Restaurando la relación Creador-Criatura
Exaltado seas, oh Dios, sobre los cielos; sea tu gloria sobre toda la tierra.
Es una verdad de perogrullo decir que el orden en la naturaleza depende de las relaciones correctas; para lograr la armonía, cada cosa debe estar en su posición adecuada en relación con cada una de las demás. En la vida humana no es de otro modo.
Ya he insinuado antes en estos capítulos que la causa de todas nuestras miserias humanas es una dislocación moral radical, una alteración en nuestra relación con Dios y entre nosotros.
Pues, sea lo que fuere la Caída en otros aspectos, fue sin duda un cambio drástico en la relación del hombre con su Creador. Adoptó hacia Dios una actitud alterada y, al hacerlo, destruyó la debida relación Creador-criatura en la cual, sin él saberlo, residía su verdadera felicidad.
Esencialmente, la salvación es la restauración de una relación correcta entre el hombre y su Creador, el restablecimiento a la normalidad de la relación Creador-criatura.
Una vida espiritual satisfactoria comenzará con un cambio completo en la relación entre Dios y el pecador; no un cambio meramente judicial, sino un cambio consciente y experimentado que afecte a toda la naturaleza del pecador.
La expiación en la sangre de Jesús hace posible tal cambio en el plano judicial, y la obra del Espíritu Santo lo hace emocionalmente satisfactorio.
La historia del hijo pródigo ilustra perfectamente esta última fase. Él se había atraído un mundo de problemas al abandonar la posición que le correspondía legítimamente como hijo de su padre. En el fondo, su restauración no fue más que el restablecimiento de la relación padre-hijo que había existido desde su nacimiento y que había sido alterada temporalmente por su acto de rebelión pecaminosa.
Esta historia pasa por alto los aspectos legales de la redención, pero aclara maravillosamente los aspectos experienciales de la salvación.
En la determinación de las relaciones debemos empezar por alguna parte. Debe haber en alguna parte un centro fijo contra el cual se mida todo lo demás, donde la ley de la relatividad no entre y podamos decir «es» y no hacer concesiones.
Tal centro es Dios. Cuando Dios quiso dar a conocer Su Nombre a la humanidad, no pudo encontrar mejor palabra que «Yo soy»
Cuando Él habla en primera persona dice: «Yo soy»; cuando hablamos de Él decimos: «Él es»; cuando le hablamos a Él decimos: «Tú eres».
Todos los demás y todo lo demás se miden a partir de ese punto fijo. «Yo soy el que soy», dice Dios, «No cambio».
Así como el marinero localiza su posición en el mar «fichando» el sol, nosotros podemos orientarnos moralmente mirando a Dios.
Debemos empezar por Dios. Estamos en lo correcto cuando —y solo cuando— nos encontramos en una posición correcta en relación con Dios, y estamos equivocados en la medida y durante todo el tiempo en que nos encontremos en cualquier otra posición.
Mucha de nuestra dificultad como cristianos que buscan a Dios proviene de nuestra falta de voluntad para tomar a Dios tal como es y ajustar nuestras vidas en consecuencia.
Insistimos en tratar de modificarlo y de acercarlo más a nuestra propia imagen. La carne solloza ante el rigor de la sentencia inexorable de Dios y ruega, como Agag, un poco de misericordia, una pequeña indulgencia para sus caminos carnales.
No sirve de nada. Solo podemos tener un buen comienzo aceptando a Dios tal como es y aprendiendo a amarlo por lo que es. A medida que avancemos para conocerlo mejor, encontraremos que es una fuente de gozo indescriptible el hecho de que Dios sea exactamente como es.
Algunos de los momentos más arrebatadores que conocemos serán aquellos que pasemos en reverente admiración de la Deidad. En esos santos momentos, la propia idea de un cambio en Él será demasiado dolorosa para soportarla.
Así que comencemos con Dios. Detrás de todo, por encima de todo, antes de todo está Dios; primero en orden secuencial, superior en rango y posición, exaltado en dignidad y honor. Como el Ser autoexistente, dio el ser a todas las cosas, y todas las cosas existen a partir de Él y para Él.
«Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder: porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad fueron y han sido creadas».
Toda alma pertenece a Dios y existe por Su voluntad.
Siendo Dios Quien y Qué es, y siendo nosotros quienes y lo que somos, la única relación concebible entre nosotros es una de pleno señorío por Su parte y completa sumisión por la nuestra.
Le debemos todo honor que esté en nuestro poder darle. Nuestra pesadumbre eterna radica en darle cualquier cosa menor que eso.
La búsqueda de Dios abarcará el esfuerzo de llevar nuestra personalidad entera a la conformidad con la suya. Y esto no solo en un sentido judicial, sino real.
No me refiero aquí al acto de la justificación por la fe en Cristo. Hablo de una exaltación voluntaria de Dios a su debido lugar sobre nosotros y de una rendición voluntaria de todo nuestro ser al estado de sumisión adoradora que la circunstancia de Creador a criatura hace apropiada.
