Hasta entonces (concluí) me había mirado con los mismos ojos que la antigua emperatriz a su criado; la emperatriz que no vacilaba en desnudarse ante su esclavo, ya que no consideraba al esclavo un hombre. ¡Sí, a menudo Polina debió de haberme tomado por algo menos que un hombre!
Aun así, ella me había encomendado una misión: ganar lo que pudiera a la ruleta. Sin embargo, durante todo el tiempo no pude evitar preguntarme por qué le era tan necesario ganar algo, y qué nuevos planes habrían nacido en su cerebro siempre fértil. Una multitud de factores nuevos y desconocidos parecía haber surgido durante las últimas dos semanas. Bien, me incumbía adivinarlos e investigarlos, y eso tan pronto como fuera posible. Pero ahora no: en el momento presente debía dirigirme a la mesa de la ruleta.