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nydus/Memoirs of an Infantry OfficerPublic
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I

Aunque la guerra ha sido descrita como el mayor acontecimiento de la historia, podía resultar tediosa y repetitiva para un oficial de infantería corriente como yo.

Desde la estación de Corbie, la guerra me había iniciado en el viaje de regreso a casa en un tren hospital. Poco más de siete meses después, a medianoche, me dejó de nuevo en la estación de Corbie tras ocho horas en un vagón sin luz ni cristales en las ventanas y abarrotado de gente.

Mi maleta estaba en un carretón y, aunque hice un esfuerzo apresurado por lograr que la bajaran, el tren traqueteó y se alejó hacia la penumbra con todas mis pertenencias a bordo.

Dormimos en el suelo del barracón de la ambulancia de campaña, a las afueras de la estación; mis compañeros se quejaron bastante, pues varios de ellos volvían a estar en el frente tras haber resultado heridos el año pasado, y uno aseguraba que le habían disparado en ambos pulmones. Dos oficiales cadetes iban conmigo al segundo batallón, pero tenía poco en común con ellos salvo nuestras maletas perdidas, que nos devolvieron una semana más tarde (con una muestra de cada cosa sustraída por alguien en el depósito del Cuerpo de Intendencia).

A la mañana siguiente, tras felicitarme con desgana por haber metido mi maquinilla de seguridad en la mochila, caminé hasta mi nueva unidad, que estaba a siete millas de distancia. Llevaba puestos a mis mejores amigos, un par de botas de marcha engrasadas cuya flexible resistencia nunca había fallado a la hora de mantener fuera el agua; lo mucho que esas botas significaban para mí solo pueden entenderlo quienes han compartido mi tipo de experiencia; solo puedo decir que jamás me ampollaron los pies; y si esto parece irrelevante, debo recordarle al lector que los pies de un comandante de pelotón eran su fortuna.

El Segundo Batallón de los Flintshire Fusiliers había regresado recientemente de dos meses en el sector de Cléry, en el frente del Somme, donde había soportado algunas de las condiciones meteorológicas más duras de la guerra.

Los registros del batallón relatan que no había braseros en las trincheras, el combustible era tan escaso que se retiraban cruces de madera de las tumbas improvisadas y, salvo por el té templado que llegaba en latas envueltas en paja, la comida era principalmente fría.

El mayor general Whincop, que mandaba la División, se había hecho desagradablemente visible al prohibir la ración de ron. Estaba, por supuesto, demasiado ansioso por demostrar su flexibilidad mental, pero la «División sin Ron» no supo apreciar su singularidad en la Fuerza Expedicionaria. También pensaba que fumar mermaba la eficacia de las tropas y le habría gustado restringir su consumo de cigarrillos.

El general Whincop también había demostrado su independencia de criterio al principio de la guerra al prohibir la distribución de cascos de acero a su división. Su objeción conservadora (basada en la creencia de que este nuevo lujo del Ministerio de la Guerra debilitaría el espíritu combativo de los hombres —«los ablandaría», en realidad) fue, por supuesto, un fuego de paja (o de sesos) y la reputación de Whincop como innovador se mantuvo viva principalmente gracias a su veto a la ración de ron. Los G.O.C., al igual que los comandantes de pelotón, se veían obligados a idear «números» para demostrar su entusiasmo, y las oportunidades de originalidad eran escasas.

Pero desde 1918 los Generales han recibido su buena dosis de burla e insultos, y no me sorprendería que alguien fundara una Sociedad para la Prevención de la Crueldad hacia los Generales de la Gran Guerra.

Si se formara tal Sociedad, yo, por mi parte, contribuiría gustosamente con mi modesta media guinea anual; pues hay que recordar que muchos Generales fracasados habían sido antes competentes Coroneles de un Batallón de Infantería, ganándose con ello la gratitud y la admiración de sus hombres.

