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nydus/Anarchism and Other EssaysPublic
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Prefacio

Hace unos veintiún años escuché al primer gran orador anarquista: el inimitable John Most. Me pareció entonces, y durante muchos años después, que la palabra hablada lanzada entre las masas con tan maravillosa elocuencia, tanto entusiasmo y fuego, jamás podría ser borrada de la mente y el alma humanas.

¡Cómo podría cualquiera de entre las multitudes que acudían a las reuniones de Most escapar a su voz profética! ¡Sin duda les bastaba con escucharle para desprenderse de sus viejas creencias y ver la verdad y la belleza del anarquismo!

Mi único gran anhelo entonces era poder hablar con la lengua de John Most, para poder llegar yo también, así, a las masas. ¡Oh, la ingenuidad del entusiasmo de la juventud! Es la época en que lo más difícil parece un juego de niños. Es el único período de la vida que vale la pena.

¡Ay! Este período es de corta duración. Como la primavera, el período STURM UND DRANG del propagandista produce un crecimiento, frágil y delicado, que ha de madurar o morir según su capacidad de resistencia frente a mil vicisitudes.

Mi gran fe en el hacedor de milagros, la palabra hablada, ya no existe. Me he dado cuenta de su insuficiencia para despertar el pensamiento, o siquiera la emoción.

Gradualmente, y no sin una considerable lucha contra esta constatación, llegué a ver que la propaganda oral es, en el mejor de los casos, tan solo un medio para sacudir a la gente de su letargo: no deja ninguna impresión duradera. El hecho mismo de que la mayoría de la asistencia a las reuniones ocurra solo si están agitados por las sensaciones de la prensa, o porque esperan divertirse, es prueba de que en realidad no tienen ningún impulso interior por aprender.

Es totalmente diferente con el modo escrito de expresión humana. Nadie, a menos que esté intensamente interesado en las ideas progresistas, se molestará con libros serios. Eso me lleva a otro descubrimiento hecho después de muchos años de actividad pública.

Es este: A pesar de todas las pretensiones de la educación, el alumno aceptará solo aquello que su mente anhela. Esta verdad ya es reconocida por la mayoría de los educadores modernos en relación con la mente inmadura. Pienso que es igualmente verdad respecto al adulto.

Los anarquistas o revolucionarios no se pueden hacer más que los músicos. Todo lo que se puede hacer es sembrar las semillas del pensamiento. Si algo vital se desarrollará depende en gran medida de la fertilidad del suelo humano, aunque no se debe pasar por alto la calidad de la semilla intelectual.

En las reuniones, el público se distrae con mil elementos secundarios.

El orador, por muy elocuente que sea, no puede escapar a la inquietud de la multitud, con el inevitable resultado de que no logrará echar raíces. Con toda probabilidad, ni siquiera le hará justicia a su propia capacidad.

La relación entre el escritor y el lector es más íntima.

Es verdad, los libros son solo lo que queremos que sean; más bien, lo que leemos en ellos. El hecho de que podamos hacerlo demuestra la importancia de la expresión escrita frente a la oral. Es esta certeza la que me ha impulsado a reunir en un solo volumen mis ideas sobre diversos temas de importancia individual y social. Representan las luchas mentales y espirituales de veintiún años —las conclusiones obtenidas tras muchos cambios y revisiones internas—.

No tengo la audacia de esperar que mis lectores sean tan numerosos como aquellos que me han escuchado. Pero prefiero llegar a los pocos que realmente desean aprender, antes que a los muchos que vienen a divertirse.

En cuanto al libro, debe hablar por sí mismo. Las observaciones explicativas no hacen sino restar valor a las ideas expuestas. Sin embargo, deseo anticiparme a dos objeciones que sin duda se plantearán. Una se refiere al ensayo sobre el ANARQUISMO; la otra, a MINORÍAS CONTRA MAYORÍAS.

«¿Por qué no dices cómo funcionarán las cosas bajo el Anarquismo?» es una pregunta con la que he tenido que enfrentarme miles de veces. Porque creo que el Anarquismo no puede, de manera coherente, imponer un programa o método férreo al futuro.

Contra lo que toda nueva generación tiene que luchar, y lo que menos puede superar, son las cargas del pasado, que nos atrapan a todos como en una red. El Anarquismo, al menos tal como yo lo entiendo, deja a la posteridad en libertad para desarrollar sus propios sistemas particulares, en armonía con sus necesidades. Nuestra imaginación más vívida no puede prever las potencialidades de una raza liberada de restricciones externas.

¿Cómo puede, entonces, alguien pretender trazar una línea de conducta para los que vendrán? Nosotros, que pagamos caro cada aliento de aire puro y fresco, debemos guardarnos de la tendencia a encadenar el futuro. Si logramos despejar la tierra de la basura del pasado y del presente, legaremos a la posteridad la herencia más grande y segura de todas las épocas.

La tendencia más desalentadora y común entre los lectores es arrancar una sola frase de una obra como criterio de las ideas o la personalidad del escritor.

A Friedrich Nietzsche, por ejemplo, se le denigra como un enemigo de los débiles porque creía en el SUPERHOMBRE. A los intérpretes superficiales de esa mente titánica no se les ocurre que esta visión del SUPERHOMBRE también exigía un estado de sociedad que no dé a luz a una raza de debiluchos y esclavos.

Es la misma estrecha actitud que no ve en Max Stirner más que al apóstol de la teoría «sálvese quien pueda» [lit. cada uno para sí, y que el diablo se lleve al último].

Que el individualismo de Stirner contiene las mayores posibilidades sociales es totalmente ignorado.

Sin embargo, no deja de ser cierto que si la sociedad ha de llegar a ser libre algún día, lo será a través de individuos liberados, cuyos esfuerzos libres hagan la sociedad.

Estos ejemplos me traen a la objeción que se planteará a MINORÍAS CONTRA MAYORÍAS.

Sin duda, seré excomulgado como enemigo del pueblo, porque repudio a las masas como factor creativo. Prefiero eso antes que hacerme culpable de los tópicos demagógicos tan comúnmente en boga como cebo para el pueblo.

Conozco demasiado bien la enfermedad de las masas oprimidas y desheredadas, pero me niego a recetar los ridículos paliativos habituales que no permiten al paciente ni morir ni sanar.

Uno no puede ser demasiado extremista al tratar los males sociales; además, lo extremo es generalmente lo verdadero. Mi falta de fe en la mayoría está dictada por mi fe en las potencialidades del individuo.

Solo cuando este último sea libre de elegir a sus asociados para un propósito común, podremos esperar orden y armonía de este mundo de caos y desigualdad.

Por lo demás, mi libro debe hablar por sí mismo.

Emma Goldman

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