A las diez de la noche del jueves, me encontraba a solas con Durley en el refugio con olor a arpillera del 71 Norte. La lluvia caía sin cesar. Todo parecía fatídico y definitivo.
Una solitaria vela se erguía sobre la mesa en su propia cera, y a su resplandor dorado acababa de escribir una carta de despedida a la tía Evelyn. No la leí de principio a fin, y me alegro de no poder hacerlo ahora, porque estaba escrita al estilo del «guerrero feliz» y mis propios sentimientos elevados se anteponían a los de ella.
Me resultaba humanamente imposible preguntarme qué estaría haciendo la tía Evelyn mientras escribía; de haberlo hecho, habría limitado mi estilo. Pero es posible que estuviera llamando a su gato persa negro para que entrara del jardín estival empapado por la lluvia; cuando este correteaba desde la oscuridad, ella lo secaba con cuidado con una toalla mientras tarareaba por lo bajo alguna melodía indefinida.
La pobre tía Evelyn aún estaba reconfortantemente convencida de que yo era oficial de transporte, aunque había dejado ese puesto hacía casi tres meses. Tras lamer y cerrar el sobre endeble, se lo entregué a Durley, con el presentiscimiento de que sería enviado. Durley lo recibió con la gravedad apropiada.
Mientras tanto, Mansfield hacía un reconocimiento final del terreno con el sargento Miles y el cabo O'Brien, mientras Barton (sin saber cuáles eran mis intenciones) administraba unas gotas de whisky al grupo de asalto en el gran refugio justo al lado del camino.
Era hora de ponerse en marcha; así que me quité la guerrera, me puse mi viejo impermeable sobre el chaleco de cuero, me encasqueté el casco de acero y cogí mi porra knobkerrie tachonada de clavos. El viejo y bueno de Durley me deseó suerte y, con economía, sopló la vela. Mientras íbamos por el camino, comentó que era una suerte que la noche estuviera oscura y lluviosa.
Al entrar en el otro refugio, me llevé una pequeña sorpresa, pues había olvidado que los asaltantes debían llevar la cara tiznada de negro (para evitar el peligro de confundirse unos a otros con alemanes).
Intercambiando bromas bulliciosas, estaban dando los últimos toques a su maquillaje con trozos de corcho quemado. Mostrando el blanco de los ojos y fingiendo no reconocerse, aquellos veinticinco juglares negros de rostros brillantes casi podrían haber estado preparándose para un concierto.
Todos parecían esperar que el espectáculo fuera un éxito rotundo. Pero no había espejos ni banjos, y blandían porras, metían granadas Mills en sus bolsillos y hachas en sus cinturones, y «¿Quién se apunta a una baja para "Blighty" esta noche?» era el chiste habitual (si es que se podía llamar chiste a un deseo tan gastado).
A las diez y media se hizo un silencio repentino, y Barton me mandó que llevara al grupo hasta el Cuartel General del Batallón.
Me sorprende recordar que partí sin haberme tomado un trago, pero siempre me ha desagradado el sabor del güisqui, y en aquellos días la utilidad del alcohol en los asuntos humanos era una realidad de la que aún no había tomado conciencia. A los asaltantes se les había dado solo una pequeña cantidad, pero fue suficiente para animarlos mientras chapoteaban por la trinchera de comunicación.
Ninguno de nosotros podía saber lo insignificantes que éramos en la llamada «Gran Aventura» que lanzaba sus bengalas inquietas a lo largo del frente occidental. Sin duda nos creíamos algo muy especial. Pero lo que pensáramos nunca importó; como tampoco importa qué clase de tonto engreído era yo cuando irrumpí en el Cuartel General de Kinjack, en el Reducto Maple, para informar de la presencia de los asaltantes y preguntar si podía cruzar con ellos.
—De eso nada —dijo el coronel—, su trabajo es quedarse en nuestra trinchera y contar a los hombres a medida que regresen.
