Nadie se hacía ilusiones sobre la duración de nuestro descanso en Heilly. Nuestra División había sido felicitada por el Comandante en Jefe, y nuestro Brigadier había dejado claro que en el futuro cercano se nos exigirían nuevos esfuerzos. Mientras tanto, las tropas se apañaban para estar alegres; estar lejos de la batalla y en un buen pueblo era lo único que importaba, por el momento. Nuestras bajas no habían sido cuantiosas (habíamos perdido a unos 100 hombres, pero apenas una docena de ellos habían muerto). Hubo algunas quejas el segundo día, que fue lluvioso y redujo nuestro campamento a su estado natural —un cenagal—, pero el Comandante del Ejército nos hizo una breve visita (y misericordiosamente informal), y este atisbo de su amabilidad hizo sentir a los hombres que lo habían hecho dignamente. No obstante, mientras chapoteaba entre las tiendas marrones con sus botas y espuelas, se pudo oír a más de una voz murmurar: «¿Por qué el viejo de los ⸻ no nos habría plantado en un sitio más seco?». Pero bien pudo ser que el mascarón de proa del Cuarto Ejército estuviera ausente aquella tarde, ya que la División Galesa había atacado el bosque de Mametz más temprano ese día, y ya debía de estar digiriendo los primeros informes, que nos llegaron en forma de rumores desaforados a la mañana siguiente.
Disfrutando del sol después de desayunar con Barton y Durley, sentía que lo único que nos importaba era el día de hoy. Si había habido un loquero desastroso, con tropas huyendo en desbandada bajo el fuego de las ametralladoras, quedaba a doce millas de distancia y no era asunto nuestro hasta que nos llamaran para continuar con la buena labor. Hoy no había desfiles, y nos íbamos a Amiens a almorzar, con Dottrell y el Ayudante acompañándonos.
Barton, con una libreta marrón de campaña sobre las rodillas, le escribía una carta a su esposa.
—¿Siempre enciendes la pipa con la mano izquierda, Kangar? —preguntó, levantando la vista mientras arrancaba otra hoja.
Respondí que suponía que sí, aunque nunca me había fijado en ello. Luego seguí divagando un poco sobre lo despistado que puede llegar a ser uno. Dije (sabiendo que al viejo Barton le gustaba oír cosas así): «Tenemos un reloj de abuelo en el vestidor de casa y durante años y años pensé que el nombre del fabricante era “Thos. Verney. London”. ¡Luego, un día, decidí darle una buena limpieza a la vieja esfera de latón y descubrí que era “Thos. Vernon. Ludlow!”»
Barton consideró que aquello era una coincidencia agradable porque vivía en Shropshire y había estado en las carreras de Ludlow. Una milla cuadrada de Shropshire, afirmaba, valía más que toda Francia.
Durley (que le iba leyendo Grandes esperanzas con un rostro que expresaba la liberación de la realidad) interpuso una suave defensa de Stoke Newington, que era donde vivía; albergaba varios rincones pintorescos y antiguos si uno sabía dónde buscarlos y, según decía, debió de ser un lugar bastante tranquilo en los días de Dickens.
Volviendo a mi tema original, comenté: —Nosotros también tenemos un viejo barómetro, pero nunca funciona. Desde que tengo uso de razón, ha señalado «Esperar húmedo del N.E.» La última vez que estuve de permiso me fijé en que no pone «Esperar» sino «Excepto»... ¡aunque sabe Dios qué querrá decir eso!
Mis compañeros, poco propensos a la cháchara, me aseguraron que con semejante cerebro debería estar en el Estado Mayor.
Paseando bajo los álamos que temblaban y centelleaban junto al río, me permití un pequeño ensueño, basado en el pausado tictac del viejo reloj Ludlow.
… ¿Había sido hacía tan solo tres semanas que yo había estado allí al pie de la escalera, entre el barómetro y el reloj, en una mañana de verano tan hermosa como esta? Arriba, en el baño, la tía Evelyn ponía guisantes de olor y rosas en agua, tarareando para sus adentros mientras los arreglaba a su gusto. Visualizando el baño con su bañera y su lavabo de cobre (que «daban muchísimo trabajo de limpiar»), su suelo de plomo y los azulejos holandeses azules y blancos a lo largo de las paredes, y el saúco fuera de la ventana, hallé que estos objetos familiares me eran casi tan queridos como la propia tía Evelyn, ya que formaban un todo con ella en mi mente (aunque durante años hubiera estado hablando de quitar la bañera y el lavabo de cobre).
