¿Práctica dudosa?
No me cabía duda de la solidez de mi consejo, pero dudaba mucho de mi capacidad para hacerle plena justicia al caso. Sentía que sería una empresa de lo más arriesgada argumentar un caso tan difícil ante el Tribunal Supremo, y comparecí ante el estrado con temor y temblor.
En cuanto me referí al error en las cuentas, uno de los jueces dijo:
—¿No es esto un juego sucio, señor Gandhi?
Hervía por dentro al oír semejante acusación. Era intolerable que se me acusara de malas artes cuando no había el menor fundamento para ello.
“Con un juez así, predispuesto desde el principio, hay pocas posibilidades de éxito en este difícil caso”, me dije. Pero ordené mis pensamientos y respondí:
—Me sorprende que su señoría sospeche de malas artes sin escucharme hasta el final.
—Ni hablar de cargos —dijo el juez—. Es una mera sugerencia.
«La sugerencia que aquí se hace me parece que equivale a una acusación. Le pediría a Su Señoría que me escuche hasta el final y que luego me procese si hay motivo para ello».
—Siento haberle interrumpido —replicó el juez—. Le ruego que continúe con su explicación de la discrepancia.
Tenía suficiente material en apoyo de mi explicación. Gracias a que el juez había planteado esta cuestión, pude fijar la atención del Tribunal en