De todos modos, la helada había sido intensa y, debido al racionamiento de carbón en Inglaterra, la provisión al ejército había sido limitada y el suministro de coque había provocado muchos casos de envenenamiento por monóxido de carbono en los lugares donde los hombres dormían en refugios sin ventilación.

Tras esta sufrida experiencia (que había terminado con un deshielo y un centenar de casos de pie de trinchera), el Segundo Batallón descansaba ahora en el Campamento 13, a unas dos millas de Morlancourt. Las barracas del Campamento 13 se habían construido desde el verano pasado; afeaban lo que antes yo había conocido como una hondonada inofensiva a media milla de los meandros cenagosos del Somme.

Nadie decía nada bueno del lugar. El Batallón estaba decaído porque el coronel había sido herido pocas semanas antes, y era tan popular que todos lo consideraban irreparable. Su sucesor era indulgente y conciliador, pero parecía que una mayor agresividad habría sido preferible. Al compararlo con la eficacia de lenguaje áspero de Kinjack, comencé a comprender que, en un oficial al mando, la amabilidad no basta.

Mientras tanto estábamos en lo que se llamaba la «Reserva de Cuerpo», y el coronel Easby había emitido la orden de «continuar con el entrenamiento de pelotón» (un pronunciamiento que nos dejaba en libertad de matar el tiempo como mejor pudiéramos).

El Pelotón N.º 8, que era mi propio y compacto pequeño mando, no impresionaba en absoluto en formación. De sus treinta y cuatro suboficiales y soldados, ocho eran tiradores de ametralladora Lewis y desfilaban en otra parte. Ocho era asimismo el número de soldados Jones en mi pelotón, y mi primera dificultad fue distinguirlos entre sí.

El mermado Batallón había sido reforzado con un contingente de reemplazo procedente de Inglaterra, y estos hombres eran en su mayoría bajitos, de entendederas lentas y apenas capaces de soportar el gran peso de su equipo. Como muestra de su destreza, puedo decir que en un caso el entrenamiento del pelotón comenzó enseñándole al hombre cómo cargar su fusil. Después sentí que habría sido menos peligroso en su ignorancia previa.

Era difícil saber qué hacer con mi aburrido y apático pelotón. Yo no era un instructor competente, y mi sargento era concienzudo pero falto de iniciativa. Infantry Training, que era el único manual disponible, se había escrito años antes de que la guerra de trincheras cobrara protagonismo como factor en los asuntos mundiales, y el condensado y práctico Handbook for the Training of Platoons no se publicó hasta casi doce meses después. Una tarde gris, cuando habíamos terminado todos nuestros monótonos ejercicios y las miradas de los hombres eran más vacías que de costumbre, tuve una brillante idea poco militar y les ordené jugar al escondite entre unos árboles. Tras un comienzo cohibido, se animaron y la verdad es que se divirtieron. Al verlos formar de nuevo con el rostro sonrojado y alegre, fui consciente de que se les había devuelto un sentido de humanidad, y comprendí lo intolerables que resultaban los ejercicios ordinarios a menos que el instructor fuera un experto. Ni siquiera los partidos de fútbol eran posibles, ya que no había terreno adecuado.

Las características principales del Campo 13 eran el barro y el humo.

El barro estaba en todas partes. Todos los oficiales de la Compañía vivían en una barraca larga, sombría y llena de corrientes de aire, con suelo de tierra.

El humo entraba constantemente desde los braseros de la cocina contigua. Al caer la noche, nos sentábamos a tiritar con nuestros abrigos tipo «British Warm», leyendo, jugando a las cartas y escribiendo cartas con los ojos llorosos a la débil luz de unas velas que se consumían chorreando.

Los ordenanzas traían un revoltijo de tazas y platos de lata, y el estofado Maconachie se consumía en un malestar moroso. Era una existencia que sofocaba cualquier pensamiento agradable; no sobrevivía nada excepto los anhelos animales de calor, comida y algo que rompiera la monotonía de la rutina de descanso del Cuerpo de Ejército.

La única compensación para mí era que mi cuerpo se ponía sano, a pesar de menores molestias como un constipado continuo.

