Polak y yo solíamos tener discusiones muy encendidas sobre la conveniencia o no de dar a los niños una educación inglesa.
Siempre ha sido mi convicción que los padres indios que enseñan a sus hijos a pensar y hablar en inglés desde su infancia traicionan a sus hijos y a su país. Les despojan de la herencia espiritual y social de la nación y, en esa medida, los incapacitan para el servicio a la patria.
Con estas convicciones, me propuse hablar siempre a mis hijos en guyaratí.
A Polak nunca le gustó esto. Creía que yo les estaba arruinando el porvenir. Sostenía, con todo el vigor y el amor de que era capaz, que, si los niños aprendían desde la infancia un idioma universal como el inglés, obtendrían fácilmente una ventaja considerable sobre los demás en la carrera de la vida. No logró convencerme. Ya no recuerdo si lo convencí de la justeza de mi postura, o si se dio por vencido al considerarme demasiado obstinado.
Esto sucedió hace unos veinte años, y mis convicciones no han hecho más que profundizarse con la experiencia.
Aunque mis hijos han sufrido por falta de una educación literaria completa, el conocimiento de la lengua materna que adquirieron de forma natural ha sido en beneficio absoluto de ellos y del país, por cuanto no parecen los extranjeros que de otro modo habrían parecido.
Se volvieron bilingües de forma natural, hablando y escribiendo inglés con bastante soltura, debido al contacto diario con un amplio círculo de amigos ingleses y a su estancia en un país donde el inglés era el idioma principal.