La mayoría de los socialistas alemanes apoyaron la guerra y la mayor parte de sus miembros en el Reichstag votaron a favor de los créditos de guerra. Algunos, sin embargo, como Karl Liebknecht, hijo de Wilhelm Liebknecht, se opusieron al gobierno imperial y fueron encarcelados.
La presión, no obstante, obligó finalmente al gobierno a liberar a Liebknecht, quien pronunció entonces apasionados discursos por todo el país, incitando al pueblo contra el káiser y los especuladores de la guerra, y instando a los soldados a volver sus armas contra el propio gobierno imperial.
Mientras Liebknecht desafiaba a las autoridades, las fuerzas navales se amotinaron en Kiel. Los socialistas convocaron entonces una huelga general para el 11 de noviembre de 1918, como preludio de la revolución.
Scheidemann y Ebert habían estado apoyando al gobierno del príncipe Max de Baden, el sucesor de Von Hertling como canciller del imperio, y habían desaprobado la idea de una revolución. Pero cuando Scheidemann vio que la revolución era ciertamente inminente y que él y sus colegas probablemente quedarían marginados, se unió al movimiento con su poderosa organización, intervino y tomó el poder.
Un consejo nacional de soldados, marineros y obreros fue formado en Berlín, pero el gobierno provisional fue configurado por Scheidemann, Ebert y otros socialistas mayoritarios en virtud de su excelente maquinaria política.
El gobierno de Ebert-Scheidemann libró muchas duras batallas contra un radicalismo creciente. Su gobierno representaba al grupo más moderado de los socialistas y recibió el apoyo de los centristas y otros debido a que estos se oponían mucho más a los socialistas de la extrema izquierda, como los comunistas espartaquistas.
Varias revueltas organizadas por los espartaquistas fueron aplastadas con considerable derramamiento de sangre. En enero de 1919, poco después