superficie inferior, con los huesos de la mandíbula más fuertes y eficaces en este lado ciego de la cabeza que en el otro, con el fin, como supone el Dr. Traquair, de alimentarse con facilidad en el fondo. El desuso, por otra parte, explicará el estado menos desarrollado de toda la mitad inferior del cuerpo, incluidas las aletas laterales; aunque Yarrell piensa que el tamaño reducido de estas aletas es ventajoso para el pez, ya que «hay mucho menos espacio para su acción que para las aletas mayores de arriba». Tal vez el menor número de dientes —en proporción de cuatro a siete en las mitades superiores de las dos mandíbulas de la plaesa, frente a veinticinco a treinta en las mitades inferiores— pueda explicarse asimismo por el desuso. A partir del estado incoloro de la superficie ventral de la mayoría de los peces y de muchos otros animales, podemos suponer razonablemente que la ausencia de color en los peces planos en el lado que queda hacia abajo, ya sea el derecho o el izquierdo, se debe a la exclusión de la luz. Pero no puede suponerse que el peculiar aspecto moteado de la parte superior del lenguado, tan semejante al lecho arenoso del mar, ni la capacidad de algunas especies, demostrada recientemente por Pouchet, de cambiar de color de acuerdo con la superficie circundante, o la presencia de tubérculos óseos en la parte superior del rodaballo, se deban a la acción de la luz. Aquí la selección natural ha entrado probablemente en juego, así como al adaptar la forma general del cuerpo de estos peces, y muchas otras peculiaridades, a sus hábitos de vida. Debemos tener presente, como he insistido antes, que los efectos heredados del uso incrementado de las partes, y tal vez de su desuso, se verán reforzados por la selección natural. Pues todas las variaciones espontáneas en la dirección correcta serán así preservadas; al igual que aquellos individuos que hereden en el grado más
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VII. Objeciones diversas a la teoría de la selección natural
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