viajaba para alcanzar a nuestro grupo; y a quien, más tarde, me había topado en Francia y de nuevo en Suiza, ¡dos veces en el espacio de dos semanas! ¡Pensar, por lo tanto, que de repente volviera a encontrarlo aquí, en Roulettenberg! En mi vida había conocido a un hombre más reservado, pues era tímido hasta el borde de la imbecilidad, aunque muy consciente de ello (ya que no era ningún tonto). Al mismo tiempo, era un individuo bondadoso y amable, y ya en nuestro primer encuentro en Prusia me las habí ingeniado para hacerle hablar, y me había contado que acababa de estar en el Cabo Norte y que ahora estaba deseoso de visitar la feria de Nizhni Nóvgorod. Cómo había llegado a entablar conocimiento con el General, no lo sé, pero, al parecer, estaba muy impresionado con Polina. Asimismo, le encantaba que me sentara a su lado en la mesa, pues parecía considerarme su amigo del alma.
Durante la comida, el francés estaba de lo más animado: se mostraba grandilocuente y pedante con todo el mundo. En Moscú también, según recordaba, había soplado muchísimas burbujas. Interminablemente disertaba sobre finanzas y política rusa y, aunque a veces el general amagaba con llevarle la contraria, lo hacía con humildad, como si deseara no perder por completo su propia dignidad.
Por mi parte, me encontraba en un estado de ánimo curioso. Incluso antes de que el almuerzo estuviera medio acabado, me había hecho la vieja y eterna pregunta:
“¿Por qué sigo andando detrás del General, en vez de haberlo dejado a él y a su familia hace mucho tiempo?”
De vez en cuando miraba de reojo a Polina Alexandrovna, pero ella no me hacía ningún caso; hasta que al final me irritó tanto que decidí hacerme el grosero.
Primero que nada, de repente y sin ninguna razón en absoluto, me metí en voz alta y gratuitamente en la conversación general.