin» (volumen II), demuestra en sus escritos posteriores que no significaba nada más que eso).

Ninguno de nosotros soñaba que, en el transcurso de pocos años, la fuerza (y quizás pueda añadir que la debilidad) del «Darwinismus» tendría sus muestras más amplias y brillantes en la tierra del saber.

Si un extranjero se atreve a conjeturar la causa de este curioso intervalo de silencio, supongo que se debió a que una mitad de los biólogos alemanes eran ortodoxos a toda costa, y la otra mitad claramente heterodoxos. Estos últimos eran ya evolucionistas a priori, y debieron de sentir la repugnancia natural de los filósofos deductivos al ver que se les ofrecía un fundamento inductivo y experimental para una convicción a la que habían llegado por un atajo. Es indudablemente molesto enterarse de que, aunque tus conclusiones sean del todo correctas, las razones que tienes para ellas son erróneas, o, al menos, insuficientes.

En conjunto, pues, los partidarios de las opiniones del Sr. Darwin en 1860 eran numéricamente extremadamente insignificantes.

No cabe la menor duda de que, de haberse celebrado un concilio general de la Iglesia científica en aquella época, habríamos sido condenados por una abrumadora mayoría. Y hay pocas dudas también de que, si tal concilio se reuniera ahora, el decreto sería de naturaleza exactamente contraria.

Indicaría una falta de sensatez, así como de modestia, atribuir a los hombres de aquella generación menor capacidad o menor honradez que la que poseen sus sucesores.

¿Cuáles son, pues, las causas que llevaron a hombres instruidos y de juicio equitativo de entonces a llegar a un juicio tan diferente del que parece justo y equitativo a quienes los suceden?

Esa es en verdad una de las cuestiones más interesantes de todas las relacionadas con la historia de la ciencia, y trataré de responderla.

Me temo que, para hacerlo, debo correr el riesgo de parecer egotista. Sin embargo, si cuento mi propia historia es solo porque la conozco mejor que la de los demás.

Creo que debí de leer los 'Vestiges' antes de marcharme de Inglaterra en 1846; pero, si lo hice, el libro me causó muy poca impresión, y no entré en contacto serio con la cuestión de las «Especies» hasta después de 1850.

Por entonces hacía ya mucho tiempo que había dejado atrás la cosmogonía pentateútica, que se me había grabado en el entendimiento infantil como verdad divina, con toda la autoridad de los padres y maestros, y de la cual me había costado no pocos esfuerzos liberarme.

Pero mi mente estaba libre de prejuicios respecto a cualquier doctrina que se presentara, siempre que pretendiera basarse en un razonamiento puramente filosófico y científico. Me parecía entonces (como me lo parece ahora) que la «creación», en el sentido ordinario de la palabra, es perfectamente concebible. No encuentro dificultad alguna en imaginar que, en algún período anterior, este universo no existía; y que hizo su aparición en seis días (o instantáneamente, si así se prefiere), como consecuencia de la voluntad de algún Ser preexistente.

Entonces, como ahora, los argumentos llamados a priori contra el teísmo y, dado un Ser Supremo, contra la posibilidad de actos creativos, me parecieron carentes de fundamento razonable. No tenía entonces, ni tengo ahora, la menor objeción a priori que plantear al relato de la creación de los animales y las plantas dado en el Paraíso perdido, en el que Milton encarna con tanta viveza el sentido natural del Génesis.

Lejos de mí decir que es falso por ser imposible. Me limito a lo que debe considerarse como una petición modesta y razonable de alguna partícula de evidencia de que las especies existentes de animales y plantas se originaron de ese modo, como condición para creer en una afirmación que me parece altamente improbable.

Y, a modo de ser perfectamente justo, tenía exactamente la misma respuesta que dar a los evolucionistas de 1851-8. Dentro de las filas de los biólogos, en aquella época, no encontré a nadie, salvo al Dr. Grant, del University College, que tuviera una sola palabra que decir a favor de la Evolución, y su defensa no estaba concebida para hacer avanzar la causa.

Fuera de estas filas, la única persona conocida por mí cuyo conocimiento y capacidad imponían respeto, y que era, al mismo tiempo, un evolucionista convencido, era el Sr. Herbert Spencer, con quien hice amistad, creo, en 1852, entablando entonces unos lazos de amistad que, me alegra pensar, no han sufrido interrupción alguna.

Fueron muchas y prolongadas las batallas que libramos sobre este tema. Pero ni siquiera la rara habilidad dialéctica de mi amigo y su copiosidad de ilustraciones oportunas pudieron desplazarme de mi postura agnóstica. Me mantuve firme sobre dos fundamentos:

  • primero, que hasta entonces, las pruebas en favor de la transmutación eran totalmente insuficientes;
  • y segundo, que ninguna sugerencia respecto a las causas de la transmutación supuesta, que se hubiera hecho, era de algún modo adecuada para explicar los fenómenos.

Mirando en retrospectiva el estado del conocimiento en aquella época, la verdad es que no veo que ninguna otra conclusión fuera justificable.

