No sé a qué hora me fui a la cama. Recuerdo haberme desnudado, haberme puesto una bata y haberme quedado de pie en el balcón. Sabía que estaba bastante borracho, y cuando entré encendí la luz de la cabecera de la cama y me puse a leer. Estaba leyendo un libro de Turguénev. Probablemente leí las mismas dos páginas varias veces. Era uno de los relatos de Relatos de un cazador. Lo había leído antes, pero me pareció totalmente nuevo. El campo se volvió muy nítido y la sensación de presión en la cabeza pareció aflojarse. Estaba muy borracho y no quería cerrar los ojos porque la habitación empezaba a dar vueltas y vueltas. Si seguía leyendo, esa sensación pasaría.
Oí subir las escaleras a Brett y a Robert Cohn. Cohn dio las buenas noches fuera de la puerta y siguió subiendo hacia su habitación.
Oí a Brett entrar en la habitación de al lado. Mike ya estaba en la cama. Había entrado conmigo una hora antes. Se despertó cuando ella entró y estuvieron hablando. Los oí reír.
Apagué la luz e intenté dormirme. Ya no hacía falta seguir leyendo. Podía cerrar los ojos sin que me viniera la sensación de vértigo. Pero no conseguía dormir.
No hay ninguna razón para que, por el hecho de estar a oscuras, veas las cosas de otro modo que a la luz del día. ¡Una mierda no la va a haber!
Eso lo averigüé todo una vez, y durante seis meses no volví a dormir con la luz eléctrica apagada. Esa fue otra brillante ocurrencia. A la mierda las mujeres, de todos modos. A la mierda tú, Brett Ashley.
Las mujeres eran unas amigas estupendas. Maravillosamente estupendas.
En primer lugar, uno tenía que estar enamorado de una mujer para tener una base de amistad. Yo había tenido a Brett por amiga. No había estado pensando en su parte del asunto. Había estado obteniendo algo a cambio de nada. Eso solo retrasaba la presentación de la cuenta. La cuenta siempre llegaba. Esa era una de las cosas estupendas con las que uno podía contar.
Creía que lo había pagado todo. No como la mujer que paga y paga y paga. Sin idea de retribución o castigo. Solo intercambio de valores.
Renunciabas a algo y obtenías otra cosa. O trabajabas por algo. Pagabas de algún modo por todo lo que valía la pena.
Me había pagado la entrada a suficientes cosas que me gustaban como para pasarlo bien. O pagabas aprendiendo sobre ellas, o con experiencia, o arriesgándote, o con dinero.
Disfrutar de la vida era aprender a sacarle partido a tu dinero y saber cuándo lo habías hecho. Podías sacarle partido a tu dinero. El mundo era un buen lugar para comprar.
Parecía una gran filosofía. Dentro de cinco años, pensé, me parecerá tan estúpida como todas las demás grandes filosofías que he tenido.
Tal vez eso no fuera cierto, sin embargo. Tal vez a medida que avanzabas sí aprendías algo.
No me importaba de qué trataba todo aquello. Todo lo que quería saber era cómo vivir en ello. Tal vez si averiguabas cómo vivir en ello, aprendías a partir de ahí de qué trataba todo aquello.
Ojalá Mike no se hubiera portado tan mal con Cohn, sin embargo.
- Mike se ponía mal borracho.
- Brett se ponía bien borracha.
- Bill se ponía bien borracho.
- Cohn nunca se emborrachaba.
Mike era desagradable después de rebasar cierto límite. Me gustaba verlo herir a Cohn. Ojalá no lo hubiera hecho, sin embargo, porque después me producía asco de mí mismo.
Eso era la moralidad; cosas que te daban asco después. No, eso debía de ser la inmoralidad. Era una afirmación rotunda. Cuántas memeces se me ocurrían por la noche. Qué estupidez, podía oír decirlo a Brett. ¡Qué estupidez!
Cuando uno andaba con ingleses adquiría la costumbre de usar expresiones inglesas al pensar. El idioma inglés hablado —el de las clases altas, de todos modos— debía de tener menos palabras que el esquimal. Por supuesto, yo no sabía nada del esquimal. Tal vez el esquimal fuera un idioma excelente. Digamos que el cheroqui. Yo tampoco sabía nada del cheroqui.
