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nydus/Memoirs of an Infantry OfficerPublic
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II

Aunque he afirmado que, tras mis primeros días en el hospital, «empecé a pensar», no puedo asegurar que mis pensamientos fueran claros o coherentes.

Sin embargo, adopté una actitud sin duda crítica e inquisitiva respecto a la guerra. Aunque sentía que mi experiencia en la infantería justificaba esto, no se me ocurrió que no estaba ni mucho menos bien informado sobre el tema. De hecho, generalizaba de manera intuitiva, y no era muy diferente de un joven que de repente pierde la fe en la religión y se levanta para decirle al Ser Universal que no existe, añadiendo que, si existe, trata al mundo de manera muy injusta.

Más adelante tendré más que decir sobre mi antagonismo hacia la Primera Guerra Mundial; entretanto, esto echaba a perder mis críticas sobre ella al recordarme continuamente que el ayudante me había escrito para decirme que mi nombre había sido «enviado para otra condecoración».

No le encontraba ninguna pega a esta esperanzadora idea, y cuando se me permitió salir del hospital por primera vez, mi vanidad no olvidó lo bien que se vería su guerrera con una de esas (todavía poco comunes) pequeñas rosetas plateadas en la cinta de la Cruz Militar (M.C.), que indicaban una barra; o, lo que era aún mejor, una DSO roja y azul.

Era 2 de mayo y hacía buen tiempo; nadie parecía preocupado por la guerra, así que ¿por qué iba a preocuparme yo? Sentado en la parte superior de un autobús, eché un vistazo a las páginas editoriales del Unconservative Weekly. La omnisciencia de esta revista redactada con tanta competencia se había convertido en la base de mis provocadoras opiniones sobre los asuntos mundiales. Estaba de acuerdo con cada una de sus palabras y, de este modo, se me permitía cómodamente discrepar del belicoso patriotismo del Morning Post. El único problema era que un artículo del Unconservative Weekly constituía para mí una especie de revelación divina. Me decía lo que nunca había sabido pero que ahora necesitaba creer, y sus raciocinios y pronósticos políticos se me iban de la cabeza tan rápido como entraban en ella. Mientras leía, asentía; pero si me hubieran pedido que reformulara los argumentos, me habría conformado con decir: «Es lo que siempre he sentido yo mismo, aunque no sabía expresarlo exactamente con palabras».

Con el arzobispo de Canterbury era más fácil tratar. Con una sonrisa sardónica, me bebí su «Mensaje a la nación sobre la guerra y el evangelio».

«Pueden surgir ocasiones —escribía— en las que se nos impongan obligaciones excepcionales. Habiendo surgido ahora tal emergencia, la seguridad del suministro alimentario de la nación puede depender en gran medida de la labor que pueda dedicarse a la tierra. Siendo esto así, creo que seguimos la guía dada en el evangelio si en tal caso nos apartamos temporalmente de nuestra norma. No tengo vacilación en afirmar que ante la necesidad que estas semanas presentan, los hombres y las mujeres pueden hacer con la conciencia tranquila faenas agrícolas los domingos».

Recordando el intenso bombardeo frente a Arras el Domingo de Pascua, me preguntaba si el arzobispo habría dado la sanción del evangelio para ese pequeño fragmento de faena agrícola sabática. Inconsciente de que él estaba, presuntamente, dolorido por la guerra y sus barbaries, miré con furia y morosidad en dirección al palacio de Lambeth y musité: «¡Viejo fósil estúpido!».

Poco después me bajé del autobús en Piccadilly Circus y entré en el restaurante donde había quedado en verme con Julian Durley.

Con Durley volvía automáticamente a mi faceta de militar en activo.

La guerra de la que hablábamos se limitaba a las andanzas de los Fusileros de Flintshire. El viejo Fulano había resultado herido; el pobre viejo Mengano había muerto en el fregado de Bullecourt; el viejo Zutano seguía al mando de la Compañía B. Se representaban viejos chistes e incidentes de trinchera grotescamente divertidos.

El Frente Occidental seguía siendo la misma traicionera y chapucera tragicomedia que la mentalidad del Ejército había convenido en considerar como algo a medio camino entre una broma pesada y la excusa para una buena queja. Supongo que la verdad del asunto era que seguíamos siendo fieles a las realidades de nuestra experiencia bélica, guardando para nosotros nuestros respectivos secretos psicológicos y evitando lo que Durley llamaba «su peligrosa tendencia a ponerse serio».

Su rostro, sin embargo, conservaba la expresión atormentada y desdichada que había adquirido desde el ataque del Bosque Delville el otoño pasado, y su voz al hablar seguía siendo un ronco susurro.

