“Me divierte verte enojar —continuó—; sin embargo, puesto que te permito entregarte a estas preguntas y conjeturas, deberías pagarme algo por el privilegio”.
—Considero que estoy en mi perfecto derecho de hacerle estas preguntas —fue mi serena réplica—; por el motivo de que estoy dispuesto a pagar por ellas, y además me importa muy poco lo que sea de mí.
Polina soltó una risita.
“La última vez que me dijiste —en el Shlangenberg— que a una sola palabra mía estarías dispuesto a saltar mil pies hacia el abismo. Algún día tal vez te recuerde esas palabras, para ver si cumples lo que prometiste. Sí, puedes dar por sentado que lo haré. Te odio porque he permitido que llegues tan lejos, y también te odio —y todavía más— porque me eres tan indispensable. Por el momento te necesito, así que debo conservarte”.
Luego hizo un movimiento para levantarse. Su tono había sonado muy enfadado. De hecho, últimamente sus charlas conmigo invariablemente terminaban con una nota de mal genio e irritación—sí, de verdadero mal genio.
—¿Puedo preguntarle quién es esta mademoiselle Blanche? —inquirí (puesto que no deseaba que Polina se marchara sin una explicación).
—Ya sabes quién es; simplemente Mlle. Blanche. No ha sucedido nada más. Probablemente pronto sea Madame General; es decir, si resultan ser ciertos los rumores de que la abuela se acerca a su fin. Mlle. Blanche, con su madre y su primo, el marqués, saben muy bien que, tal como están las cosas ahora, estamos arruinados.