Por entonces yo nunca había oído hablar siquiera de la «Biologie» de Treviranus. Sin embargo, había estudiado atentamente a Lamarck y había leído con la debida atención los «Vestigios»; pero ninguno de los dos me ofreció un buen fundamento para cambiar mi actitud negativa y crítica.

En cuanto a los «Vestigios», confieso que el libro simplemente me irritaba debido a la prodigiosa ignorancia y al hábito mental totalmente acientífico manifestado por su autor.

Si es que tuvo alguna influencia en mí, me puso en contra de la Evolución; y la única reseña sobre la que alguna vez tengo remordimientos de conciencia, basándome en una innecesaria crueldad, es una que escribí acerca de los «Vestigios» mientras me encontraba bajo esa influencia.

Con respecto a la Philosophie Zoologique, no es ningún reproche hacia Lamarck decir que la discusión sobre la cuestión de las especies en esa obra, por mucho que pudiera decirse en su favor en 1809, estaba lamentablemente por debajo del nivel de los conocimientos de medio siglo más tarde. En ese intervalo de tiempo, la clarificación de la estructura de los animales y plantas inferiores había dado lugar a concepciones totalmente nuevas sobre sus relaciones; la histología y la embriología, en el sentido moderno, habían sido creadas; la fisiología había sido reconstituida; los hechos de la distribución, geológica y geográfica, se habían multiplicado prodigiosamente y reducido al orden.

Para cualquier biólogo cuyos estudios lo hubieran llevado más allá del mero coleccionismo de especies en 1850, la mitad de los argumentos de Lamarck eran obsoletos y la otra mitad erróneos, o defectuosos, en virtud de haber omitido abordar las diversas clases de pruebas que habían salido a la luz desde su época. Además, su única sugerencia sobre la causa de la modificación gradual de las especies —el esfuerzo excitado por el cambio de condiciones— era, a primera vista, inaplicable a todo el mundo vegetal.

No creo que ningún juez imparcial que lea la Philosophie Zoologique ahora, y que luego emprenda la mordaz y eficaz crítica de Lyell (publicada ya en 1830), esté dispuesto a conceder a Lamarck un lugar mucho más alto en el establecimiento de la evolución biológica que aquel que Bacon se asigna a sí mismo en relación con la ciencia física en general: buccinator tantum.

(Erasmus Darwin promulgó por primera vez las concepciones fundamentales de Lamarck y, con mayor consistencia lógica, las había aplicado a las plantas. Pero los defensores de sus méritos no han logrado demostrar que él se anticipara en ningún aspecto a la idea central del Origen de las especies).

Pero, por una curiosa ironía del destino, la misma influencia que me llevó a depositar tan poca fe en las especulaciones modernas sobre este asunto como en las venerables tradiciones registradas en los dos primeros capítulos del Génesis, fue quizá más potente que cualquier otra para mantener viva una especie de convicción piadosa de que la evolución, a fin de cuentas, resultaría ser verdad. He releído recientemente la primera edición de los Principles of Geology; y cuando considero que este notable libro llevaba casi treinta años en manos de todo lector, y que transmite a cualquier lector de inteligencia ordinaria un gran principio y un gran hecho —el principio de que el pasado debe explicarse por el presente, a menos que se demuestre lo contrario con buenas razones; y el hecho de que, hasta donde llega nuestro conocimiento de la historia pasada de la vida en nuestro globo, no se puede demostrar tal razón (El mismo principio y el mismo hecho guían el resultado de toda investigación histórica sólida. La History of Greece de Grote es producto del mismo movimiento intelectual que los Principles de Lyell)—, no puedo por menos que creer que Lyell, para los demás como para mí mismo, fue el principal artífice en allanar el camino para Darwin. Pues el uniformismo consecuente postula la evolución tanto en el mundo orgánico como en el inorgánico. El origen de una nueva especie por agencias distintas de las ordinarias constituiría una «catástrofe» infinitamente mayor que cualquiera de aquellas que Lyell eliminó con éxito de la especulación geológica sensata.

De hecho, nadie era más consciente de esto que el propio Lyell. (Lyell, con toda la razón, reclama esta posición para sí mismo. Habla de haber "defendido una ley de continuidad incluso en el mundo orgánico, en la medida de lo posible sin adoptar la teoría de la transmutación de Lamarck"... )

"Pero mientras yo enseñaba que tan a menudo como ciertas formas de animales y plantas desaparecían, por razones bastante comprensibles para nosotros, otras tomaban su lugar en virtud de una causalidad que estaba más allá de nuestra comprensión; le quedó a Darwin acumular la prueba de que no hay interrupción entre las especies entrantes y salientes, de que son obra de la evolución, y no de una creación especial...

"Ciertamente había preparado el terreno en este país, en seis ediciones de mi obra antes de que apareciera 'Vestigios de la creación' en 1842 [1844], para la recepción de la evolución gradual e insensible de las especies de Darwin".—('Life and Letters', Carta a Haeckel, volumen II, página 436. 23 de noviembre de 1868.)