Habló con énfasis y no era un hombre al que le hiciera gracia tener que decir las cosas dos veces. Nos miramos fijamente durante un instante; un capricho de mi cerebro me hizo recordar que en tiempos de paz había sido un cultivador de rosas entusiasta —de hecho, había ganado premios con sus rosas—, pues era un hombre casado y había vivido en una casita cerca del cuartel.
Mi pensamiento fue cortado de raíz por su voz imperativa que le ordenaba al mayor Robson, su segundo al mando, que se largara con el grupo.
Estábamos a unas 400 yardas de la primera línea, y Robson nos condujo ahora a campo traviesa hasta un punto en la trinchera de apoyo, desde el cual una linterna eléctrica roja guiñaba para guiarnos.
Luego, subiendo por una trinchera hacia el punto de partida, los pies de los hombres golpeaban y repiqueteaban en los zapotes. Este ruido, sumado al tintineo, el repiqueteo y el crujido de las armas y el equipo, sugería a mi tensa expectación que el enemigo estaría bien advertido de nuestra llegada.
Mansfield y sus dos cómplices se recortaban ahora rechonchos sobre nosotros en el parapeto; habían estado trazando una línea guía de cal a través de los cráteres. Se había abierto una brecha en nuestra alambrada, y se creía que se había causado algún tipo de daño a la alambrada alemana, la cual había sido castigada por morteros de trinchera durante el día.
Los asaltantes se dividieron en cuatro partidas de cinco hombres; las órdenes de operaciones habían dado por sentado con optimismo que las trincheras enemigas se tomarían sin dificultad; la partida «A» iría a la izquierda, la partida «B» a la derecha, y así sucesivamente.
El objetivo del asalto era adentrarse en el bucle enemigo situado en el borde del cráter; penetrar en la trinchera Kiel por dos puntos; inspeccionar las porciones de trinchera así aisladas, capturar prisioneros, bombardear refugios y matar alemanes.
Una «partida de evacuación» (siete hombres que cargaban con dos escaleras de diez pies y una linterna roja) seguía a los demás. Las trincheras se consideraban importantes, ya que se creía que la trinchera del frente alemán era profunda y, por tanto, difícil de abandonar a la carrera.
Había dos cráteres de mina a pocas yardas de nuestro parapeto; estos cráteres medían unas cincuenta yardas de diámetro y unas cincuenta pies de profundidad; sus laderas eran empinadas y estaban compuestas de tierra fina y blanda; había agua en el fondo de ellos. Nuestros hombres cruzaron por un estrecho puente de tierra entre los cráteres; la distancia hasta la red de alambre alemana era de unas sesenta yardas.
Era ya medianoche. Los cinco grupos habían desaparecido en la oscuridad a gatas. Llovía de forma mansa y persistente. Me senté en el pretel a esperar que algo sucediera. A excepción de dos hombres en un puesto de centinela cercano (que ahora eran meros espectadores), parecía no haber nadie por los alrededores.
«Nunca lograrán mantener a ese ⸻ dentro de la trinchera», musitó el centinela a su compañero, y aun en aquel tenso momento valoré el cumplido.
El mayor Robson y los camilleros habían tenido que marchar debido a un recado. Debe de haber algún problema más adelante, pensé, preguntándome qué podría ser, pues no había oído un solo ruido.
De vez en cuando miraba mi reloj luminoso. Cinco, diez, quince minutos pasaron en un silencio ominoso. Una bengala ocasional, jamás cerca de nuestros cráteres, revelaba la lluvia torrencial, blanqueaba las marañas de alambre que se alejaban serpenteando hacia la penumbra, y se desvanecía en la nada, devolviendo la noche.
Incapaz de seguir inactivo por más tiempo, me arrastré un poco hacia afuera. A medida que avanzaba, unos cuantos obuses comenzaron a zumbar por encima de manera pausada. Nuestra trinchera de comunicación estaba siendo bombardeada. Me uní al grupo de evacuación; estaban tendidos en el borde del cráter de la izquierda.
Una bengala chisporroteó en el aire, y pude ver al resto de los hombres tumbados, estirados a lo largo de la cresta, y pude intercambiar una mueca con uno de los portadores de escaleras de rostros negruzcos.
