—¡Te digo que estás completamente equivocado! —rugiste, deseando poder alcanzarlo; y diste un tirón a tus cuerdas que arrancó todas sus estacas.
«¡Ah, maldito imbécil!», le oyes murmurar para sus adentros; y entonces se oye un tirón violento, y tu lado se viene abajo.
Dejas el mazo y echas a andar alrededor para decirle lo que piensas de todo el asunto y, al mismo tiempo, él emprende la marcha en la misma dirección para venir a explicarte su punto de vista a ti.
Y os perseguís el uno al otro dando vueltas, insultándoos, hasta que la tienda se desploma en un montón y os deja mirándoos el uno al otro a través de sus ruinas, momento en el que ambos exclamáis indignados, al unísono:
“¡Aquí estás! ¿Qué te dije?”
Mientras tanto, el tercer hombre, que ha estado achicando el agua de la barca, y que se la ha vertido por la manga, y lleva maldiciendo entre dientes sin parar durante los últimos diez minutos, quiere saber qué diablos creéis que estáis haciendo, y por qué leches la maldita tienda de campaña aún no está montada.
Al fin, de un modo u otro, se levanta, y consigues sacar las cosas. Es inútil intentar hacer una fogata de leña, así que enciendes el hornillo de alcohol metilado y te apiñas alrededor.
El agua de lluvia es el plato principal de la cena. El pan tiene dos terceras partes de agua de lluvia, el pastel de carne es sumamente rico en ella, y la mermelada, y la mantequilla, y la sal, y el café se han combinado con ella para formar sopa.
Después de cenar, descubres que tu tabaco está húmedo y no puedes fumar. Por suerte tienes una botella de esa sustancia que alegra e inebria,