Si uno lee detenidamente cualquiera de las ediciones anteriores de los 'Principios' (especialmente a la luz de la interesante serie de cartas publicadas recientemente por el biógrafo de Sir Charles Lyell), es fácil ver que, a pesar de toda su enérgica oposición a Lamarck, por un lado, y al cuasiprogresismo ideal de Agassiz, por el otro, Lyell, en su fuero interno, estaba muy dispuesto a explicar el origen de todas las especies de seres vivos, pasadas y presentes, mediante causas naturales. Pero le habría gustado, al mismo tiempo, conservar el nombre de creación para un proceso natural que imaginaba incomprensible.

En una carta dirigida a Mantell (fechada el 2 de marzo de 1827), Lyell habla de haber leído recién a Lamarck; expresa su entusiasmo por las teorías de este y su propia libertad respecto a cualquier objeción de índole teológica. Y aunque es evidente que le alarma el origen pitecoide del hombre que conlleva la doctrina de Lamarck, observa:—

"Pero, después de todo, ¡qué cambios pueden experimentar realmente las especies! Qué imposible será distinguir y trazar una línea más allá de la cual algunas de las llamadas especies extintas nunca hayan pasado a convertirse en recientes."

De nuevo, el siguiente pasaje notable aparece en la posdata de una carta dirigida a sir John Herschel en 1836:—

"En lo que respecta al origen de las nuevas especies, me alegra mucho descubrir que consideras probable que este pueda llevarse a cabo mediante la intervención de causas intermedias. Dejé esto más bien para que se dedujera, ya que no creía que valiera la pena ofender a cierta clase de personas expresando con palabras lo que no sería más que una especulación."

(En el mismo sentido, véase la carta a Whewell, 7 de marzo de 1837, volumen ii., página 5):—

"En cuanto a este último tema [los cambios de un grupo de especies animales y vegetales a otro]... recuerdas lo que Herschel dijo en su carta. Si yo hubiera afirmado con tanta claridad como él la posibilidad de que la introducción u origen de nuevas especies fuera un proceso natural, por oposición a uno milagroso, habría levantado en mi contra una multitud de prejuicios que, por desgracia, se oponen a cada paso a cualquier filósofo que intente dirigirse al público sobre estos temas misteriosos".

Véase también la carta a Sedgwick, 12 de enero de 1838, vol. II, pág. 35.)

Continúa refiriéndose a las críticas de las que ha sido objeto bajo el argumento de que, al dejar que las especies tengan su origen en un milagro, es incoherente con su propia doctrina del uniformismo; y deja entrever que no había respondido debido a su oposición general a la controversia.

Los contemporáneos de Lyell no carecían por completo de ciertos indicios de su doctrina esotérica. La «Historia de las ciencias inductivas» de Whewell, cualquiera que sea su valor filosófico, siempre merece ser leída y resulta siempre interesante, aunque no sea por otro motivo que el de servir como testimonio de los límites especulativos dentro de los cuales un eclesiástico de alto rango podía, en aquel entonces, moverse con total libertad. En el curso de su discusión sobre el uniformismo, el enciclopédico Master del Trinity observa:—

"Mr. Lyell, en verdad, ha hablado de una hipótesis según la cual «la creación sucesiva de especies puede constituir una parte regular de la economía de la naturaleza», pero no creo que haya descrito este proceso en parte alguna de modo que aparezca en qué departamento de la ciencia debemos situar la hipótesis. ¿Estas nuevas especies son creadas mediante la producción, a largos intervalos, de una prole de especie distinta a la de los padres? ¿O las especies así creadas son producidas sin padres? ¿Son evolucionadas gradualmente a partir de alguna sustancia embrionaria? ¿O surgen de repente del suelo, como en la creación del poeta?...

"Alguna selección de una de estas formas de la hipótesis, en lugar de las otras, junto con evidencia para dicha selección, es indispensable para conferirnos el derecho de colocarla entre las causas conocidas de cambio, las cuales estamos considerando en este capítulo. La mera convicción de que ha tenido lugar una creación de especies, ya sea una o muchas veces, en tanto permanezca desconectada de nuestras ciencias orgánicas, es un dogma de la Teología Natural más que de la Filosofía Física". (La 'Historia' de Whewell, volumen iii, páginas 639-640 [2.ª edición, 1847].)

La primera parte de esta crítica parece perfectamente justa y apropiada; pero, a partir del párrafo final, Whewell se imagina evidentemente que por «creación» Lyell entiende una intervención preternatural de la Divinidad; mientras que la carta a Herschel muestra que, en su propia mente, Lyell se refería a la causación natural; y no veo razón para dudarlo (Los siguientes pasajes de las cartas de Lyell me parecen decisivos en este punto):—

A Darwin, 3 de octubre de 1859 (ii, 325), al leer por primera vez el «Origen».

"Hace mucho que veo con toda claridad que, si se hace alguna concesión, todo lo que usted reclama en sus páginas finales se seguirá de ello.