Cuando pedí una botella de vino del Rin, nos reímos porque el camarero nos dijo que el precio se había reducido desde 1914, ya que ahora era un vino poco popular. El vino del Rin tuvo su feliz efecto y pronto estuvimos de acuerdo en que la primera línea era el único lugar donde uno podía escapar de la Guerra.

Durley había estado haciendo un intento desesperado por entrar en el Cuerpo de Aviación y había conseguido que lo reconocieran médicamente de nuevo. El reconocimiento había empezado con esperanza, ya que Durley se había limitado a asentir y negar con la cabeza en respuesta a las preguntas. Pero cuando la conversación se volvió inevitable, el médico no tardó en preguntar enfadado: «¿Por qué coño no dejas de susurrar?».

El veredicto había sido desfavorable debido a su cartílago tiroides fracturado; aunque, como señaló Durley, a él no le parecía que hubiera mucha diferencia entre gritar o susurrar cuando ibas en un aeroplano.

—Tendrás que aceptar algún tipo de trabajo de oficina —le dije.

Pero él respondió que odiaba la idea y luego, ilógicamente, me aconsejó que me quedara en Inglaterra todo el tiempo que pudiera. Afirmé que volvería a marcharme en cuanto me declararan apto para el Servicio General, y pedí la cuenta como si con ello estuviera zanjando mi destino de manera definitiva. Salí del restaurante sin haber pronunciado ni un solo sentimiento antimilitarista.

Cuando Durley se hubo desvanecido en su existencia sin rumbo y desapegada, me senté en Hyde Park durante una hora antes de volver al hospital. Entre la luz del sol y el efecto del vino de Hesse, me sentía bastante adormilado, y las columnas del Unconservative Weekly parecían menos estimulantes que de costumbre.

De camino a Denmark Hill distraje mi mente observando los nombres en las tiendas y locales comerciales. Me vi recompensado con Pledge (empeños), Money (abogado) y Stone (constructor). También había un funerario llamado Bernard Shaw. Pero tal vez el nombre más significativo fue Fudge (imprenta). ¿De qué servían, pensé, las palabras impresas contra una guerra como esta? Durley representaba la única realidad que podía visualizar con cierta convicción. A los que decían la verdad probablemente los encarcelaban, y las mentiras cotizaban al alza.

… Toda mi energía se había desvanecido y fue un alivio volver a la cama. Al fin y al cabo, pensé, solo han pasado diezmáis días desde que dejé el Segundo Batallón, así que todavía tengo derecho a sentirme medianamente indispuesto. Qué lujoso se sentía, estar ahí tumbado, tras una taza de té fuerte, con la luz del día menguando, y una vaga gratitud por seguir vivo al final de un buen día de plena primavera. De cualquier modo, la Guerra me había enseñado a estar agradecido por tener un techo sobre mi cabeza por la noche.

Despierto en la oscuridad, una vez apagadas las luces de la sala, es posible que también pensara en el Segundo Batallón.

Alguien (debía de ser Dunning) me había enviado algunos detalles de la acción en la que habían participado el 23 de abril. El ataque había tenido lugar en el sitio donde los había dejado. Se había ganado y perdido un poco de terreno, y luego los aledaños alemanes se habían retirado unos cientos de yardas.

Cuatro oficiales habían muerto y nueve resultado heridos. Alrededor de cuarenta soldados de tropa muertos, incluidos varios de los mejores suboficiales.

Había sido un episodio típico entre incontables otros, algunos de los cuales ocupan ahora sus escasas páginas en las Historias Regimentales. Esas historias parecen bastante claras en letra impresa, doce años después; pero su realidad sigue oculta; incluso en la mente de los viejos soldados, el áspero horror se suaviza y retrocede.

De este ataque local en particular, el médico del segundo batallón escribiría después: «La ocasión no fue más que una de tantas en las que una compañía o un batallón se sacrificaban por un objetivo limitado siguiendo un plan de ataque ordenado por la División o algún mando superior que no tenía más conocimiento del terreno que el que se podía obtener de un mapa a mediana escala».

Pero para mí (mientras yacía despierto preguntándome si me habrían matado de haber estado allí), el 23 de abril era una imagen borrosa de gente lanzándose bombas de mano de un lado a otro de las zanjas; de una compañía tropezando en terreno abierto y siendo ametrallada; de el médico fuera, en la oscuridad, con sus camilleros, recogiendo a los heridos; y de un batallón exhausto tambaleándose de regreso a los alojamientos de descanso para ser felicitado por un afable y exculpatorio mayor general, quien explicó que el ataque había sido ordenado por el comandante del Cuerpo de Ejército.

