Hace unos veintiún años escuché al primer gran orador anarquista: el inimitable John Most. Me pareció entonces, y durante muchos años después, que la palabra hablada lanzada entre las masas con tan maravillosa elocuencia, tanto entusiasmo y fuego, jamás podría ser borrada de la mente y el alma humanas.
¡Cómo podría cualquiera de entre las multitudes que acudían a las reuniones de Most escapar a su voz profética! ¡Sin duda les bastaba con escucharle para desprenderse de sus viejas creencias y ver la verdad y la belleza del anarquismo!
Mi único gran anhelo entonces era poder hablar con la lengua de John Most, para poder llegar yo también, así, a las masas. ¡Oh, la ingenuidad del entusiasmo de la juventud! Es la época en que lo más difícil parece un juego de niños. Es el único período de la vida que vale la pena.
¡Ay! Este período es de corta duración. Como la primavera, el período STURM UND DRANG del propagandista produce un crecimiento, frágil y delicado, que ha de madurar o morir según su capacidad de resistencia frente a mil vicisitudes.
Mi gran fe en el hacedor de milagros, la palabra hablada, ya no existe. Me he dado cuenta de su insuficiencia para despertar el pensamiento, o siquiera la emoción. Gradualmente, y no sin una considerable lucha contra esta constatación, llegué a ver que la propaganda oral es, en el mejor de los casos, tan solo un medio para sacudir a la gente de su letargo: no deja ninguna impresión duradera. El hecho mismo de que la mayoría de la asistencia a las reuniones ocurra solo si están agitados por las sensaciones de la prensa, o