"Es esto lo que me ha hecho vacilar durante tanto tiempo, sintiendo siempre que el caso del Hombre y sus Razas, y el de otros animales, y el de las plantas, es uno y el mismo, y que si se admite una vera causa por un instante, en lugar de una puramente desconocida e imaginaria, como la palabra «creación», todas las consecuencias deben seguirse."

To Darwin, March 15, 1863 (volume ii. page 365).

"Recuerdo que fue la conclusión a la que él [Lamarck] llegó sobre el hombre la que me fortificó hace treinta años contra la gran impresión que sus argumentos causaron al principio en mi espíritu, tanto mayor cuanto que Constant Prevost, alumno de Cuvier hace cuarenta años, me expresó su convencimiento de «que Cuvier pensaba que las especies no eran reales, pero que la ciencia no podía avanzar sin dar por sentado que lo eran»."

A Hooker, 9 de marzo de 1863 (volumen II, página 361), en referencia al sentimiento de Darwin sobre la «Antigüedad del hombre».

"Él [Darwin] parece muy decepcionado de que no llegue tan lejos como él, o de que no hable con mayor claridad. Solo puedo decir que he hablado hasta el límite absoluto de mis convicciones actuales, e incluso más allá de mi estado de SENTIMIENTO en cuanto a la descendencia ininterrumpida del hombre a partir de los animales, y descubro que estoy medio convirtiendo a no pocos que estaban en armas contra Darwin, y que aún hoy lo están contra Huxley." Habla de haber tenido que abandonar "ideas viejas y largamente atesoradas, que constituían para mí el encanto de la parte teórica de la ciencia en mis primeros días, cuando creía con Pascal en la teoría, como la llama Hallam, del 'arcángel caído'."

Véase el mismo sentimiento en la carta a Darwin, del 11 de marzo de 1863, página 363:—

«Creo que la vieja "creación" es casi tan necesaria como siempre, pero por supuesto adopta una nueva forma si se adoptan los puntos de vista de Lamarck mejorados por los suyos».

que, de haber podido Sir Charles evitar el corolario inevitable del origen pitecoide del hombre —hacia el cual, hasta el fin de su vida, abrigó una profunda antipatía—, habría defendido la eficacia de las causas en activo funcionamiento para originar la condición del mundo orgánico con tanta firmeza como abanderó esa doctrina en lo que respecta a la naturaleza inorgánica.

El hecho es que un ojo perspicaz podría haber visto que alguna forma u otra de la doctrina de la transmutación era inevitable, desde el momento en que la verdad enunciada por William Smith de que los estratos sucesivos se caracterizan por diferentes clases de restos fósiles se convirtió en una ley de la naturaleza firmemente establecida. Nadie ha expuesto las consecuencias especulativas de esta generalización mejor que el historiador de las «Ciencias Inductivas»:—

"Pero el estudio de la geología nos abre el espectáculo de muchos grupos de especies que se han sucedido, en el curso de la historia de la tierra, a vastos intervalos de tiempo; un conjunto de animales y plantas desapareciendo, según parecería, de la faz de nuestro planeta, y otros, que antes no existían, convirtiéndose en los únicos ocupantes del globo. Y el dilema se nos presenta entonces de nuevo:—o debemos aceptar la doctrina de la transmutación de especies, y debemos suponer que las especies organizadas de una época geológica fueron transmutadas en las de otra mediante alguna acción prolongada de causas naturales; o bien, debemos creer en muchos actos sucesivos de creación y extinción de especies, fuera del curso ordinario de la naturaleza; actos que, por consiguiente, podemos llamar propiamente milagrosos." (Whewell, History of the Inductive Sciences. 2.ª edición, 1847, volumen III, páginas 624-625. Véase el veredicto del autor en las páginas 638-39.)

El Dr. Whewell se decide en favor de esta última conclusión. Y si alguien le hubiera acosado con las cuatro preguntas que le dirige a Lyell en el pasaje ya citado, todo lo que puede decirse ahora es que ciertamente habría rechazado la primera.

Pero, ¿habría tenido realmente el valor de decir que un Rhinoceros tichorhinus, por ejemplo, «fue producido sin padres», o que «fue evolucionado a partir de alguna sustancia embrionaria», o que brotó repentinamente del suelo como el león de Milton «patendiendo para liberar sus extremidades traseras»?

Me permito dudar de que incluso el consagrado valor del director del Trinity —físico, intelectual y moral— hubiera estado a la altura de semejante hazaña.

Sin duda, la concurrencia repentina de media tonelada de moléculas inorgánicas en un rinoceronte vivo es concebible y, por tanto, puede ser posible. Pero, ¿se encuentra tal acontecimiento lo suficientemente dentro de los límites de la probabilidad como para justificar la creencia en su ocurrencia sobre la base de cualquier evidencia alcanzable, o, en verdad, imaginable?

En vista de la afirmación (repetida con frecuencia en los primeros tiempos de la oposición a Darwin) de que no había añadido nada a Lamarck, es muy interesante observar que la posibilidad de una quinta alternativa, además de las cuatro que ha expuesto, ni siquiera se le ha ocurrido a la mente del Dr. Whewell.

