El tercer círculo: Los iracundos.
Cuanto del tercer ciclo de la hora al alba muestra aquella esfera cuyo juego semeja siempre el de un infante, tanto parecía que del curso le restaba al sol ya hacia la noche;
allí era tarde, y medianoche aquí; y los rayos ferían nuestros rostros, pues de tal modo el monte circundábamos que íbamos ya derechos hacia el poniente;
cuando sentí mi frente sobrecargada por el fulgor mucho más que al principio, y el asombro me daban las cosas desconocidas; por lo cual hacia la cumbre de mis cejas alcancé las manos, y hiciome la visera que lo excesivo de la luz disminuye.
Como cuando del agua o de un espejo el rayo del sol salta a la otra orilla, subiendo hacia lo alto en igual medida en que desciende, y se desvía tanto de la caída de una piedra en línea recta (como demuestran el arte y el experimento), así me pareció que por una luz refractada allí ante mí fui golpeado; por cuya causa mi vista huyó veloz.
«¿Qué es eso, dulce Padre, de lo cual no puedo reparar mi vista de modo que me valga — dije—, y parece que hacia nosotros se mueve?».
«No te maravilles si aún te deslumbran las huestes del cielo —me respondió—; es un ángel, que viene a invitarnos a subir. Pronto será que ver estas cosas no te resulte gravoso, sino deleitable tanto como la naturaleza dispuso que sintieras».
Cuando hubimos llegado al Ángel bendito, con alegre voz dijo: «Entrad aquí por una escala mucho menos empinada que las otras». Ya nos estábamos marchando, una vez ascendido, y «Beati misericordes» se cantaba detrás de nosotros: «¡Regocíjate, tú que vences!».
Mi Maestro y yo, los dos solos íbamos subiendo, y yo pensaba, al ir, sacar algún provecho de sus palabras; y me dirigí a él, preguntando así: «¿Qué quiso decir el espíritu de Romaña al mencionar interdicción y compañía?». Por lo cual él a mí: «De su mayor defecto él conoce el daño; y por tanto no te maravilles si nos reprende, para que menos lo lamentemos. Porque vuestros deseos se dirigen allí donde por la compañía mengua la parte de cada uno, la envidia acciona el fuelle de vuestros suspiros. Pero si el amor de la esfera celestial dirigiera hacia arriba vuestra aspiración, no tendríais ese miedo en vuestro pecho; porque allí, cuanto más se dice Nuestro, tanto más de bien posee cada uno, y más caridad arde en ese claustro».
“Más hambriento estoy de ser satisfecho —dije—, que si antes hubiera estado callado, y más dudas acumulo en mi mente. ¿Cómo puede ser que un bien distribuido haga a los poseedores más ricos en él, que si fuera poseído por unos pocos?”
Y él a mí: “Porque fijas tu mente enteramente en las cosas terrenas, sacas oscuridad de la misma luz. Aquella bondad infinita e inefable que está allá arriba, corre hacia el amor, como el rayo de sol llega a un cuerpo lúcido.
Tanto se da a sí misma cuanto halla de ardor, de modo que, cuanto se extiende la caridad, sobre ella aumenta el valor eterno. Y cuanta más gente hacia allí aspira, más hay para amar bien, y más se ama allí, y, como en un espejo, uno al otro se refleja.
Y si mi raciocinio no te apaña, verás a Beatrice; y ella te quitará por completo este y cualquier otro anhelo. Esfuérzate, pues, en que pronto se extingan, como ya lo están los otros dos, las cinco llagas que se cierran al dolernos”.
Aun cuando deseaba decir: «Tú me apaciguas», vi que había llegado a otro círculo,
De modo que mis ansiosos ojos me hicieron guardar silencio. Allí me pareció que en una visión
Fui raptado de pronto en éxtasis, y vi a muchas personas en un templo; y a la puerta, a una mujer, con el dulce continente de una madre, que decía: «Hijo, ¿por qué has procedido así con nosotros? He aquí que, entristecidos, tu padre y yo te estábamos buscando»; y al cesar aquí, lo que apareció primero había desaparecido.
Luego vi a otra con aquellas aguas por sus mejillas que el dolor destila cuando del gran desdén ajeno nace, y diciendo:
«Si de esa ciudad eres el señor, por cuyo nombre hubo tal lid entre los dioses, y de donde toda ciencia centella, vengate de esos audaces brazos que abrazaron a nuestra hija, oh Pisístrato»;
Y el señor me pareció benigno y manso para responderle con templado aspecto:
«¿Qué haremos a quien nos desea el mal, si aquel que nos ama es por nosotros condenado?».
Then saw I people hot in fire of wrath,
- With stones a young man slaying, clamorously
- Still crying to each other, “Kill him! kill him!”
And him I saw bow down, because of death That weighed already on him, to the earth, But of his eyes made ever gates to heaven, Imploring the high Lord, in so great strife, That he would pardon those his persecutors, With such an aspect as unlocks compassion.
Tan pronto como el alma hubo tornado a las cosas externas que son ciertas, conocí mis errores, que no eran falsos.
Mi Guía, que me vio comportarme como el que de la sombra del sueño se levanta, exclamó: «¿Qué tienes, que no puedes tenerte en pie, sino que has venido más de media legua velando los ojos y con las piernas trabadas, a la manera de quien el vino o el sopor domina?».
«Oh mi dulce Padre, si me escuchas, te diré —le respondí— lo que me apareció cuando así me flaqueaban las piernas».
Y él: «Si tuvieses cien máscaras en el rostro, no me estarían ocultos tus pensamientos, por pequeños que fuesen. Lo que has visto fue para que no dejes de abrir tu corazón a las aguas de la paz, que brotan de la fuente eterna. No pregunté "¿Qué tienes?" como aquel que solo mira con los ojos que no ven cuando el cuerpo yace desprovisto del alma, sino para dar vigor a tus pies; así conviene aguijonear a los perezosos tardos en usar su vigilia cuando esta retorna».
Pasamos, escrutando en la penumbra al frente cuanto alcanzaba la vista contra los rayos serotinos y lúcidos; ¡y he aquí que, poco a poco, un humo se acercaba hacia nosotros, sombrío como la noche, ni había lugar donde ocultarse de él! Esto a nuestros ojos y al aire puro nos privó.