Planes discutidos—Placeres de «acampar al aire libre» en noches apacibles—Ídem en noches lluviosas—Se decide un compromiso—Montmorency, primeras impresiones sobre él—Temores de que sea demasiado bueno para este mundo, temores descartados posteriormente por carecer de fundamento—Se levanta la sesión.
Sacamos los mapas y discutimos los planes.
Quedamos en salir el sábado siguiente desde Kingston. Harris y yo bajaríamos por la mañana y llevaríamos la barca remando hasta Chertsey, y George, que no podría escapar de la City hasta por la tarde (George se queda dormido en un banco de diez a cuatro todos los días, excepto los sábados, cuando lo despiertan y lo echan a la calle a las dos), se nos uniría allí.
¿Debemos «acampar» o dormir en posadas?
George y yo éramos partidarios de acampar. Decíamos que sería algo tan salvaje y libre, tan patriarcal.
Lentamente, el áureo recuerdo del sol muerto se desvanece de los corazones de las nubes frías y tristes.
Silenciosas, como niños apesadumbrados, las aves han cesado su canto, y solo el quejumbroso grito de la gallineta de agua y el áspero croar del guión de codornices agitan el sobrecogido silencio en torno al lecho de aguas, donde el día moribundo exhala su último aliento.
Desde los oscuros bosques de ambas orillas, el ejército fantasmal de la Noche, las grises sombras, se desliza con paso silencioso para ahuyentar a