El paisaje era también una compensación, pues me gustaban sus ondulaciones grises y marrones, salpicadas de almiares, parcheadas y estriadas por el arado, el rastrojo y las cosechas verdes, y surcadas por caminos de herradura y solitarios senderos sin rumbo.

Las liebres y las perdices huían mientras las observaba. A lo largo del horizonte los cañones aún retumbaban y golpeaban, y los proyectiles al estallar formaban diminutas volutas de humo sobre crestas coronadas por hileras de árboles, con la línea oscura de los bosques aquí y allá.

Pero desde algún altiplano ventoso contemplaba los pueblos, dispersos en los pliegues de colinas y valles como puñados de guijarros, grises y de un rojo apagado, y de tales cosas obtuve el consuelo que pude.

Un domingo por la tarde crucé hasta Heilly. Había estado allí unos días con el primer batallón en julio pasado, antes de regresar a la Línea marchando entre polvo y resplandor.

El agua seguía cantando sus notas bajas junto al puente y corría centelleante hacia la curva, pasando junto al jardín de la casa donde el Pagador de Campaña solía entregarnos el dinero. Recordaba haber ido allí con Dick Tiltwood, hacía exactamente un año.

Ormand iba conmigo esta vez, pues se había incorporado al segundo batallón poco después que yo. Aún llevaba su pequeño gramófono, y nos acordamos de cómo Mansfield y Barton se pasaban la vida «bromeando» con él al respecto.

«Tengo que admitir que a veces me hartaban bastante; se pasaban de la raya, sobre todo con ese disco de “Mucho amor”».

Se rió, girando hacia mí sus ojos bonachones bajo las pobladas cejas negras que delataban su fuerte carácter cuando se enojaba.

La broma sobre «Mucho amor» había consistido en que los demás fingían que contenía un epíteto indecente. En una ocasión se conchabaron con el ayudante, quien le pidió a Ormand que pusiera «Mucho amor» y luego simuló asombro ante cierto adjetivo que no se distinguía bien debido al desgaste del disco. Ante lo cual Ormand exclamó enfadado: «Les pregunto, ¿es jodidamente probable que “La voz de su amo” saque un disco con la palabra ⸻?».

Mientras regresábamos penosamente desde Heilly, el sol se hundía rojo más allá de los valles brumosos, soplaba un viento cortante y los equipos de arado daban un último surco a lo largo de las lomas. Habíamos tenido una tarde bastante buena, pero la alegría de Ormand disminuyó a medida que nos acercábamos al campamento. No le apetecía nada jugársela en la Ofensiva de Primavera y quería volver con el «buen viejo Primer Batallón», aunque no encontraría muchas de las viejas caras de confianza cuando llegara allí.

Habló con sombría desgana de su anhelo por una carrera civil ordinaria y de su odio hacia «esta estúpida bufonada que los malditos obispos llaman la Gran Aventura».

El día anterior había estado en un consejo de guerra y, aunque no se le había pedido nada más que completar el quórum de oficiales que juzgaban el caso, aquello lo había alterado. Algún pobre desgraciado había sido condenado a ser fusilado por cobardía. El tribunal había recomendado clemencia para el prisionero, pero los procedimientos no le habían sentado nada bien al joven Ormand.

Sin embargo, alivió la situación al exclamar: «¡Y mañana tengo que ponerme mi... inyección antitifoidea!», y yo le recordé que estaba reduciendo su descubierto en Cox’s por estar en el frente.

Así terminó nuestro paseo; pasamos junto al aeródromo que se vislumbraba a lo lores, y las filas de camiones bajo los árboles de la carretera principal, y el centinela que montaba guardia junto a un brasero encendido en el cruce.

Abajo en la hondonada se agazapaba el Campamento; una cena asquerosa en la choza ahumada y luego a la cama temprano, era todo lo que podía ofrecernos.

El «horario de verano» comenzó a la medianoche, lo que significaba una hora menos de sueño y absolutamente nada más.

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