La sugerencia de que las nuevas especies pueden ser el resultado de la acción selectiva de las condiciones externas sobre las variaciones respecto a su tipo específico que presentan los individuos —y que llamamos «espontáneas» porque ignoramos su causa— es tan totalmente desconocida para el historiador de las ideas científicas como lo era para los especialistas en biología antes de 1858.

Pero esa sugerencia es la idea central de El origen de las especies y contiene la quintaesencia del darwinismo.

Así, mirando hacia el pasado, me parece que mi propia postura de expectación crítica era justa y razonable, y debió de ser adoptada, por las mismas razones, por muchas otras personas.

Si Agassiz me decía que las formas de vida que sucesivamente habían poblado el globo eran las encarnaciones de sucesivos pensamientos de la Divinidad; y que había borrado un conjunto de estas encarnaciones mediante una espantosa catástrofe geológica tan pronto como Sus ideas adoptaban una forma más avanzada, me encontraba no solo incapaz de admitir la exactitud de las deducciones a partir de los hechos de la paleontología en los que se fundaba esta asombrosa hipótesis, sino que tenía que confesar mi carencia de cualquier medio para comprobar la corrección de su explicación de los mismos.

Y además de eso, de ningún modo podía ver qué era lo que explicaba la explicación. Tampoco me ayudaba que un eminente anatomista me dijera que las especies se habían sucedido unas a otras en el tiempo en virtud de «una ley creacional de funcionamiento continuo». Eso me parecía poco más que decir que las especies se habían sucedido unas a otras, en forma de una resolución captavotos, con la palabra «ley» para complacer al hombre de ciencia, y «creacional» para atraer a los ortodoxos.

Así que me refugié en esa thätige Skepsis que Goethe tan bien ha definido; e, invirtiendo el precepto apostólico de ser todo para todos los hombres, solía defender la sustentabilidad de las doctrinas recibidas cuando tenía que vérselas con los transmutacionistas, y defendía la posibilidad de la transmutación entre los ortodoxos; incrementando con ello, sin duda, una reputación ya existente, pero totalmente inmerecida, de combatividad innecesaria.

Recuerdo que, en el transcurso de mi primera entrevista con el Sr. Darwin, expresé mi creencia en la nitidez de las líneas de demarcación entre los grupos naturales y en la ausencia de formas de transición, con toda la confianza de la juventud y del conocimiento imperfecto. No era consciente, en ese momento, de que él llevaba ya muchos años meditando sobre la cuestión de las especies; y la sonrisa irónica que acompañó su suave respuesta, de que tal no era del todo su punto de vista, me persiguió y desconcertó durante mucho tiempo. Pero parecería que cuatro o cinco años de arduo trabajo me habían permitido comprender lo que aquello significaba; pues Lyell («Life and Letters», volumen II, página 212), escribiendo a Sir Charles Bunbury (con fecha del 30 de abril de 1856), dice:—

"When Huxley, Hooker, and Wollaston were at Darwin's last week they (all four of them) ran a tilt against species—further, I believe, than they are prepared to go."

No recuerdo nada de esto más allá del hecho de haber encontrado al Sr. Wollaston; y, a excepción de la clara seguridad de Sir Charles en cuanto a «los cuatro», habría pensado que mi outrecuidance era probablemente una réplica al conservadurismo de Wollaston. En cuanto a Hooker, él ya era, como el Habacuc de Voltaire, «capaz de todo» en lo que respecta a la defensa de la Evolución.

Como ya he dicho, supongo que la mayoría de aquellos de mis contemporáneos que reflexionaron seriamente sobre el asunto se encontraban muy en mi propio estado de ánimo: inclinados a decir tanto a los mosaístas como a los evolucionistas: «¡plaga os a ambas casas!», y dispuestos a desviar la atención de una discusión interminable y Aparentemente infructuosa para laborar en los campos fértiles de los hechos comprobables.

Y, por lo tanto, puedo suponer además que la publicación de los artículos de Darwin y Wallace en 1858, y más aún la del «Origen» en 1859, tuvo sobre ellos el efecto de un destello de luz que, a un hombre que se ha perdido en una noche oscura, le revela de repente un camino que, ya lo conduzca directamente a casa o no, ciertamente va en su dirección.

Lo que buscábamos, y no podíamos encontrar, era una hipótesis respecto al origen de las formas orgánicas conocidas, que no supusiera la actuación de más causas que aquellas cuya acción real pudiera demostrarse. No queríamos comprometer nuestra fe en esa ni en ninguna otra especulación, sino hacernos con conceptos claros y definidos que pudieran confrontarse con los hechos y ver su validez probada.

El «Origen» nos proporcionó la hipótesis de trabajo que buscábamos. Además, hizo el inmenso servicio de liberarnos para siempre del dilema: rechácese la hipótesis de la creación, ¿y qué tenéis que proponer que pueda ser aceptado por cualquier razonador prudente?