En el momento en que nos decidimos a seguir adelante con este propósito de exaltar a Dios por sobre todo, salimos del desfile del mundo.
Nos encontraremos desajustados a los caminos del mundo, y cada vez más a medida que avancemos en el camino santo.
Adquiriremos un nuevo punto de vista; una psicología nueva y diferente se formará en nuestro interior; un nuevo poder empezará a sorprendernos con sus brotes y sus desbordes.
Nuestra ruptura con el mundo será el resultado directo de nuestra relación cambiante con Dios. Porque el mundo de los hombres caída no honra a Dios. Millones se invisten con Su Nombre, es verdad, y le rinden algo de respeto simbólico, pero una simple prueba mostrará cuán poco se le honra realmente entre ellos. Que se ponga al hombre común a prueba sobre la cuestión de quién está por encima, y su verdadera posición quedará al descubierto. Que se le obligue a tomar una decisión entre Dios y el dinero, entre Dios y los hombres, entre Dios y la ambición personal, Dios y el yo, Dios y el amor humano, y Dios ocupará el segundo lugar cada vez. Esas otras cosas serán exaltadas por encima. Por mucho que el hombre proteste, la prueba está en las elecciones que hace día tras día a lo largo de su vida.
“Exaltado seas” es el lenguaje de la experiencia espiritual victoriosa. Es una pequeña llave para abrir la puerta a los grandes tesoros de la gracia. Es central en la vida de Dios en el alma.
Que el hombre buscador alcance un lugar donde la vida y los labios se unan para decir continuamente “Exaltado seas”, y mil problemas menores se resolverán al instante.
Su vida cristiana deja de ser la cosa complicada que había sido antes y se convierte en la esencia misma de la simplicidad. Mediante el ejercicio de su voluntad ha fijado su rumbo, y en ese rumbo permanecerá como si fuera guiado por un piloto automático.
Si es desviado del rumbo por un momento debido a algún viento adverso, seguramente regresará de nuevo como por una inclinación secreta del alma. Los movimientos ocultos del Espíritu obran a su favor, y “las estrellas en sus cursos” pelean por él.
Ha enfrentado el problema de su vida en su centro, y todo lo demás debe seguir el mismo camino.
Que nadie imagine que perderá algo de su dignidad humana por esta entrega voluntaria de todo su ser a su Dios. No se degrada con ello como hombre; más bien halla su legítimo lugar de gran honor como alguien hecho a imagen de su Creador.
Su profunda deshonra residía en su desorden moral, en su usurpación antinatural del lugar de Dios. Su honor se demostrará al restaurar de nuevo ese trono robado. Al exaltar a Dios sobre todas las cosas, ve consagrado su propio y máximo honor.
Cualquiera que pueda mostrarse reacio a rendir su voluntad a la voluntad de otro debe recordar las palabras de Jesús: «Todo aquel que comete pecado es esclavo del pecado».
Por necesidad debemos ser siervos de alguien, ya sea de Dios o del pecado. El pecador se enorgullece de su independencia, pasando por alto por completo el hecho de que es el débil esclavo de los pecados que gobiernan sus miembros.
El hombre que se rinde a Cristo cambia a un capataz cruel por un Amo bondadoso y clemente, cuyo yugo es fácil y cuya carga es ligera.
Hechos como fuimos a imagen de Dios, apenas nos parece extraño volver a tomar a nuestro Dios como nuestro Todo.
Dios fue nuestro hábitat original y nuestros corazones no pueden menos que sentirse como en casa cuando entran de nuevo en esa antigua y hermosa morada.
Espero que quede claro que hay una lógica detrás de la pretensión de Dios de preeminencia.
Ese lugar le pertenece por todo derecho en la tierra o en el cielo. Mientras nos adueñemos del lugar que es Suyo, el curso entero de nuestras vidas estará fuera de lugar.
Nada restaurará ni puede restaurar el orden hasta que nuestros corazones tomen la gran decisión: Dios será exaltado por encima de todo.
“A los que me honran yo los honraré”, dijo Dios una vez a un sacerdote de Israel, y esa antigua ley del Reino sigue en pie hoy, inalterada por el paso del tiempo o los cambios de dispensación.
Toda la Biblia y cada página de la historia proclaman la perpetuación de esa ley.
“Si alguno me sirve, mi Padre le honrará”, dijo nuestro Señor Jesús, uniendo lo viejo con lo nuevo y revelando la unidad esencial de Sus caminos con los hombres.
Sometimes the best way to see a thing is to look at its opposite.
Eli and his sons are placed in the priesthood with the stipulation that they honor God in their lives and ministrations. This they fail to do, and God sends Samuel to announce the consequences.
Unknown to Eli this law of reciprocal honor has been all the while secretly working, and now the time has come for judgment to fall.
- Hophni and Phineas, the degenerate priests, fall in battle,
- the wife of Hophni dies in childbirth,
- Israel flees before her enemies,
- the ark of God is captured by the Philistines
- and the old man Eli falls backward and dies of a broken neck.