Aun ahora, tal vez, volvía a llevar un bol de rosas al salón mientras el reloj daba las horas lentamente, y el loro silbaba, y la cocinera picaba algo en la mesa de la cocina.
También podía oírse el resuello corto de un tractor de vapor esforzarse por subir la cuesta fuera de la casa. …
Encontrarse con un tractor de vapor había sido todo un acontecimiento en mi infancia, cuando salía a dar paseos en mi primer poni. Y la idea de la cocinera sugería al jardinero entrando pesadamente con una cesta de verduras, y el jardinero sugería pájaros en las redes de las fresas, y en conjunto no había un final definitivo para ese tipo de ensoñación de una Inglaterra en la que no había ninguna guerra en marcha y el campo de críquet del pueblo seguía siendo cortado por un hombre que no sabía que algún día se alistaría en «los Buffs», emigraría a Mesopotamia y marcharía hacia Bagdad.
Amiens distaba once miles y los caballos no estaban muy sanos; pero Dottrell había dispuesto que hiciéramos en coche las últimas siete millas —el antiguo intendente de nuestro batallón (que lo había sido del Cuartel General del Cuarto Ejército desde que este existía)— nos había prometido prestarnos su automóvil. Así que nada marchaba mal en el mundo mientras los cinco trotábamos juntos, y me permití la fugaz ilusión de que estábamos cabalgando lejos de la guerra, dejándola atrás.
Mirando hacia un paisaje amplio y apacible, ajedrezado de trigo maduro y trébol rojo sangre, me preguntaba cómo esa luz serena y benéfica podía extenderse hasta la zona de batalla.
Pero un coche del Estado Mayor nos adelantó y, mientras pasaba a toda velocidad con aires de importancia en una nube de polvo, alcancé a ver a un prisionero alemán esposado, que pronto serviría para redactar un párrafo optimista en el Resumen de Inteligencia del Cuerpo de Ejército, y para añadir su historia a la omnisciencia de los poderes que ahora emitían órdenes de operaciones con la afirmación de que estábamos «persiguiendo a un enemigo derrotado».
Pronto estuvimos en Querrieux, un gran pueblo acogedoramente sobrepoblado por el Estado Mayor del Cuarto Ejército. Al pasar junto al castillo blanco del general, Dottrell especuló irónicamente sobre los ingresos medios de su personal personal, añadiendo que debían de sufrir terriblemente de insomnio con tantos cañones disparando a quince millas de distancia.
Dejando a nuestros caballos que aprovecharan al máximo la ración del Cuarto Ejército, entramos a presentar nuestros respetos al opulento intendente, que se había retirado de las tareas del Batallón tras la Primera Batalla de Ypres. Nos aseguró que podía prescindir fácilmente de su coche durante unas horas, ya que tenía dos a su disposición; a lo que Dottrell replicó que se había estado preguntando cómo se apañaba con un solo coche.
En Amiens, en el conocido restaurante Godbert, almorzamos como duques en un reservado con contraventanas verdes.
—Solo Dios sabe cuándo volveremos a ver un mantel limpio —comentó Barton mientras pedía langostas, pato asado y dos botellas de su mejor «champán».
Vaya a saber Dios qué más incluía la comida; pero recuerdo haber estado hablando con la lengua suelta sobre deportes, y al viejo Joe contándonos cómo estuvo a punto de ser degradado a soldado raso por «hacer apuestas» cuando el batallón estaba apostado en Irlanda antes de la guerra.
- —Por entonces había excelentes jinetes en el regimiento; no hablaban ni pensaban en otra cosa que no fuera la caza, las carreras y el polo —dijo, añadiendo que era una suerte para algunos de nosotros que la equitación no fuera necesaria para ganar la guerra, ya que la mayoría de los oficiales montados ahora parecían estar remando en un bote o montando en bicicleta cuesta arriba.
Por fin, cuando con los rostros encendidos salimos perezosamente a la luz del sol, comentó que tenía casi la intención de ir a buscar a una señorita para poner celosa a su esposa. Yo le dije que siempre estaba la catedral para contemplarla, y descubrí que sin pretenderlo había hecho un chiste buenísimo.