En 1857 no tenía ninguna respuesta preparada, y no creo que nadie más la tuviera. Un año después, nos reprochábamos nuestra torpeza por habernos dejado perplexos ante tal indagación. Mi reflexión, cuando hube dominado por primera vez la idea central del «Origen», fue: «¡Qué extraordinariamente estúpido no haber pensado en eso!».

Supongo que los compañeros de Colón dijeron más o menos lo mismo cuando este hizo ponerse el huevo en pie. Los hechos de la variabilidad, de la lucha por la existencia, de la adaptación a las condiciones, eran bastante notorios; pero ninguno de nosotros había sospechado que el camino hacia el corazón del problema de las especies pasaba por ellos, hasta que Darwin y Wallace disiparon la oscuridad y la almenara del «Origen» guio a los desorientados.

Que la forma particular que la doctrina de la evolución, aplicada al mundo orgánico, adoptó en manos de Darwin resultara definitiva o no, me era indiferente.

En mis primeras críticas al «Origen», me aventuré a señalar que su fundamento lógico era inseguro en tanto que los experimentos de cría selectiva no hubieran producido variedades que fuesen más o menos infértiles; y esa inseguridad subsiste hasta el día de hoy.

Pero, con cualquier y toda duda crítica que mi ingenio escéptico pudiera sugerir, la hipótesis darwiniana seguía siendo incomparablemente más probable que la hipótesis de la creación. Y si ninguno de nosotros había sido capaz de discernir la importancia capital de algunos de los hechos naturales más patentes y notorios hasta que nos fueron, por así decirlo, metidos bajo las narices, ¿qué fuerza le quedaba al dilema: creación o la nada?

Era obvio que, en adelante, la probabilidad de que los eslabones de la causalidad natural estuvieran ocultos a nuestros ojos miopes sería inmensamente mayor que la de que la causalidad natural fuera incapaz de producir todos los fenómenos de la naturaleza. El único curso racional para quienes no tenían otro objetivo que la consecución de la verdad era aceptar el «darwinismo» como una hipótesis de trabajo y ver qué se podía hacer con él.

O bien demostraría su capacidad para elucidar los hechos de la vida orgánica, o bien se vendría abajo bajo la presión. Este era sin duda el dictado del sentido común; y, por una vez, el sentido común se impuso. El resultado ha sido ese completo volte-face de todo el mundo científico que debe de parecerle tan sorprendente a la generación actual.

No quiero decir que todos los líderes de la ciencia biológica se hayan declarado darwinianos; pero no creo que haya un solo zoólogo, botánico o paleontólogo, entre la multitud de investigadores activos de esta generación, que no sea un evolucionista profundamente influido por las opiniones de Darwin.

Cualquiera que sea el destino último de la teoría particular propuesta por Darwin, me atrevo a afirmar que, hasta donde alcanza mi conocimiento, todo el ingenio y toda la erudición de los críticos hostiles no les han permitido aducir un solo hecho del cual pueda decirse que es irreconciliable con la teoría darwiniana.

En la prodigiosa variedad y complejidad de la naturaleza orgánica, hay multitud de fenómenos que no se pueden deducir de ninguna de las generalizaciones a las que hemos llegado hasta ahora. Pero lo mismo puede decirse de cualquier otra clase de objetos naturales. Creo que los astrónomos aún no logran poner los movimientos de la luna en perfecta concordancia con la teoría de la gravitación.

Sería inapropiado, aun de ser posible, discutir en el curso de esta breve historia de la recepción de la gran obra del señor Darwin las dificultades y los problemas no resueltos que hasta ahora han salido al paso del evolucionista, y que probablemente seguirán desconcertándole durante generaciones.

Pero hay dos o tres objeciones de carácter más general, fundamentadas —o supuestamente fundamentadas— en bases filosóficas y teológicas, que se expresaron con fuerza en los primeros tiempos de la controversia darwiniana y que, aunque han sido respondidas una y otra vez, surgen de vez en cuando hasta el día de hoy.

La más singular de estas falacias, quizá inmortales, que sobreviven, a la manera de Titono, cuando el sentido y la fuerza hace tiempo que las han abandonado, es aquella que acusa al Sr. Darwin de haber intentado reinstaurar a la vieja diosa pagana, el Azar. Se dice que supone que las variaciones ocurren «por azar», y que los más aptos sobreviven a los «azares» de la lucha por la existencia, y así se sustituye el «azar» por el designio providencial.

No deja de ser sorprendente que se formule una acusación tal contra un escritor que ha advertido una y otra vez a sus lectores que, cuando utiliza la palabra «espontáneo», simplemente quiere decir que ignora la causa de aquello que así denomina; y cuya teoría entera se viene abajo si se niega la uniformidad y regularidad de la causalidad natural durante pasados e ilimitados tiempos.