Thus stark utter tragedy followed upon Eli’s failure to honor God.
Ahora contraste esto con casi cualquier personaje bíblico que haya intentado honestamente glorificar a Dios en su caminar terrenal.
Vea cómo Dios pasó por alto las debilidades y desatendió los fracasos mientras derramaba sobre sus siervos gracia y bendición incalculables.
Que sea Abraham, Jacob, David, Daniel, Elías o quien usted quiera; la honra siguió a la honra como la cosecha a la semilla.
El hombre de Dios fijó su corazón en exaltar a Dios por encima de todo; Dios aceptó su intención como un hecho y actuó en consecuencia.
No la perfección, sino la santa intención marcó la diferencia.
En nuestro Señor Jesucristo esta ley se vio en sencilla perfección. En Su humilde condición humana Se humilló y con alegría dio toda la gloria a Su Padre en el cielo. No buscaba Su propia honra, sino la honra de Dios que lo envió.
«Si yo me honro a mí mismo —dijo en cierta ocasión—, mi honra nada es; mi Padre es el que me honra».
Tan lejos se habían apartado los orgullosos fariseos de esta ley que no podían entender a alguien que honraba a Dios a costa propia.
«Yo honro a mi Padre —les dijo Jesús—, y vosotros me deshonráis».
Otro dicho de Jesús, y de lo más inquietante, fue formulado en forma de pregunta: «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?».
Si entiendo esto correctamente, Cristo enseñó aquí la alarmante doctrina de que el deseo de honor entre los hombres hacía que la creencia fuera imposible.
- ¿Es este pecado la raíz de la incredulidad religiosa?
- ¿Podría ser que esas «dificultades intelectuales» de las que los hombres culpan a su incapacidad para creer no sean más que cortinas de humo para ocultar la verdadera causa que hay detrás de ellas?
- ¿Fue este ávido deseo de honor por parte del hombre lo que convirtió a los hombres en fariseos y a los fariseos en deicidas?
- ¿Es este el secreto detrás de la justicia propia religiosa y del culto vacío?
Creo que puede ser así. Todo el curso de la vida se trastorna al no poner a Dios en el lugar que le corresponde. Nos ensalzamos a nosotros mismos en lugar de a Dios y la maldición se sigue.
En nuestro anhelo por Dios, tengamos siempre presente que Dios también tiene un anhelo, y su anhelo se dirige hacia los hijos de los hombres, y más particularmente hacia aquellos hijos de los hombres que tomen la decisión irrevocable de exaltarle por encima de todo.
Tales personas son preciosas para Dios por encima de todos los tesoros de la tierra o del mar. En ellas Dios halla un escenario donde puede mostrar su inmensa bondad hacia nosotros en Cristo Jesús. Con ellas Dios puede caminar sin impedimentos, hacia ellas puede actuar como el Dios que es.
Al hablar así tengo un solo temor; y es que pueda convencer a la mente antes de que Dios pueda ganar el corazón.
Pues esta postura de Dios sobre todo no es fácil de asumir. La mente puede aprobarla sin tener el consentimiento de la voluntad para ponerla en práctica.
Mientras la imaginación se adelanta para honrar a Dios, la voluntad puede quedarse atrás y el hombre jamás sospechar cuán dividido está su corazón. El hombre entero debe tomar la decisión antes de que el corazón pueda conocer una satisfacción real.
Dios nos quiere a todos, y no descansará hasta habernos ganado por completo. Ninguna parte del hombre le basta.
Oremos sobre esto en detalle, arrojándonos a los pies de Dios y sintiendo cada palabra que decimos.
Nadie que ore así con sinceridad tendrá que esperar mucho para recibir señales de la aceptación divina.
Dios desvelará Su gloria ante los ojos de Su siervo, y pondrá todos Sus tesoros a disposición de tal persona, pues sabe que Su honor está seguro en manos tan consagradas.
Oh Dios, sé exaltado sobre mis posesiones. Nada de los tesoros de la tierra me parecerá precioso con tal de que Tú seas glorificado en mi vida.
Sé exaltado sobre mis amistades. Estoy decidido a que Tú estés por encima de todo, aunque deba quedarme abandonado y solo en medio de la tierra.
Sé exaltado sobre mis comodidades. Aunque signifique la pérdida de los bienes corporales y la carga de pesadas cruces, cumpliré el voto que hoy he hecho ante Ti.
Sé exaltado sobre mi reputación. Haz que mi ambición sea agradarte, aun si como resultado debo hundirme en la oscuridad y mi nombre ser olvidado como un sueño.
Levántate, oh Señor, al lugar de honor que te corresponde, por encima de mis ambiciones, de mis gustos y disgustos, de mi familia, de mi salud y aun de mi propia vida.
Permíteme menguar para que Tú crezcas, permíteme hundirte para que Tú te eleves por encima. Cabalga sobre mí como lo hiciste al entrar en Jerusalén montado sobre el humilde animalito, un pollino, cría de asna, y déjame escuchar a los niños clamar a Ti: «¡Hosanna en las alturas!».