Luego unos obuses whizzbangs cayeron silbando sobre nuestra trinchera de primera línea; uno o dos cayeron en los cráteres; esto hizo que el obstinado silencio de la Trinchera Kiel fuera más amenazador. Poco después, uno de los hombres de la bayoneta regresó arrastrándose a toda velocidad. Lo seguí hasta nuestra trinchera, donde me susurró su mensaje.
«No pueden pasar la segunda línea de alambradas; O’Brien dice que es un fracaso total; van a lanzar todos una bomba y a retirarse».
Supongo que debí haber intentado hacer entrar a los porteadores de escaleras antes de que empezara el lío; pero la idea no se me ocurrió mientras esperaba con el corazón acelerado; y casi de inmediato empezaron las explosiones.
Una bomba estalló en el agua del cráter de la izquierda, proyectando una espuma fosforescente. Luego, una concentración de destellos furiosos, estruendos sordos y disparos secos se deshizo en un alboroto y una estampida, con gemidos, maldiciones y una confusión desaforada.
Figuras tambaleantes emergieron desde abajo, trepando torpemente por el parapeto; rostros negros y blancos de ojos se veían grotescos bajo el brillo antagónico de las bengalas de alarma. Esquivando de un lado a otro, conté catorce hombres adentro; todos avanzaron a tropezones trinchera abajo.
Salí, encontré a Mansfield gravemente herido y lo dejé con otros dos que no tardaron en meterlo. Otros hombres heridos arrastraban los pies de vuelta. Entre ellos había un cabo de pelo gris, que tenía uno de los pies casi arrancado; lo ayudé a entrar a medio llevar y, cuando estuvo sentado en el escalón de tiro, dijo: «Bendito sea Dios Todopoderoso por esto; llevo dieciocho meses esperándolo y ahora puedo irme a casa».
Le dije que pronto lo sacaríamos en camilla, y entonces murmuró: «Mick O’Brien está por ahí abajo en los cráteres».
Todo aquello había sido una labor rápida y en absoluto lo que yo esperaba. Las cosas se calmaban ahora. La emoción había terminado, y O'Brien estaba en alguna parte allá abajo, entre los cráteres. Los bombardeos y el fuego de fusilería habían disminuido cuando salí en su busca.
Fui mecánicamente, como si me estuviera ahogando en la oscuridad.
Esto no tiene gracia ninguna, fue mi único pensamiento mientras tanteaba mi descenso por el talud blando y pegajoso del cráter de la izquierda; no tiene gracia ninguna, pues todavía seguían lanzando alguna que otra bomba y disparando con cautela.
Podía oír el chasquido de recarga de los cerrojos de los fusiles en el borde del cráter sobre mí mientras gateaba con los dedos llenos de barro, o me agachaba y contenía la respiración dolorosamente. Las balas golpeaban el agua y pequeñas lluvias de tierra repiqueteaban desde los taludes.
Sabía que nada en mi experiencia previa de patrullaje había sido tan sombrío como aquello, y me quedé completamente quieto un rato, preguntándome con desdicha si me había llegado la hora; entonces recordé que llevaba puesto mi impermeable de antes de la guerra; podía sentir la pipa y la bolsa de tabaco en el bolsillo y de algún modo esto hizo que me sintiera menos desamparado, aunque la vida parecía mucho más lejana que el murmullo apagado de las voces en nuestra trinchera.
Una bengala me habría ayudado en mis búsquedas, pero habían dejado de lanzarlas; escarbando en la tierra suelta y arrastrando las piernas tras de mí, me abrí paso alrededor del cráter. O’Brien no estaba allí, así que pasé al otro, que era aún más escarpado y blando.
Allí abajo lo descubrí. Otro hombre estaba acurrucado a su lado, herido en un brazo y esperando pacientemente ayuda. O’Brien gimió cuando lo toqué; parecía haber sido alcanzado en varios lugares. Su compañero susurró con voz ronca: «Consigue una cuerda».
Mientras trepaba con dificultad por el talud, noté que había dejado de llover.
