"Un ser eterno creó la sociedad humana tal como es hoy en día, y la sumisión a los «superiores» y a la «autoridad» es impuesta a las clases «inferiores» por voluntad divina".
Esta sugerencia, proveniente del púlpito, la tribuna y la prensa, ha hipnotizado las mentes de los hombres y demuestra ser uno de los pilares más fuertes de la explotación.
La investigación científica reveló hace mucho tiempo que la sociedad humana no está fundida en un molde estereotipado. Así como la vida orgánica sobre la tierra adopta formas diferentes, resultado de una sucesión de cambios químicos, la vida en grupo de los seres humanos desarrolla diferentes instituciones sociales como resultado de un control cada vez mayor sobre el entorno, especialmente en la producción de alimentos, ropa y vivienda.
Tal es el mensaje que las obras de hombres como Bachofen, Morgan, Marx, Darwin y otros aportaron a la raza humana.
Pero este mensaje nunca llegó a la gran masa de la humanidad. En los Estados Unidos los nombres de estos hombres son prácticamente desconocidos. Sus libros están agotados, como es el caso de las obras fundamentales de Morgan, o no están traducidos al inglés. Solo unos pocos de ellos son accesibles para unos pocos individuos en los polvorientos estantes de algunas bibliotecas públicas.
Su mensaje es peligroso para el orden existente, y no conviene darle publicidad en un momento en que un mayor progreso intelectual de grandes masas de hombres significa la condena de la clase dirigente. El sistema capitalista ha avanzado tanto que cualquier progreso ulterior debe traer peligro para él y para quienes dominan a través de él.
Pero las fuerzas que han dado lugar al orden social actual continúan su labor independientemente de los deseos de unos pocos explotadores.
Una obra exhaustiva que sintetice nuestros conocimientos actuales sobre el desarrollo de las instituciones sociales es, por tanto, una contribución oportuna a la propaganda socialista. Para satisfacer las necesidades de los socialistas, un resumen de este tipo debe ser escrito por un socialista.
Todos los científicos que se dedicaron al estudio de la sociedad primitiva pertenecían a las clases privilegiadas, e incluso el más radical de ellos, Lewis Morgan, se vio impedido por su entorno de señalar el único hecho cuyo reconocimiento distingue la postura socialista de todas las demás: LA EXISTENCIA DE UNA LUCHA DE CLASES.
La alusión más fuerte a este hecho se encuentra en el siguiente pasaje de "La sociedad antigua":
"La propiedad y el cargo fueron los cimientos sobre los cuales la aristocracia se asentó. Si este principio ha de vivir o morir ha sido uno de los grandes problemas con los que la sociedad moderna se ha enfrentado.... Como una cuestión entre derechos iguales y derechos desiguales, entre leyes iguales y leyes desiguales, entre los derechos de la riqueza, del rango y de la posición oficial, y el poder de la justicia y la inteligencia, cabe albergar pocas dudas acerca del resultado final" (página 551).
Sin embargo, Morgan sostenía que «han transcurrido varios miles de años sin el derrocamiento de las clases privilegiadas, excepto en los Estados Unidos».
Pero en los días de los trusts, del gobierno por mandamiento judicial, de círculos de 400 personas con toda la arrogancia y exclusividad de la nobleza europea, de las ramas aristocráticas de las Hijas de la Revolución y de otros dones del desarrollo capitalista, al trabajador estadounidense moderno difícilmente le cabrá la visión optimista de Morgan de que no existen clases privilegiadas en los Estados Unidos. Debe admitirse, sin embargo, que hasta el día de hoy la obra de Morgan es la más fundamental y exhaustiva de todas las escritas sobre el tema del desarrollo social antiguo.
La Historia del matrimonio humano de Westermarck aborda la cuestión principalmente desde el punto de vista de la etnología y la historia natural. Como tratado científico es totalmente inadecuado, ya que se trata simplemente de una compilación de datos de todas partes del mundo, dispuestos sin la comprensión de las organizaciones gentilicias ni de la concepción materialista de la historia, y utilizados para especulaciones descabelladas.
El argumento de Kovalevsky gira en torno a la proposición de que el hogar patriarcal es una etapa típica de la sociedad, intermedia entre la familia matriarcal y la monogámica.
Ninguno de estos hombres podía discutir el asunto desde el punto de vista proletario. Pues para hacer esto, es necesario descender desde las colinas de la presunción de clase hasta el valle de la conciencia de clase proletaria.
Esta conciencia y la mente socialista nacen juntas. La clave de la filosofía del capitalismo es la filosofía del socialismo. Con los rayos de este reflector, Engels desnudó a los piadosos "engañadores", la propiedad y el estado, y a su "sublime" ideal, la codicia.
Y la familia monogámica, lejos de ser una "unión de almas" instituida por Dios, se revela como el producto de una serie de motivos materiales y, en última instancia, de los más sórdidos. Pero la ética de la propiedad es digna de un sistema de producción que, en su etapa final, excluye a la abrumadora masa de la humanidad anhelante de la felicidad del hogar y de la vida familiar, de toda evolución hacia una individualidad superior, y que incluso hace retroceder el progreso y empuja a millones de seres humanos hacia una degeneración irrevocable.
El deseo de una vida superior no puede despertar en el hombre hasta que esté plenamente convencido de que su vida actual es fea, baja y susceptible de ser mejorada por él mismo.
El presente pequeño volumen está especialmente adaptado para ayudar a los explotados de ambos sexos a reconocer las causas reales que originaron su condición actual. Al abrir los ojos de la muchedumbre engañada y reducir las divagaciones de sus líderes políticos y educativos, ignorantes o egoístas, a la sobria realidad, mostrará el camino que sale de la oscuridad y los laberintos de las tradiciones serviles hacia la luz y la libertad de una vida más plena en la tierra.
Estas son las razones para presentar este pequeño volumen a los lectores de habla inglesa. Sin más preámbulos, lo dejamos a su lectura y a sus propias conclusiones.
ERNEST UNTERMANN.
Chicago, agosto de 1902.