Al anochecer dejé la carta en la dirección de Tyrrell en Bloomsbury. Me telefoneó para decirme que podía recibirme por la noche, y a la hora convenida en punto regresé a la tranquila plaza. Mi memoria no es capaz de reconstruir mis sensaciones exactas, pero se puede suponer con seguridad que me sentía emocionado, importante y bastante nervioso.
Me hicieron pasar a una habitación de aspecto austero donde Tyrrell estaba sentado con una lámpara de lectura junto al codo. Mi primera impresión fue que tenía exactamente el aspecto de un filósofo. Era bajito, estaba bien afeitado y tenía el pelo grisáceo y algo largo, peinado pulcramente sobre una frente despejada. Tenía el labio superior largo, una boca poderosa e irónica, y unos ojos grandes y sinceros. Noté que el libro que dejó a un lado se titulaba La conquista del pan, de Kropotkin, y me pregunté de qué diablos podría tratar.
Me hizo sentir cómodo encendiendo una pipa grande, mientras decía: «Bueno, por la carta de Markington deduzco que has experimentado un cambio de opinión respecto a la guerra».
Me pidió detalles de mi carrera en el ejército y pronto comencé a desvariar con mi estilo naturalmente inconsecuente. Tyrrell dijo muy poco; su objetivo era evaluarme. Una vez que hube calentado la cabeza, comencé a exponerle algunas de mis ideas sobre los aspectos más amplios de la guerra. Pero interrumpió mi «y después de lo que me dijo Markington el otro día, debo decir que» con un: «No te preocupes por lo que te dijo Markington. Se reduce a esto, ¿verdad?, a que has dejado de creer en lo que te dicen sobre los objetivos por los que se supone que estabas luchando».
Respondí que la cosa se reducía más o menos a eso, y me parecía una absoluta canallada que los soldados murieran todo el tiempo mientras la gente en la retaguardia se engañaba creyendo que todos en las trincheras lo disfrutaban.
Tyrrell me sirvió una segunda taza de té y me sugirió que redactara una breve declaración personal basada en mi convicción de que la guerra se estaba prolongando innecesariamente debido a la negativa de los Aliados a publicar sus objetivos bélicos. Cuando hubiera hecho esto, podríamos discutir el siguiente paso a dar.
«Naturalmente, te ayudaría en todo lo posible —dijo—. Siempre he considerado todas las guerras como actos de locura criminal, y mi odio hacia esta a menudo ha hecho que la vida parezca casi insoportable. Pero el odio le hace a uno vital, y sin él uno pierde energía. “Mantente vital” es un axioma más importante que “ama a tu prójimo”. Este acto tuyo, si te mantienes firme, probablemente te llevará a la cárcel. No dejes que eso te desanime. Estarás más vivo en prisión de lo que estarías en las trincheras».
Tomando este último comentario como una broma, me reí, bastante a regañadientes.
«No; lo digo en serio —dijo—. Al pensar de manera independiente y actuar sin miedo según tus convicciones morales, estás sirviendo al mundo mejor de lo que lo harías marchando con la mayoría incauta que sufre y muere en el frente porque cree lo que le han dicho que crea. Ahora que has perdido la fe en aquello para lo que te alistaste, estoy seguro de que debes seguir adelante y dejar que las consecuencias sigan su curso. Por supuesto, tu acción sería bien recibida por personas como yo, que nos oponemos radicalmente a la guerra. Imprimiríamos y difundiríamos tantas copias de tu declaración como fuera posible… Pero no tenía la intención de hablar de forma tan categórica. Debes decidir por tus propios sentimientos y no por lo que diga cualquier otro».
Prometí enviarle mi declaración cuando estuviera escrita y caminé a casa con la cabeza llena de pensamientos exaltados y desordenados. Me había encariñado mucho con Tyrrell, quien probablemente esbozó una sonrisa bastante sombriza mientras leía unas páginas más de La conquista del pan de Kropotkin antes de subir a su descanso filosófico.
Aunque Tyrrell me había dicho que mi declaración no necesitaba tener más de 200 palabras, tardé varios días en redactarla. Al principio sentí que tenía tanto que decir que no sabía por dónde empezar. Pero tras varios fracasos prolijos, me pareció que la esencia de mi manifiesto podía resumirse en una sola frase:
«Digo que esta guerra debe terminar».
Durante la lucha por dar cierta forma a mis opiniones poco propias de un fusilero, mi confianza disminuyó a menudo. Sin embargo, mi resolución más íntima no decayó en ningún momento, ya que me encontraba en las garras de una especie de conversión que hacía que la perspectiva de la persecución resultara estimulante y casi placentera.
No; mi pérdida de confianza era de la misma índole que mi timidez cuando me enfrenté por primera vez a una ametralladora Vickers y a su instructor. Mientras él recitaba de memoria los nombres de sus numerosos componentes, yo solía desesperar de poder recordarlos alguna vez o de entender su funcionamiento.
«Y a menos que lo sepa todo sobre la pistola Vickers, nunca me mandarán al frente», solía pensar.