Los ingleses hablaban con frases con inflexiones. Una sola frase para significar todo. Me caían bien, sin embargo. Me gustaba cómo hablaban. Tomemos a Harris. Aunque Harris no pertenecía a las clases altas.
Volví a encender la luz y leí. Leí el Turguénev. Sabía que ahora, leyéndolo con la mente hiperestesiada después de demasiado brandy, lo recordaría en alguna parte, y después me parecería como si realmente me hubiera pasado a mí. Siempre lo tendría. Aquella era otra de esas cosas buenas por las que uno pagaba y luego conservaba. Ya entrada la madrugada, me quedé dormido.
Los dos días siguientes en Pamplona transcurrieron tranquilos y no hubo más peleas. El pueblo se estaba preparando para la fiesta.
Los obreros levantaron los postes de las puertas destinados a cerrar las calles laterales cuando los toros salieran de los corrales y corrieran por las mañanas camino a la plaza. Los obreros cavaron agujeros y encajaron los maderos, cada uno numerado para su lugar correspondiente.
En la meseta más allá del pueblo, los empleados de la plaza de toros ejercitaban a los caballos de picador, haciéndolos galopar con patas rígidas por los campos duros y tostados por el sol detrás de la plaza. La gran puerta de la plaza estaba abierta y, por dentro, el anfiteatro estaba siendo barrido. El ruedo fue apisonado y regado, y unos carpinteros reemplazaron los tablones debilitados o agrietados de la barrera. De pie en el borde de la arena lisa y apisonada, uno podía mirar hacia arriba en las gradas vacías y ver a viejas barriendo los palcos.
Afuera, la valla que iba desde la última calle del pueblo hasta la entrada de la plaza de toros ya estaba instalada y formaba un largo corral; la multitud vendría corriendo con los toros detrás la mañana del día de la primera corrida.
Allá a lo lejos en la llanura, donde tendría lugar la feria de ganado caballar y vacuno, unos gitanos habían acampado bajo los árboles. Los vendedores de vino y aguardiente estaban montando sus casetas. En una caseta se anunciaba Anís del Toro. El letrero de tela pendía contra los tablones bajo el sol abrasador.
En la gran plaza que era el centro del pueblo aún no había cambios. Nos sentamos en las sillas de mimbre blanco de la terraza del café y vimos llegar los autobuses y descargar a los campesinos del campo que venían al mercado, y vimos cómo los autobuses se llenaban y partían con los campesinos sentados con sus alforjas llenas de las cosas que habían comprado en el pueblo. Los altos autobuses grises eran la única vida de la plaza, aparte de las palomas y el hombre con una manguera que regaba la plaza de grava y mojaba las calles.
Por la tarde era el paseo. Durante una hora después de la comida todo el mundo, todas las muchachas bonitas, los oficiales de la guarnición, toda la gente elegante del pueblo, paseaba por la calle a un lado de la plaza mientras las mesas del café se llenaban con la habitual concurrencia de después de comer.
Durante la mañana solía sentarme en el café y leer los periódicos de Madrid y luego paseaba por la ciudad o por el campo.
A veces Bill venía conmigo. A veces escribía en su habitación. Robert Cohn pasaba las mañanas estudiando español o intentando afeitarse en la barbería. Brett y Mike nunca se levantaban hasta el mediodía.
Todos tomábamos un vermú en el café. Era una vida tranquila y nadie estaba borracho.
Fui a la iglesia un par de veces, una de ellas con Brett. Dijo que quería oírme confesar, pero le dije que no solo era imposible, sino que no era tan interesante como sonaba y que, además, sería en un idioma que ella no conocía.
Nos encontramos con Cohn al salir de la iglesia y, aunque era evidente que nos había seguido, se mostró muy amable y simpático, y los tres fuimos a dar un paseo hasta el campamento gitano, donde a Brett le leyeron la buenaventura.
Era una buena mañana, había altas nubes blancas sobre las montañas.
Había llovido un poco por la noche y se estaba fresco en la meseta, y había una vista maravillosa.
Todos nos sentíamos bien y nos sentíamos sanos, y yo me sentía bastante amistoso con Cohn. Uno no podía alterarse por nada en un día así.
Ese fue el último día antes de la fiesta.