Robson asomaba la cabeza fuera de la trinchera; mandó a alguien por una cuerda, instándole a darse prisa porque ya se advertía el tenue inicio del día.
Con la cuerda, y un hombre que me ayudó, volví junto a O’Brien y lo subimos por el borde del cráter.
Era un trabajo pesado, pues él era alto y de complexión robusta, y la tierra blanda se hundía bajo nuestros pies mientras arrastrábamos y izábamos el cuerpo flácido y destrozado. Los alemanes debían de habernos visto en la penumbra, pero habían dejado de disparar; tal vez se compadecieran de nosotros.
Por fin lo bajamos por encima del parapeto.
Un camillero se inclinó sobre él y luego se enderezó, quitándose el casco con un gesto que me sorprendió vagamente por su reverente sencillez.
O’Brien había sido uno de los mejores hombres de nuestra Compañía.
Miré hacia abajo, hacia él, y luego aparté la vista; el rostro era grotescamente terrible, manchado con el corcho quemado de la noche anterior, la frente enmarañada con un revuelto de pelo oscuro.
Ya había dado cuenta de todos. Dos muertos y diez heridos fue el único resultado del ataque.
En el sector de la otra compañía, los alemanes habían volado una de nuestras galerías de minas, y unos treinta zapadores habían sido gaseados o sepultados. Habían llamado a Robson allí con los camilleros justo cuando empezaba el ataque.
Ya no me quedaba más que ver a Kinjack en el camino de regreso.
Al entrar en su refugio, lo miré con menos timidez que nunca antes. Estaba sentado en su litera de tablones, con un gorro de lana marrón con un pompón en la punta.
Su rostro rubio estaba demacrado; las últimas horas tampoco habían sido divertidas para él. Este era un Kinjack que yo nunca había conocido antes, y era la primera vez que compartía con él una cierta igualdad humana.
Me habló con amabilidad a su manera áspera y, al hacerlo, hizo que me sintiera muy agradecido de haber hecho lo que pude para ordenar el desastre de Tierra de Nadie.
Alondras trinaban en el cielo lloviznoso mientras bajaba hacia el 71 Norte. Sentía una exultación salvaje. Atrás quedaban el horror y la oscuridad. Kinjack me había dado las gracias.
Era espléndido seguir vivo, pensé, mientras bajaba a zancadas por la colina, bordeando cráteres de obús y saltando sobre las trincheras de comunicación, pues no estaba de humor para molestarme en ir por zanjas húmedas. El paisaje se alzaba imponente a mi alrededor, y el paisaje era la vida, extendiéndose cada vez más hacia la libertad. Hasta la triste y pequeña madriguera del 71 Norte parecía esperarme con una bienvenida, y Flook tenía listo algo de té caliente.
Pronto estuve parloteando emocionado con Durley y el viejo Barton, quienes me contaron que el médico decía que lo de Mansfield era un caso de pronóstico reservado, aunque ya se regocijaba ante la perspectiva de cruzar a Blighty y maldecía las malas cizallas que se habían entregado para el asalto. Me enorgullecía de haber logrado algo bastante heroico; pero, a fin de cuentas, no era más que el tipo de cosas que la gente suele hacer durante un incendio o un accidente ferroviario.
Aquella noche no había pasado nada importante en el frente británico, así que fuimos recompensados con una mención en el comunicado del Cuartel General.
«En Mametz asaltamos las trincheras enemigas. Nuestro grupo entró sin dificultad y sostuvo un animado combate de bombas, retirándose finalmente al cabo de veinticinco minutos».
Esta era su manera de contárselo a Inglaterra. La tía Evelyn probablemente lo leyó de pasada en su Morning Post, sin saber que este pequeño acontecimiento casi había provocado que recibiera una carta de despedida mía.
La noche siguiente nuestra compañía estuvo en la primera línea y recuperé tres hachas y una knobkerrie de Tierra de Nadie. Curiosamente, todavía no había visto a ningún alemán. Había visto figuras borrosas en mis patrullas nocturnas, pero ningún rostro humano.