inmediatamente a Homburg. Allí no tendría que servir de lacayo ni yacer en prisión. Media hora antes de partir, fui y me arriesgué a un par de apuestas —no más—, con el resultado de que, en total, perdí mil quinientos florines. A pesar de todo, partí hacia Homburg y llevo ya un mes aquí.
Por supuesto, vivo en constante zozobra, jugando por las más pequeñas apuestas y siempre al acecho de algo —calculando, pasándome días enteros junto a las mesas de juego para observar la partida—, viendo incluso ese juego en mis sueños, y sin embargo pareciendo, mientras tanto, endurecerme de algún modo, volverme costroso, por así decirlo, en el fango.
Pero debo concluir mis apuntes, que termino bajo la impresión de un reciente encuentro con el señor Astley. No lo había visto desde que nos despedimos en Roulettenberg, y ahora nos encontramos por pura casualidad. En ese momento paseaba por los jardines públicos y meditaba sobre el hecho de que no solo aún tenía unos cincuenta gulden en mi poder,