tenido que comer carne de res y beber licor, que también había tenido que cambiarse de ropa y que, a partir de entonces, comenzó a andar con indumentaria europea, sombrero incluido. Estas cosas me ponían de los nervios. Ciertamente, pensaba yo, una religión que obligaba a uno a comer carne de res, beber licor y cambiarse la propia ropa no merecía tal nombre. También oí que el nuevo converso ya había empezado a insultar la religión de sus antepasados, sus costumbres y su país. Todas estas cosas crearon en mí una aversión hacia el cristianismo.
Pero el hecho de haber aprendido a ser tolerante con otras religiones no significaba que tuviera una fe viva en Dios. Me ocurrió, por esta época, tropezar con el Manusmriti, que estaba entre la colección de libros de mi padre. La historia de la creación y cosas similares que contiene no me impresionaron demasiado, sino que, por el contrario, me inclinaron un tanto hacia el ateísmo.
Había un primo mío, que aún vive, por cuya inteligencia sentía un gran respeto. A él acudí con mis dudas. Pero no pudo resolverlas. Me despidió con esta respuesta:
«Cuando crezcas, podrás resolver estas dudas tú mismo. Estas cuestiones no deben plantearse a tu edad».
Me quedé callado, pero no me consolé. Los capítulos sobre la dieta y temas afines en el Manusmriti me pareció que contradecían la práctica diaria. A mis dudas sobre esto también obtuve la misma respuesta.
«Con la inteligencia más desarrollada y con más lecturas lo comprenderé mejor», me dije a mí mismo.
El Manusmriti de todos modos no me enseñó entonces la Ahimsa. Ya he contado la historia de cuando comía carne. El Manusmriti parecía respaldarlo.