Pero probablemente la mejor respuesta a quienes hablan de que el darwinismo significa el reino del «azar» sea preguntarles qué entienden ellos mismos por «azar». ¿Creen acaso que algo en este universo sucede sin razón o sin causa? ¿Conciben realmente que algún acontecimiento carezca de causa y no hubiera podido ser predicho por nadie que tuviera una comprensión suficiente del orden de la Naturaleza?

Si es así, son ellos quienes heredan la superstición y la ignorancia antiguas, y cuyas mentes jamás han sido iluminadas por un rayo de pensamiento científico.

El único acto de fe del converso a la ciencia es la confesión de la universalidad del orden y de la validez absoluta, en todos los tiempos y bajo todas las circunstancias, de la ley de causalidad. Esta confesión es un acto de fe porque, por la naturaleza del asunto, la verdad de tales proposiciones no es susceptible de demostración. Pero tal fe no es ciega, sino razonable; porque es invariablemente confirmada por la experiencia y constituye el único fundamento fiable para toda acción.

Si una de estas personas, en quienes el culto al azar de nuestros más remotos antepasados sobrevive de manera tan extraña, se encuentra cerca del mar cuando sopla un fuerte vendaval, que se dirija a la costa y contemple la escena.

Que observe la infinita variedad de forma y tamaño de las olas que se agitan mar adentro; o las curvas de sus rompientes coronadas de espuma, al estrellarse contra las rocas; que escuche el estruendo y el chirrido de los cantos rodados al ser arrojados y arrastrados playa abajo; o que mire los copos de espuma impulsados de aquí para allá por el viento; o que observe el juego de colores que responde a un rayo de sol al incidir sobre la miríada de burbujas. Ciertamente aquí, si en algún lugar, dirá que el azar es supremo, y doblará la rodilla como quien ha entrado en los penetrales mismos de su divinidad.

Pero el hombre de ciencia sabe que aquí, como en todas partes, se manifiesta un orden perfecto; que no hay una sola curva en las olas, ni una sola nota en el coro aullador, ni un solo destello de arco iris en una burbuja, que no sea consecuencia necesaria de las leyes establecidas de la naturaleza; y que, con un conocimiento suficiente de las condiciones, una aptitud físico-matemática competente podría explicar y, de hecho, predecir cada uno de estos acontecimientos «fortuitos».

Una segunda objeción, muy común, a las opiniones del señor Darwin era (y es) que abolen la teleología y vacían de contenido el argumento del diseño. Hace casi veinte años que me atreví a ofrecer algunas observaciones sobre este tema y, como mis argumentos aún no han recibido refutación alguna, espero que se me disculpe por reproducirlos. Observé «que la doctrina de la evolución es el más formidable adversario de todas las formas comunes y toscas de la teleología. Pero tal vez el servicio más notable prestado a la filosofía de la biología por el señor Darwin sea la reconciliación de la teleología y la morfología, y la explicación de los hechos de ambas que ofrecen sus puntos de vista. La teleología que supone que el ojo, tal como lo vemos en el hombre o en uno de los vertebrados superiores, fue hecho con la estructura exacta que presenta con el propósito de permitir ver al animal que lo posee, ha recibido indudablemente su golpe de gracia. Sin embargo, es necesario recordar que existe una teleología más amplia a la que la doctrina de la evolución no afecta, sino que se basa en realidad en la proposición fundamental de la evolución. Esta proposición es que el mundo entero, vivo y no vivo, es el resultado de la interacción mutua, según leyes definidas, de las fuerzas (ahora me gustaría sustituir la palabra fuerzas por "potencias") que poseen las moléculas de las que se componía la nebulosidad primitiva del universo. Si esto es así, no es menos cierto que el mundo existente yacía potencialmente en el vapor cósmico, y que una inteligencia suficiente habría podido, a partir del conocimiento de las propiedades de las moléculas de ese vapor, predecir, digamos, el estado de la fauna de Bretaña en 1869, con tanta certeza como se puede decir lo que le sucederá al vapor del aliento en un día frío de invierno...

...Las perspectivas teleológica y mecánica de la naturaleza no son, necesariamente, mutuamente excluyentes. Por el contrario, cuanto más puramente mecanicista es el especulador, con mayor firmeza presupone una disposición molecular primordial de la cual todos los fenómenos del universo son consecuencia, y más completamente queda por ello a merced del teleólogo, quien siempre puede desafiarlo a demostrar que dicha disposición molecular primordial no tenía el propósito de desarrollar los fenómenos del universo.

(«Genealogy of Animals» [«La academia», 1869], reimpreso en «Critiques and Addresses».)

El agudo defensor de la Teleología, Paley, no vio dificultad en admitir que la «producción de cosas» puede ser el resultado de series de disposiciones mecánicas fijadas de antemano por designio inteligente y mantenidas en acción por un poder en el centro (Natural Theology, capítulo xxiii.), es decir, aceptó prolépticamente la doctrina moderna de la Evolución; y sus sucesores harían bien en seguir a su líder, o al menos en prestar atención a sus ponderados razonamientos, antes de lanzarse a un antagonismo que no tiene fundamento razonable.

