Parece que guardan un viento del este especialmente cortante, esperándome, cuando voy a bañarme temprano por la mañana; y eligen todas las piedras de tres aristas y las ponen encima, y afilan las rocas y cubren las puntas con un poco de arena para que no pueda verlas, y se llevan el mar y lo ponen a dos millas de distancia, de modo que tengo que encogerme entre mis brazos y saltar, tiritando, a través de quince centímetros de agua. Y cuando por fin llego al mar, está picado y es bastante insultante.
Una gran ola me atrapa y me arroja en postura de sentado, con toda la fuerza posible, sobre una roca que han colocado allí expresamente para mí. Y, antes de haber exclamado «¡Ay! ¡Uf!» y de haberme dado cuenta de qué es lo que ha desaparecido, la ola regresa y me arrastra mar adentro.
Empiezo a nadar frenéticamente hacia la orilla, me pregunto si volveré a ver algún día mi hogar y a mis amigos, y desearía haber sido más bueno con mi hermana pequeña cuando era un niño (cuando yo era un niño, quiero decir).
Justo cuando he perdido toda esperanza, una ola se retira y me deja estirado como una estrella de mar sobre la arena; me levanto, miro atrás y descubro que he estado nadando por mi vida en sesenta centímetros de agua.
Vego dando saltos a vestirme y me arrastro hasta casa, donde tengo que fingir que me ha gustado.
En el presente caso, todos hablamos como si fuéramos a nadar un buen rato todas las mañanas.
George dijo que era muy agradable despertarse en la barca a la fresca mañana y sumergirse en el río límpido. Harris dijo que no había nada como un baño antes de desayunar para abrir el apetito. Dijo que a él siempre le abría el apetito.