Ahora, sentado hasta tarde en la noche en un dormitorio caro pero sombrío en Jermyn Street, exclamé para mis adentros: «¡Jamás podré redactar una declaración decente y toda esta maldita protesta será un fracaso total! Tyrrell cree que soy muy listo, pero cuando lea este bodrio se dará cuenta de lo inútil que soy».
¿Qué podría hacer si Tyrrell decidía desalentar mi candidatura a un consejo de guerra? ¿Abandonar toda la idea, volver a marcharme y hacerme matar lo antes posible? «Sí», pensé, dejándome arrastrar por un berrimiento, «me haré matar solo para demostrarles a todos que me importa un bledo». (No me detuve a especificar la identidad de «todos esos»; se podía prescindir de tales detalles cuando uno había perdido los estribos contra la Gran Guerra). Pero el sentido común me advirtió que que lo devolvieran a uno era un asunto lento, y que dejarse matar a propósito era un gesto irrelevante para un comandante de pelotón. Uno no podía elegir sus propias condiciones allá en Francia.
… Tyrrell había hablado de «servir al mundo pensando con independencia». Tenía que aferraría a esa idea y acordarme de los hombres por los que creía estar intercediendo. Intenté pensar de manera internacional; a los pobres viejos Boches aquello debía de estar amargándoles la vida tanto como a nosotros; pero no lograba impulsar mi simpatía hasta los Estados balcánicos, los turcos, los italianos y todos los demás; y, de algún modo, los franceses eran simplemente franceses y estaban demasiado ocupados luchando y vendiéndoles cosas a las tropas como para necesitar mi intervención. Así que volví a pensar en «todos los buenos muchachos que habían muerto con el Primero y el Segundo Batallones desde que los dejé»… Ormand, muriendo miserablemente en un cráter de obús.
… Recordaba el tono exacto de su voz cuando decía que si sus hijos alguna vez le preguntaban qué había hecho en la Gran Guerra, su respuesta sería: «Ninguna bala ha volado lo bastante rápido como para alcanzarme»; y cómo solía cantar Rock of ages cleft for me, let me hide myself in thee, cuando nos caían bombardeos intensos. Pensaba en el fusilero típico de Flintshire en su mejor momento, y en la vasta anonimidad de valor y alegría que representaba mientras se sentaba en una trinchera de primera línea a limpiar su plato de campaña. ¿Cómo podía relacionarlo con el gordo especulador a quien había oído por casualidad en un vagón de tren comentándole a un compañero igualmente repulsivo que, si la guerra duraba otros dieciocho meses, podría jubilarse?
… ¿Cómo podía coordinar semejantes diversidades de conducta humana, o creer que el heroísmo era su propia recompensa? Había que poner algo por escrito, sin embargo, y reexaminé los apuntes borradores que había estado tomando. Los combatientes son víctimas de una conspiración entre a) los políticos; b) la casta militar; c) la gente que está ganando dinero con la guerra. Debajo de esto había garabateado: Asimismo, esfuerzo personal por disociarme del prejuicio intolerante y la complacencia convencional de aquellos dispuestos a presenciar los sacrificios de los demás mientras se sientan cómodamente a salvo en casa. A esto le siguió una ocurrencia indignada y posterior. Creo que al emprender esta acción estoy ayudando a destruir el sistema de engaño, etc., que impide a la gente afrontar la verdad y exigir alguna garantía de que la tortura de la humanidad no se prolongará innecesariamente a causa de la arrogancia y la incompetencia de… Aquí se interrumpía, y me pregunté cuántas c tenía la palabra «innecesariamente». No soy un objetor de conciencia. Soy un soldado que cree estar actuando en nombre de los soldados. ¡Qué ampuloso y poco convincente parecía todo aquello! Si no andaba con cuidado, terminaría chillando como un pirado subido a un barril en Hyde Park. Bueno, no había más remedio que empezar de nuevo. No podía pedirle a Tyrrell que me diera algunas pistas. Él había insistido en que tenía que ser independiente de criterio, y desde entonces me había escrito para recordarme que debía decidir mi curso de acción por mí mismo y no dejarme guiar por nada de lo que me hubiera dicho.
Sentado allí con los codos en la mesa, contemplé el deslucido papel pintado de color rojo en un esforzado y ciego intento de concentración mental.
Si miraba con la suficiente intensidad y fijeza, parecía que conseguiría ver a través de la pared. La verdad se revelaría y mi cerebro se expresaría con claridad.
Hago esta declaración como un acto de desafío deliberado a la autoridad militar porque creo que la guerra está siendo prolongada deliberadamente por quienes tienen el poder de ponerle fin.
Eso estaría bien para empezar, de todos modos. Así que continué con mis cavitaciones sobrehumanas. A mi alrededor estaba Londres con sus calles oscuras; y muy lejos estaba la guerra, continuando con oleada tras oleada de fuego de artillería, devorando a sus víctimas y sin ser capaz de avanzar torpemente ni hacia París ni hacia el Rin.
Los ataques aéreos también se estaban poniendo serios. Mirando por la ventana los reflectores, pensé en lo ridículo que sería que me cayera una bomba mientras redactaba mi declaración.