Habiendo descartado la creencia en el azar y la incredulidad en el diseño, por no ser en absoluto atributos de la Evolución, la tercera calumnia contra dicha doctrina, a saber, que es antiteísta, tal vez podría dejarse a su propia suerte. Pero la persistencia con que muchas personas se niegan a extraer las consecuencias más evidentes de las proposiciones que profesan aceptar, hace aconsejable señalar que la doctrina de la Evolución no es ni antiteísta ni teísta.

Simplemente no tiene más que ver con el Teísmo que el primer libro de Euclides. Es bastante seguro que un huevo fresco y normal no contiene ni gallo ni gallina; y también es tan seguro como cualquier proposición de la física o de la moral que, si tal huevo se mantiene en las condiciones adecuadas durante tres semanas, se encontrará en él un polluelo, ya sea gallo o gallina.

También es bastante seguro que, si la cáscara fuera transparente, podríamos observar la formación del ave joven, día tras día, mediante un proceso de evolución, desde un germen celular microscópico hasta su tamaño completo y complejidad de estructura. Por lo tanto, la evolución, en el sentido más estricto, está ocurriendo realmente en este y en análogos millones y millones de casos, dondequiera que existan criaturas vivas.

Por consiguiente, para tomar prestado un argumento de Butler, dado que lo que ahora sucede debe ser coherente con los atributos de la Divinidad, si tal Ser existe, la Evolución debe ser coherente con dichos atributos. Y, de ser así, la evolución del universo, que no es ni más ni menos explicable que la de un pollo, también debe ser coherente con ellos.

La doctrina de la Evolución, por lo tanto, ni siquiera entra en contacto con el Teísmo, considerado como una doctrina filosófica. Con lo que sí choca, y con lo que es absolutamente incongruente, es con la concepción de la creación que los especuladores teológicos han basándose en la historia narrada al principio del libro del Génesis.

Se habla mucho, y no con poca lamentación, acerca de las llamadas dificultades religiosas que la ciencia física ha creado. En la ciencia teológica, a decir verdad, no ha creado ninguna. Ni un solo problema se le presenta hoy en día al teísta filosófico que no haya existido desde el momento en que los filósofos comenzaron a razonar los fundamentos lógicos y las consecuencias lógicas del teísmo.

Todas las perplejidades, reales o imaginarias, que se desprenden de la concepción del universo como un mecanismo determinado, están igualmente implicadas en la presunción de una Deidad Eterna, Omnipotente y Omnisciente. El equivalente teológico de la concepción científica del orden es la Providencia; y la doctrina del determinismo se sigue con tanta certeza de los atributos de la presciencia asumidos por el teólogo, como de la universalidad de la causación natural asumida por el hombre de ciencia.

A los ángeles de Paraíso perdido no les habría resultado ni un ápice más difícil la tarea de iluminar a Adán sobre los misterios del «destino, la presciencia y el libre albedrío», si su alumno se hubiera educado en una Realschule y se hubiera formado en todos los laboratorios de una universidad moderna.

Respecto a los grandes problemas de la filosofía, la generación posterior a Darwin se encuentra, en cierto sentido, exactamente donde estaban las generaciones anteriores a Darwin. Siguen siendo insolubles. Pero la generación actual tiene la ventaja de estar mejor provista de los medios para liberarse de la tiranía de ciertas soluciones falsas.

Lo conocido es finito, lo desconocido infinito; intelectualmente nos encontramos en un islote en medio de un océano ilimitado de inexplicabilidad.

Nuestra tarea en cada generación es ganar un poco más de tierra, añadir algo a la extensión y a la solidez de nuestras posesiones.

Y aun una ojeada superficial a la historia de las ciencias biológicas durante el último cuarto de siglo es suficiente para justificar la afirmación de que el instrumento más potente para la ampliación del reino del conocimiento natural que ha caído en manos de los hombres, desde la publicación de los Principia de Newton, es El origen de las especies de Darwin.

Fue mal recibida por la generación a la que se dirigió por primera vez, y la avalancha de disparates airados que suscitó da tristeza de pensarlo.

Pero la generación actual probablemente se portará igual de mal si surgiera otro Darwin y les infligiera aquello que la generalidad de la humanidad más odia: la necesidad de revisar sus convicciones.

Que sean, pues, clementes con nosotros los antiguos; y si no se portan mejor que los hombres de mi época con algún nuevo benefactor, que recuerden que, al fin y al cabo, nuestra ira no llegó a mucho y se desahogó principalmente en el mal lenguaje de los censores santurrones.

Que realicen con la mayor brevedad un giro estratégico de ciento ochenta grados y sigan la verdad adondequiera que conduzca.

Los opositores de la nueva verdad descubrirán, como lo están haciendo los de Darwin, que, al fin y al cabo, las teorías no alteran los hechos y que el universo permanece inafectado aunque los textos se desmoronen. O puede ser que, como la historia se repite, su feliz ingenio también descubra que el vino nuevo es exactamente de la misma cosecha que el viejo, y que (bien mirado) los odres viejos resultan haber sido hechos expresamente para contenerlo.

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