se había vuelto impopular.
Todos se volvieron locos al fin, y se pusieron a gritar pidiendo al vigilante, y el hombre vino y subió por la escalera de mano de afuera, y les gritó indicaciones.
Pero a estas alturas todos sus cabezas estaban en un remolino tan confuso que eran incapaces de comprender nada, de modo que el hombre les dijo que se quedaran donde estaban, y él iría con ellos.
Se acurrucaron juntos y esperaron; y él bajó y entró.
Era un guardián joven, por capricho del destino, y nuevo en el oficio; y cuando entró, no pudo encontrarlos, y anduvo vagando por ahí, intentando llegar hasta ellos, y entonces se perdió.
Le divisaban, de vez en cuando, corriendo de un lado para otro al otro lado del seto, y él los veía y corría para llegar hasta ellos, y ellos se quedaban esperando allí unos cinco minutos, y entonces él volvía a aparecer exactamente en el mismo lugar y les preguntaba dónde habían estado.