Podía imaginarme perfectamente al mayor general, aunque no era consciente de que le estuviera «echando la culpa al comandante del Cuerpo de Ejército». Y sabía con certeza que a Ralph Wilmot le faltaba ahora uno de sus brazos, por lo que mi amargura antibélica pudo concentrarse en el hecho de que ya no podría volver a tocar el piano.

Por último, se puede dar por sentado que todo mi organismo humano se sentía sumamente agradecido de quedarse dormido en un hospital inglés. El altruismo es una cualidad episódica y discutible; el instinto de autoconservación siempre tenía la última palabra cuando un infante yacía desvelado con sus pensamientos.

Con una disculpa por mis persistentes precisiones de cronología, debo relatar que el 9 de mayo fui trasladado a un hotel de la estación ferroviaria que había sido requisado para el alojamiento de oficiales convalecientes.

Mi anhelo de alejarme de Londres me hizo intolerante con el Great Central Hotel, que estaba dirigido por una mente más militar que terapéutica. El comandante era un brigadier general no combatiente, y los convalecientes se quejaban bastante de sus métodos, aunque por lo general podían obtener permiso para salir por las noches.

Muchos de ellos esperaban la baja militar por invalidez, y las órdenes rutinarias diarias contenían elementos incongruentes. Se nos exigía asistir a conferencias sobre, entre otras cosas, la guerra de trincheras. En mi primera conferencia me sorprendió ver a varios oficiales en muletas, con las piernas amputadas, y al menos un hombre había perdido esa facultad necesaria para la guerra de trincheras: la vista. Parecían aceptar la situación absurda estoicamente; se les permitía fumar.

El oficial de estado mayor que dibujaba diagramas en una pizarra tenía evidentemente el deseo de transmitir información sobre la lección que se había aprendido de la batalla de Neuve Chapelle o de algún enfrentamiento igualmente obsoleto. Pero noté varios rostros entre el público que mostraban signos de nervios torturados, y era poco probable que su eficacia mejorara con el conferenciante, quien concluyó recordándonos la importancia primordial de obtener la supremacía ofensiva en tierra de nadie.

Por la tarde tuve una entrevista con el médico que tenía la potestad de decidir cuándo me iría al campo. Uno de los hombres con los que compartía habitación me había advertido que aquel médico uniformado era un tipo peculiar.

«El tío parece disfrutar de verdad atormentando a la gente», comentó, y añadió: «Probablemente te dirá que tendrás que quedarte aquí hasta que te declaren apto para el servicio».

Pero yo me había ingeniado para conseguir una carta de la condesa de No sé Dónde, que me recomendaba para una de las casas de campo de su Organización; así que me sentía bastante seguro. (En aquel período de la guerra, las personas con casas grandes recibían a oficiales convalecientes como huéspedes).

El médico, un hombre bastante joven vestido de capitán provisional, empezó portándose de manera bastante agradable. Después de examinarme y de revisar el documento que resumía mi insignificante historial médico, me preguntó qué pensaba hacer ahora.

Le contesté que esperaba que me enviaran a algún lugar en el campo durante unas semanas. Él respondió que estaba totalmente equivocado si creía tal cosa. Una expresión, que solo puedo calificar de cruel, se extendió por su rostro.

«Te quedarás aquí; y cuando salgas de aquí, te verás de vuelta en el frente en un abrir y cerrar de ojos. ¿Qué te parece la idea?»

Para animarlo, fingí estar alterado por su severidad; pero él pareció percatarse de que yo no era el material adecuado para sus métodos particulares, y me marché sin haber disputado la cuestión de ir al campo.

Me contaron después que se había dado el caso de oficiales que salían del despacho de este médico entre lágrimas. Pero no debe suponerse que considero su comportamiento como un ejemplo de brutalidad del ejército. Prefiero pensar en él como un hombre ávido de poder sobre sus semejantes. Y aunque su poder sobre los pacientes que lo visitaban era breve y episódico, debió de obtener una satisfacción extraordinaria (y quizá sádica) del espectáculo de jóvenes oficiales sollozando y suplicando que no los mandaran de vuelta al frente.

Jamás volví a ver al supuestamente sádico doctor; pero espero que alguien le haya dejado un ojo morado, y que después haya satisfecho su deseo de poder sobre sus semejantes de una manera más cívica.

A la mañana siguiente entregué la carta de la condesa a una autoridad ligeramente superior, con el resultado de que solo pasé tres noches en el Great Central Hotel, y tarde, en una hermosa tarde de sábado, viajé a Sussex para hospedarme con lord y lady Asterisk.

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